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CIENCIA

Enólogos lunáticos

Usted se sienta a degustar una copa de vino español y, como pertenece a esa legión de enófilos contemporáneos nacida del auge de nuestros caldos, no duda en proceder al ritual más ortodoxo.

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Conoce la denominación de origen, la bodega y la añada. Sabe algo de la procedencia de la uva y es capaz de olfatear y catar con prestancia. Ha elegido la correcta estructura de la copa y se atreve a identificar algunos tonos a simple vista sobre la manga blanca de su camisa veraniega. Está usted quedando estupendamente con sus invitados. Pero si de verdad quiere estar a la última, si lo que pretende es epatar definitivamente a su vecino, lo que tiene que hacer antes de descorchar la botella es mirar la fase de la Luna.

El boom de la industria del vino ha arrimado el mundo de la viticultura a todo tipo de fenómenos: artísticos, mediáticos, culinarios, deportivos, científicos, sanitarios, marquetinianos, culturales, literarios, arquitectónicos... Faltaban los paranormales. ¡Y ya están aquí!

Lean (espero que con estupefacción) esta sentencia:
La posición de la Luna influye en las mareas y en nuestro organismo. ¿Por qué no iba a hacerlo en partículas tan volátiles como las aromáticas? Yo nunca organizaría una cata sin tener en cuenta la fase de la Luna.
Lo dice, y se queda tan ancho, el bodeguero Sergi Ferrer-Salat, creador del centro divulgador de la cultura del vino Monvínic, en Barcelona.

Tal patada a los libros de ciencia de bachillerato viene supuestamente avalada por los trabajos de María Thun, agricultora alemana que cultiva y recolecta en función de las fases de la Luna siguiendo las instrucciones de un artefacto del ingenio humano llamado calendario biodinámico. En España, el viticultor Jesús Lázaro produce los vinos Kirios de Adrada (Ribera del Duero) bajo estas premisas biodinámicas y a entre 16 y 20 euros la botella.

Tomamos nota: ya vemos que es un bonito juego de mercadotecnia. Pero, por si alguno de los privilegiados consumidores de estos caldos tiene la tentación de dar un paso más allá del mero disfrute y creerse algo de lo de la Luna lunera, le recomiendo que instale en su vía retronasal lo que aquí les voy a contar.

Uno de los fetiches preferidos de la astrología es el de la influencia de la Luna sobre los seres humanos. Dicen los hacedores de horóscopos y otros mitólogos que si la influencia gravitacional de la Luna y el Sol es tan poderosa como para mover las aguas de los océanos y generar cíclicas mareas, ¿qué no va a poder hacer con nosotros, débiles y acomplejados seres formados en un 70 por ciento por agua salada?

Hay que reconocer que el argumento es poderoso. Pero no alberga un ápice de fundamento científico.

Los seres humanos han estudiado las mareas desde hace casi tanto tiempo como el que llevan estudiando los astros. Es evidente que cualquier civilización con una salida natural al mar está condenada a conocer las idas y venidas de las aguas, con toda la catarata de consecuencias naturales y sociales que de ellas se derivan. Una simple observación minuciosa y paciente del fenómeno permite a un humano perspicaz establecer algunas leyes de predicción del comportamiento del mar y crear tablas de mareas anuales como las puestas al servicio de la ciudadanía desde tiempos muy remotos.

Pero las leyes fundamentales del funcionamiento de las mareas no fueron descritas hasta que las desentrañó eficazmente Isaac Newton en sus Principia. Para el tema que nos ocupa es importante saber que la fuerza de marea afecta a todo lo que se apoya sobre la faz de la Tierra, no importa su composición acuosa. La diferencia entre el modo en que afecta a unos cuerpos y a otros es su masa. El peso de un objeto podría llegar a ser un 0,000035 por 100 menor cuando la Luna está sobre él que cuando el satélite se encuentra cerca del horizonte. Y en el transcurso del periodo de marea su vertical podría retorcerse aproximadamente 0,00001 grados. ¿Es esto mucho o poco?

