Menú
CIENCIA

El gen del destino

Un área de la ciencia parece estar avanzando a pasos tan agigantados, que resultan difícil seguirle el paso. En lo más secreto de nuestras células, en el escenario en que trabajan los genes, se esconden algunos misterios aún estremecedores sobre nuestra salud, nuestra longevidad y, en fin, nuestro destino.

0

Como si de una magna obra de encaje de bolillos se tratara, cada vez que un científico en un laboratorio de cualquier parte del planeta descubre una nueva función de un gen, una expresión desconocida de la cadena de letras de nuestro código genético, se completa un poco más una pintura que aún no sabemos interpretar bien pero que remeda un gran bodegón de la vida, en el que todo, poco a poco, va relacionándose con todo.

A modo de puzle, cuantas más piezas ponemos, más fácil es encontrar la siguiente y avanzar en la composición de la imagen. Y en ese frenesí empezamos a descubrir que ésta es muy diferente a lo que pensábamos de antemano.

Esta semana, el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) ha anunciado un doble descubrimiento fascinante. Por un lado, han podido demostrar que el gen Pten, del que se conocía su labor protectora contra el cáncer, regula también el envejecimiento y la obesidad. Por otro, han presentado un compuesto sintético que produce efectos similares a los de este gen. Veamos qué es esto.

Desde hace tiempo, la biomedicina trabaja sobre la idea de que el cáncer y el envejecimiento funcionan de manera similar. A lo largo de los años, nuestro cuerpo acumula errores de fábrica no resueltos. Los procesos cancerosos son el resultado de la acumulación de algunos de estos fallos del sistema, de daños en el modo en que se copian nuestra células una y otra vez. El envejecimiento sería también la consecuencia de la acumulación de otro tipo de daños. Se explica así que, salvo tristes y no poco habituales excepciones, la edad sea un factor de riesgo para el cáncer.

Los mecanismos reguladores de estos procesos están inscritos en el reloj molecular de nuestros genes. Nacemos diseñados para vivir un determinado número de años. El uso que hagamos de ellos, los factores ambientales a los que nos expongamos, el azar y nuestros hábitos de vida determinarán si terminamos siendo tan longevos como nuestro manual de instrucciones propone o morimos antes.

En el menú genético de la especie humana (y de otras especies animales) existen genes precursores y genes supresores del cáncer. Estos últimos son, como es lógico, de gran interés para la ciencia. Se trata de genes que codifican para proteínas protectoras. Si están activados es más difícil que aparezca un tumor. Si aparece un tumor es porque estos genes no han estado presentes.

Uno de esos genes es el Pten. Si generamos ratones de laboratorio con este gen activado, los animalillos son menos propensos a desarrollar cánceres. Pero, curiosamente, estos ratones también terminan siendo más longevos. Es decir, el mismo gen está implicado en la protección contra dos de las mayores amenazas para nuestra salud: el cáncer y el envejecimiento. No es muy sorprendente, la verdad, si damos por sentado que ambos procesos están íntimamente relacionados.

Lo que sorprende más es el paso que acaba de dar el CNIO. Ratones modificados para portar genes Pten activados no sólo son menos propensos al cáncer y viven más años, sino que son menos obesos. En concreto, desarrollan un 28% menos de masa corporal aunque coman lo mismo, incluso más, que aquellos de sus congéneres que carecen de ese gen activado.

¿Es el Pten un supergén que regula no dos sino tres de las mayores amenazas para nuestra salud: el cáncer, el envejecimiento y la obesidad?

Aún no lo sabemos, pero existe la sospecha de que así es. Y existe, además, un modelo para explicar cómo lo hace. Los ratones Pten fueron más viejos, tuvieron menos cáncer, eran más delgados y... tenían más grasa parda en su cuerpo.

La grasa parda es una relativa novedad en la ciencia que estudia la fisiología humana. Se conocía su existencia en ratones de laboratorio, y estaba asumido desde bien entrado el siglo XX que los bebés humanos nacían con buenos depósitos de ella. Pero hasta hace tres décadas no empezó a descubrirse también en humanos adultos. Al contrario de lo que ocurre con la llamada grasa blanca, la grasa parda no es un factor de obesidad. Este tejido es abundante en los bebés porque su función es producir calor sin necesidad de ejercicio. Protege de las bajas temperaturas a los bebés hasta que estos desarrollan la capacidad de tiritar o moverse y hasta que la relación entre su volumen y su masa es la correcta para no perder demasiado calor. Luego, en teoría, desaparece.

Al descubrirse su permanencia en el cuerpo adulto se abrió la posibilidad de utilizarla como recurso contra la obesidad. Al fin y al cabo, es una grasa que no se convierte en reserva como la blanca, que no necesita intercambio de ATP (el alimento de la actividad muscular) para generar energía y que destruye otros tipos de grasa de manera casi espontánea.

La grasa parda es buena, la blanca es mala.

Ahora, estos científicos españoles han descubierto un gen implicado en su producción y una sustancia que podría cumplir funciones similares a las del gen y que, por lo tanto, sería una candidata a convertirse en fármaco en el futuro; y, para colmo, han visto que ese mismo gen y esa misma sustancia podrían ayudar a mitigar la acumulación de daños que conducen al envejecimiento y al cáncer.

No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí, pero bucear en el microsopio y descubrir las secretas líneas con las que está escrita nuestra fortuna, líneas trazadas entre adeninas, guaninas, citosinas y timinas (las letras del código genético), me produce un vértigo similar al que genera la visión a ojo de telescopio de las profundidades del Cosmos. En lo más grande y en lo más pequeño, aún se esconden huellas fascinantes de nuestro destino.

 

twitter.com/joralcalde

0
comentarios