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DRAGONES Y MAZMORRAS

La lengua rescatada

He regresado al mundo real impregnada de la atmósfera, entre melancólica y apocalíptica, que me ha dejado la lectura en que he estado sumida durante estos días de penitencia y posterior regocijo. El Consejo Español de Mujeres Israelitas me había invitado a dar una charla sobre Elías Canetti (1905-1994) para conmemorar su centenario justo después de las vacaciones. Lógicamente, tuve que refrescar el recuerdo que tenía de sus libros, y como las notas tomadas en su momento, incluso los artículos que uno haya podido escribir sobre el tema, no sustituyen a la experiencia directa, no encontré mejor procedimiento que leerlos de nuevo.

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Hay mucha gente que considera que la relectura es un acto siempre insatisfactorio; como quien, tras una larga ausencia, visita una ciudad que fue muy importante en su vida y se siente decepcionado, pues no encuentra nada de lo que había ido a buscar. Kierkegaard, en su ensayo sobre la repetición, explica muy bien el grado de frustración que puede uno experimentar en tal tesitura. Los paraísos perdidos, perdidos están y es vano intentar resucitarlos.
 
Sin embargo, cada nueva visita añade algo a la impresión recibida, sobre todo si en el entretanto ha ido uno aderezando la vida con nuevos conocimientos. Entonces, como le pasaba a Koestler, cada año se llena uno de asombro, al comprobar lo poco que sabía el año anterior.
 
Por tanto, leí aquellos volúmenes subrayados por una extraña (me parecía imposible que no me hubiera fijado en ciertas cosas) y saqué conclusiones que ampliaban considerablemente las primeras. Lo que desde luego permanecía era la evidente impresión de que en Canetti el sentido del oído y su manifestación más inmediata: la escucha, fueron determinantes para su vocación literaria. No en vano tituló una de sus obras El testigo oídor.
 
En su autobiografía Canetti sale constantemente escuchando, relatando conversaciones ajenas y reflexionando sobre la importancia de escuchar. Como una esponja, va absorbiendo todo lo que oye con la misma avidez con que los pintores absorben lo que ven. Como dijo una de las asistentes a la charla, tenía un oído total.
 
Este don empieza en la infancia, en su Bulgaria natal, cuando se empapa de experiencias ajenas a través de los relatos de las muchachas que sirven en su casa. Los cuentos de terror con que alimenta su imaginario, los romances, las canciones sefardíes de sus antepasados y la amalgama de idiomas: español (ladino), búlgaro, turco, griego, ruso, alemán, inglés, francés; también la amalgama de religiones y de civilizaciones, sin olvidar la inevitable dosis de desgracia personal, que entra en su vida de manera cruel, con la temprana muerte de su padre (cuando él sólo tenía siete años) y la subsiguiente y ardua convivencia con su madre.
 
Es sorprendente la fertilidad de la lengua; esa facilidad para aprenderlas en cascada, como si los idiomas fueran contagiosos, parece privativa de los países centroeuropeos y de determinadas minorías étnicas que, empujadas por las circunstancias históricas, se ven en la alternativa de aprenderlos o fallecer. Dicha facilidad corre pareja a la movilidad, al continuo desplazarse de un país a otro, y no siempre por causas de fuerza mayor, aunque sí en su origen, pues la familia Cañete/Canetti (que italianizó su primitivo nombre a su paso por Venecia) provenía de España.
 
Turquía, Bulgaria, Inglaterra, Suiza, Austria, Alemania son, en vida de Canetti y en pleno siglo XX, destinos que tienen más que ver con razones comerciales y familiares que con aquello que Edmond Jabès llamó muy expresivamente "la errancia" y que caracteriza de manera especial a los judíos. Al menos hasta que, con Hitler, entró de nuevo en juego la injusta y milenaria persecución, esta vez elevada a la máxima potencia.
 
Entonces Canetti regresa a Inglaterra, donde había vivido dos años de pequeño, pero, tal vez empujado por esa búsqueda del paraíso perdido (para él, situado en Suiza), poco antes de morir se traslada a Zurich, donde fallece en 1994, a los 89 años, mientras dormía. Le faltó poco para que uno de sus aforismos: "El comienzo no fue malo, pero entonces cumplió cien años", pudiera convertirse en su epitafio.
 
Hay ahora una edición de sus obras completas, emprendida por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, que sólo concluirá en 2024, cuando se abran los archivos en  que se guardan miles de páginas inéditas por voluntad expresa del autor. A pesar de ello y de su innegable utilidad, pues las traducciones están rigurosamente revisadas por Juan José del Solar, realizadas por grandes traductores como él mismo, Genoveva Dieterich y Andrés Sánchez Pascual y complementadas con un índice de nombres, obras y lugares que es oro puro, por aquello de la reminiscencia y el recuerdo (otra vez Kierkegaard) he utilizado los viejos volúmenes, tan usados y algunos descuajeringados, de la edición de Muchnick.
 
Aunque los traductores son prácticamente los mismos, los títulos han cambiado. Por ejemplo, el primer tomo se titula en la edición de 1980 (un año antes de que le dieran el Nobel) La lengua absuelta, y la del Círculo La lengua salvada. Se refiere, por supuesto, al alemán, que su madre le enseñó a la perfección, siendo un niño ya crecidito, en sólo tres meses y de manera traumática.
 
Si la lengua –el alemán, en este caso– es una lengua salvada, absuelta o rescatada, como se quiera, no es sólo porque en algún momento haya tenido que reconciliarse con ella, sino porque era la lengua secreta en que se hablaban sus padres para que no les entendieran los hijos.
 
Hay otra lengua que también le pertenece: me refiero al ladino, su verdadera lengua materna. Un amigo editor se hallaba en Londres visitando la tumba de Marx, pues todavía era un marxista sentimental, y se encontró con un entierro de campanillas, el de la hija de Anna Mahler, hija del compositor y de la famosa "viuda del arte", Alma Mahler. Anna había tenido mucha importancia en la vida sentimental de Canetti, y ahí había un hombre apoyado en un poyete que a mi amigo le pareció ser el escritor. Se acercó a preguntárselo y Canetti le contestó en perfecto español; y dice mi amigo que le vio realmente contento por utilizar esa lengua. Era como si se la hubieran devuelto, como si también la hubiera, por fin, rescatado de alguna parte.
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