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CIENCIA

Hermano mono

Una mañana de primavera, en el zoo de Barcelona, mientras Copito de Nieve nos miraba con atención desde el otro lado del cristal cochambroso, Jordi Sabater Pi, el descubridor del malogrado gorila blanco, me contaba algunas de las más asombrosas investigaciones sobre primates a las que había tenido acceso.

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Me impactó sobre todo una. Un grupo de chimpancés fue expuesto a una curiosa prueba: debían observar varios montones de fotos y tratar de ordenarlas. Fueron hábiles en la tarea. Trataban de agrupar las imágenes con intención. Colocaban leones con leones, hienas con hienas, elefantes con elefantes.

–¿Sabes dónde ponían a los chimpancés, Jorge? ¡Con los seres humanos!

Desde que sabemos que el ADN del chimpancé se parece en más de un 98 por 100 al del hombre (podríamos decir que el código genético del chimpancé se parece más al humano que al de algunas especies de mono), no hemos dejado de pensar que estos animales entrañables son algo así como un primo lejano. Cosas de la evolución. Si tenemos que buscar en la biosfera un ser cercano, uno que se haya separado no hace mucho de nuestro tronco común original, debemos mirar sin duda en la familia de los grandes simios. Gorilas, chimpancés, quizá bonobos, nos arrojan las claves más transparentes sobre el origen de nuestra especie.

Pero si la cercanía genética nos asombra, la cercanía conductual nos llega a desconcertar. A menudo exageradas por nuestro erróneo afán de humanizar ciertas acciones animales, las noticias sobre rasgos comunes de hombres y monos son de las más gustadas por los lectores de ciencia.

Esta semana nos han servido una nueva. Un equipo de investigadores de la Universidad de Harvard ha presentado la primera evidencia de que podría haber una diferencia en el modo en que juegan los machos y las hembras de chimpancé, como ocurre con los seres humanos. Cuando son jóvenes, los y las chimpancés tienden a recoger maderas y ramas para distraerse. Pero las hembras lo hacen más a menudo, y, lo que es más sorprendente, pareciera que las utilizan como si fueran muñecos, crías imaginarias. De confirmarse este dato, podríamos deducir que la tendencia a jugar con muñecos no es una consecuencia de la presión de los estereotipos sociales, sino algo que forma parte de las opciones biológicas de la especie, al menos en el caso de los chimpancés y de los humanos.

Hasta ahora, el único animal que mostraba en el juego pautas de comportamiento diferentes en función del sexo era el ser humano. Ahora, los investigadores han constatado que los chimpancés son capaces de utilizar trozos de madera, que arrancan de árboles y arbustos, para varias cosas: para jugar a pelearse con otros compañeros, para buscar agua, miel o termitas en agujeros, para pasarlos de mano en mano y tirarlos –en una especie de juego en solitario–... y para acomodárselos en el regazo. Este último juego es mucho más habitual en las hembras... que dejan de practicarlo cuando tienen sus propias crías, lo que ha llevado a los etólogos a pensar que se trata de una especie de preparación para la crianza, un juego de muñecas evolutivamente primitivo.

Falta aún por confirmar que este juego se juegue en otras poblaciones de chimpancés distintas, y que se transmita de generación en generación, pero sin duda la noticia es prometedora.

Desde hace tiempo, los expertos en etología buscan rasgos diferenciadores de lo que ha dado en llamarse cultura chimpancé, entendiendo por cultura la panoplia de rasgos de comportamiento propia de una población –con variaciones locales– y transmitida de padres a hijos. Sabemos, por ejemplo, que el modo en que los adultos utilizan ramas u hojas para limpiarse o limpiar a sus crías varía de una región a otra; también, que los distintos grupos primates usan las ramas para cazar termitas de manera distinta, y, más importante aún, que los líderes grupales pueden transmitir conocimientos a otros.

En un estudio ya clásico de la Universidad de St. Andrews, en el Reino Unido, se educó a dos chimpancés para que resolvieran un problema de manera diferente. Se trataba de sacar de un tubo un trozo de comida. A uno se le enseñó a hacerlo utilizando un palo como palanca; al otro, agitando el tubo. Cuando se les envió de vuelta a sus respectivos grupos, el resultado fue que cada uno de ellos resolvió el problema como su maestro sabía.

En estos días de Navidad, querido lector, mírese al espejo, sea feliz, ríase; y si se encuentra un poco chimpancé, no se ofenda: somos más monos de lo que creemos.

 

http://twitter.com/joralcalde

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