La comparación con otros fenómenos deja en su lugar al efecto de marea. Nuestro peso puede variar un 1 por 100 durante una comida no demasiado copiosa, un 0,5 por 100 según nos encontremos en un lugar u otro de la superficie terrestre y un 0,03 por 100 si las condiciones de presión atmosférica varían como consecuencia de un cambio meteorológico. En todos los casos, la desviación es miles de veces mayor que la producida por la fuerza de las mareas, y aun así es absolutamente imperceptible. Si consideramos que la Luna ejerce una influencia real sobre los seres humanos a la hora de percibir los aromas de un buen vino, mucho antes deberíamos pensar que el caldo sabe de manera distinta según el peso del sumiller. Absténganse de servir vinos las personas entradas en carnes: su efecto gravitacional sobre la copa es miles de veces mayor que el que ejerce la Luna.

Seguro, sin embargo, que muchos de ustedes se están haciendo en este punto una pregunta importante. Si la influencia gravitacional del Sol y la Luna es tan pequeña, ¿por qué se producen las mareas, un fenómeno evidentemente poderoso que hace que la playa pueda decrecer o crecer varios metros a lo largo del día?

La diferencia está en el tamaño. A efectos de peso total, el tamaño no importa mucho. Pero a la hora de experimentar una variación del nivel del mar, una pequeña influencia gravitacional puede generar cambios radicales. Si cogemos una taza de té y la inclinamos un grado, el líquido podrá subir y bajar unos milímetros. Pero si hacemos lo mismo con todo el agua que alberga la Tierra, la subida y bajada es de varios metros. Sin embargo, no lo es por igual en todas partes: en el Mediterráneo las mareas son más suaves, mientras en el Atlántico las del orden de un metro, en el Canal de la Mancha de dos o tres... y en la bahía Fundy de Canadá pueden llegar a los 15.

La diferencia está en un fenómeno conocido como resonancia. Imaginemos que tenemos una bandeja llena de agua y la movemos para desplazar el líquido de lado a lado. El tiempo empleado por el agua para llegar de un extremo al otro depende, evidentemente, del tamaño de la bandeja, y podemos llamarlo periodo. Podemos mover la bandeja un par de veces con fuerza y es muy probable que el líquido no se derrame; pero si ejercemos un movimiento suave y rítmico, acompasando las idas y venidas al periodo de la bandeja, las fuerzas del movimiento del agua y las nuestras se irán sumando hasta lograr derramar el líquido. Algo similar ocurre cuando acompasamos nuestros impulsos con el vaivén del columpio para ganar cada vez más altura sin tener que aplicar cada vez más fuerza. Pues bien: a eso, en física, se le llama resonancia.

Por una sorprendente casualidad, el periodo de repetición de las fuerzas de marea (12,4 horas), que tiene que ver con los movimientos de rotación de la Tierra y la Luna, es terriblemente similar al periodo de resonancia de los océanos terrestres. De algún modo, la Luna hace con la Tierra lo mismo que nosotros con la bandeja: ejerce una sutil pero rítmica fuerza hasta lograr desbordar el agua. El Atlántico, por ejemplo, es un gigantesco plato de 4.000 metros de profundidad con un periodo de 12 horas tan similar al periodo de la influencia lunar que la resonancia es enorme. El Mediterráneo, sin embargo, está dividido en dos cuencas, y entre Sicilia y Túnez su profundidad es muy pequeña. El periodo de cada una de ellas es de 2 o 3 horas, muy poco como para generar resonancia con el efecto marea.

De modo que podríamos resumir diciendo que las mareas lunisolares no pueden afectar de manera alguna a los seres humanos (y mucho menos a una copa de vino); por varias razones: porque nuestro volumen de agua es muy pequeño, porque nos influyen más otras fuerzas y comportamientos más próximos y porque en nuestro cuerpo no existe órgano alguno que se mueva en periodos susceptibles de producir resonancia con la fuerza de marea.

Aunque le parezca mentira a los amantes de la viticultura biodinámica, la Luna puede ejercer un poderoso influjo sobre los mares y no intervenir para nada en nuestro cuerpo. Paradojas de una ciencia demasiado mal explicada en las aulas desde hace décadas: ¿una fuerza tan poderosa como para mover el mar, a nosotros no nos hace ni cosquillas? Si no les convence lo que les digo, prueben con otro ejemplo: la fuerza de gravedad es tan potente que mantiene unida a la Tierra y a la Luna , condena a los planetas a girar alrededor del Sol y puede provocar que dos galaxias colisionen; y sin embargo un bebé de dos meses la contrarresta sin esfuerzo cada vez que levanta una pelota de colores del suelo con su pequeña manita. ¡Qué cosas tiene Newton!


JORGE ALCALDE, director de QUO y autor de LAS MENTIRAS DE LO PARANORMAL.
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