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LA ESTRICTA GOBERNANTA

Este rico es mío

Jolín, ¡qué difícil es hacerse con un millonario! La crisis ha diezmado el stock y los pocos que quedan están pillados. Encima, una buena porción de ricos son, más bien, unos bocazas que están alardeando para ver lo que cae, mientras que otros están en trance de ser conducidos ante la justicia. Por eso, queridas niñas, yo os aviso de que no pongáis nunca la mano en el fuego por un rico.

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Bueno, entonces, ¿cómo puede una muslos conseguir un millonario? No quiero ser pusilánime, pero os diré que muchas son las llamadas y pocas las elegidas. Y si os empeñáis, añadiré que la mies es poquísima y las operarias son un tropel. Hay que ser millonario para darse cuenta de que con tanta tía buena pegada a la chepa ya no se puede ni resollar. Y es que la maciza-rémora es tan abundante en la vida del rico como los puntos negros en la nariz del mozalbete.

Vosotras, queridas postulantes, os disculparéis diciendo que es difícil hacerse rica sin contar con la ayuda de vuestras partes secretas, que los ricos han sido creados para las chicas guapas y que os limitáis a cumplir ese mandato biológico que os empuja a aparearos con el macho alfa. Para eso os insuflasteis la teta con silicona. Ya, pero la cosa no es tan simple y suele suceder que una aspirante a rica solo consiga salir tres noches con un futbolista rudimentario y plasta.

En mis años de institutriz inglesa –antes de diplomarme en gobernación estricta–conocía al dedillo todo lo que hay que saber acerca de los millonarios, hasta el punto de que, precisamente, acuñé la famosa frase que ha dado la vuelta al mundo y que dice así: "My tailor is rich". Entonces procuraba adoctrinar a todas las nenas de mis sucesivas nurseries para que fueran juiciosas y guardaran la compostura diciéndoles de esta manera: "Oh darling! Don’t look for a richman".

Y lo decía porque un hombre que consigue hacerse con una remesa de macizas tiene tendencia a convertirse en un dispensador de semen, y si te empeñas en que haya un poco de todo, es decir, menos fornicio y más coyunda, el rico se limita a darle la vez a la siguiente. Cuando te pasa eso un par de veces más, todo el mundo empieza a tomarte por una periquita de luxe.

Y a medida que los años chafan a las postulantes, las más prácticas y realistas acaban optando por la solución final: casarse con un momio varias veces divorciado y con hijos de distintas mujeres que, después del entierro, caen sobre ella e intentan quitarle hasta la medalla de la Virgen de los Remedios. Pero, a veces, alguna apaña bastante, así que eso da ánimos a las demás.

Hay otra opción, pero tan fea y sucia que sólo las niñas muy malas tienen los redaños de consumar. Consiste en hacerte con el rico de tu prójima. La lagarta que haga eso tendrá su merecido, porque yo os digo que la que a hierro mata, a hierro muere.

Yo siempre he educado a mis pupilas según esta máxima: el rico, para la que se lo trabaja. Es decir, si quieres tener un rico y que sea de confianza, debes tomar la materia prima cuando aún es tierna, pobre e ingenua y, con paciencia y amor, darle formato de rico. Yo recomiendo siempre buscar un chico inteligente y emprendedor y tutelarlo. He oído a algunas mujeres decir discretamente: "Yo he hecho rico a mi Olegario, aunque él no lo sabe", y es verdad. Lo que pasa es que hay aspirantes demasiado ambiciosas y torpes.

En las revistas de mi peluquería, que es como una hemeroteca ramplona y adocenada, sigo la trayectoria de algunas buscadoras de ricos lo mismo que el aficionado a las carreras de caballos sigue la trayectoria de los jamelgos, y su vida me parece como el juego de la oca.

Ahí tenemos, por ejemplo, a Genoveva Casanova, que empezó a tirar el dado en Méjico y de sopetón cayó en la casilla del noble rico. Cielos, es increíble. Cayetano, el hijo de la duquesa, se hace con ella una lieçon. Muy bien, muy bien, porque desde esa casilla se asciende por una escalerita al nivel superior. Pero la reticente actitud de Cayetano, soltero recalcitrante, le suponía un impedimento para ser condesa. En el juego hay que arriesgarse, así que Genoveva volvió a tirar el dado y cayó en la casilla del embarazo. La pelota estaba en el tejado. ¿Conseguiría casarse con Cayetano?

Y Genoveva sopló el dado, cruzó los dedos y volvió a tirar. ¡Bravo! Con la familia ya hecha, se celebra un himeneo póstumo, con novio disfrazado de príncipe de opereta y ella en el papel de emperatriz. Genoveva era ya condesa. Pero ¡qué diablos! Al volver a tirar el dado, la condesa cae de culo en la casilla del pozo negro. Qué fatalidad más adversa. Eso significa romper con Cayetano y volver a la casilla de salida. ¿Acaso es el fin? Por supuesto que no. Su atracción por las alturas la impulsa a menear el cubilete y le sale otra bicoca. Y de bicoca en bicoca y tiro porque me toca, su detector de ricos la lleva esta vez hasta un hijo de Vargas Llosa. Se trata del trabajo más intelectual que se le conoce, por el momento.

Hala, de nuevo sube Genoveva las escaleritas que la llevan al nivel superior y a su gran momento de gloria cuando, en Estocolmo, posa para toda la masa terrícola, flotando en sus ropajes exclusivos, chupando cámara al mismísimo premio Nobel, que ella, infeliz, consideraba ya su suegro in pectore.

Pero, ¡ay Genoveva!, querida niña, cuanto más alto se sube, más dura es la caída. Por eso siempre enseñé a mis pupilas a mantener un perfil discreto. A la familia Vargas Llosa, Genoveva le pegaba tanto como a un Cristo dos pistolas. Igual hasta la consideraban una entrometida y una pelma. Pobre, con lo guapita de cara que es ella. La vida tiene sus reveses y Genoveva cae pataleando en la casilla del abandono.

Pero, ¡temblad ricos!, el juego continúa, Genoveva anda suelta, ha tirado el dado y se rumorea que está en trance de hacerse con un acaudalado empresario. Yo no quiero ser muy severa con ella, que es tan dulce, pero antes de que cometa otro desmán, no tengo más remedio que desempolvar mi vestido de institutriz, de seda negra con puños y cuello de inmaculada blonda almidonada, ajustarme el moño y las gafas y empuñar el puntero frente a la pizarra para imponerle un castigo a la medida de sus faltas. Genoveva, haz el favor de escribir cien veces con buena letra: "A las niñas ambiciosas se les ve el plumero".

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