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RECUERDOS SUELTOS

Flan con nata

A cierta edad van siendo muchos más los recuerdos que las expectativas. Algunos días la cuesta abajo se nos hace más patente, y con cualquier motivo la memoria recupera sucesos quizá muy lejanos, como islotes que surgen de pronto con fuerza en un mar de vaguedades. Je me souviens / des jours anciens / et je pleure. O sin llanto, da igual; es la impresión de un pasado ido sin vuelta ni corrección posible.

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Hace unos días fui a comer a un restaurante chino con mi mujer y mi hija. Al terminar pedí un café irlandés, y me lo trajeron con mucha nata. Mi hija había pedido un flan, y, como le gusta la nata, cogió bastante de mi copa. Al ver su flan con nata me vino a la cabeza que eso solía tomar de postre Juan Carlos Delgado de Codes. El nombre no dirá hoy nada a la mayoría, pero sonó mucho a finales de los años 70.
 
En marzo de 1974, tras haber pasado unos meses trabajando en los astilleros de Bilbao, volví a Madrid para integrar la comisión encargada de reorganizar la OMLE (Organización de Marxistas-Leninistas Españoles), después de unas "caídas" desastrosas. Las redadas se habían extendido a Madrid desde varias ciudades andaluzas y alcanzado a la misma dirección del grupo, parte de la cual decidió ponerse a salvo en París y en Bruselas, a fin de asegurar la continuidad en cualquier caso.
 
Estábamos en el comité, entre otros, Delgado y yo. Faltos de casa segura, pernoctamos durante una o dos semanas en un bajo cerca de Aluche. Había peligro de que el piso estuviera cantado a la policía, porque había sido detenida la chica que lo había alquilado, para instalar en él una multicopista, y por eso nos acercábamos con sigilo ya de noche, dormíamos sin encender la luz y evitando hacer ruidos, y lo dejábamos muy de mañana.
 
Delgado de Codes.La mujer de Delgado también estaba detenida. Poco después alquilamos un piso en el barrio de Batán. Delgado tenía una buena documentación falsificada, y cuando fue a la agencia a firmar el contrato, el dueño resultó ser un teniente coronel de la Guardia Civil destinado en otra ciudad. Con buen criterio, decidimos seguir adelante. El piso estaba en una colonia de policías o militares, y calculamos que no nos buscarían precisamente en la boca del lobo. Vestíamos "con corrección" para no levantar sospechas, y ante el portero pasábamos por periodistas. Una ventana daba al tejado de una nave industrial o almacén, ofreciendo una posible vía de escape en caso de apuro.
 
No madrugábamos, y sobre las diez íbamos a desayunar a una cafetería enfrente de la estación de metro, leíamos el periódico y comentábamos las noticias. Luego, como cada cual tenía sus tareas –ya lo he contado en un libro–, nos separábamos y quedábamos para comer, a eso de las dos y media o tres, en algún restaurante de la calle Malasaña, muy cerca de la de San Bernardo: el Bolívar o La Glorieta. Siguen existiendo, y parecen haber prosperado.
 
Allí quedábamos también muchas veces para cenar. Pedíamos platos baratos, y la comida nos salía por unas cincuenta pesetas; algo más a él, porque acostumbraba pedir de postre flan con nata, una pequeña debilidad. Lo hacía con un leve sentimiento de culpa, por el derroche. En fin, nos hicimos buenos amigos.
Delgado, nacido en Segovia, había vivido unos años en Cádiz mientras estudiaba Náutica. Tras evolucionar hacia el marxismo, había trabajado en los astilleros, convirtiéndose en el principal dirigente de la OMLE en Andalucía. Tenía gran vitalidad e iniciativa, y un sentimiento muy romántico de la lucha revolucionaria. Un día tropezó en la calle con un antiguo compañero del bachillerato, de familia aristocrática, que sabía algo de sus andanzas, y me contó con satisfacción: "Me dijo: 'No sabes cómo os envidio. Vosotros hacéis lo que queréis, en cambio, yo… La mujer, el trabajo…'".
 
Logo de los Grapo.Delgado había conseguido las primeras armas de la organización después de que fracasáramos en el intento yo, Pérez Martínez y Cerdán Calixto, por orden cronológico. Las armas, o la mayoría de ellas, habían sido capturadas por la policía en las últimas redadas.
 
El nombre de Delgado saltaría a todos los medios de comunicación en abril de 1979, casi dos años después de mi expulsión del grupo, ya transformado en PCE(r)-Grapo. Yo vivía aún, clandestino, en una buhardilla cercana a la plaza de Lavapiés. Estaba escribiendo a máquina, poco después de mediodía, cuando mi compañera de entonces subió de alguna compra diciendo que en la plaza había corrillos comentando un tiroteo: la policía había herido o matado a alguien, al lado de un banco. Algún atracador, pensé, pero ella venía muy nerviosa, como presintiendo algo, y puso la radio. Al poco tiempo oímos la noticia, repetida una y otra vez por los locutores a lo largo de la tarde: Delgado había muerto a manos de la policía, al intentar huir de una encerrona.
 
Sufrí una conmoción y una sensación de vacío y de absurdo. Para entonces empezaban solamente mis dudas sobre la bondad del marxismo como explicación del mundo y como impulsor de alguna redención humana. Pues lo peor del terrorismo –"lucha armada", lo llamábamos– no está en los métodos, sino en los objetivos: de triunfar, convertiría a las naciones en cárceles, y así lo ha hecho una y otra vez. Y quizá peor que quien dispara, arriesgándose, es el político que, sin peligro, trata de sacar tajada del crimen, lo condena pero lo justifica, obstruye la ley y confunde a la opinión pública con mil sofismas.
 
Uno o dos años más tarde, ya bastante desengañado de aquellas ideas, llegué un día a Sepúlveda después de haber seguido a pie el río Duratón desde Peñafiel. En Sepúlveda hay un restaurante llamado Casa Paulino, donde habíamos comido cordero varios "revolucionarios profesionales" del PCE (r), entre ellos Delgado, a finales de 1975, poco después de la muerte de Franco. Ahora pienso si él pediría aquel día su flan con nata, pero no lo recuerdo. Bien, fui allí a comer otra vez cordero, rememorando con melancolía la anterior ocasión. Algún tiempo después localicé la tumba del viejo camarada y amigo en el cementerio de Segovia. ¿Qué hace un ateo en tales circunstancias? No iba a rezar, gesto ritual quizá consolador, de significado tan imprecisable…
 
Nada queda, o nada parece quedar, de aquella historia que fue el hombre, ni siquiera en la memoria, tan efímera y parcial, de quienes lo conocieron. Sólo materia orgánica en descomposición bajo la losa. ¿Y por qué alguna vez esa materia tuvo un aspecto tan distinto y obró como lo hizo? ¿Para qué? Nuestra mente sabe hacerse las preguntas, no contestarlas.
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