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LA ESTRICTA GOBERNANTA

La propiedad privada y el revolcón

Para un investigador, hay dos maneras de arrojar luz sobre el sexo humano: cruzar luciérnagas con ladillas o escribir un libro brillante como el de Christopher Ryan y Cacilda Jethá. Se titula En el principio era el sexo y en él se sostiene que los humanos preagrícolas vivían en pequeños grupos igualitarios, en los que no había propiedad privada y se compartía todo: comida, sexo e hijos.

Remedios Morales
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Las mujeres eran muy propensas al revolcón indiscriminado, gratis y por gusto. No como esas otras que describen los sociobiólogos, tan golfas que eran capaces de utilizar el sexo para sacarle un cacho de pernil a un cavernícola según llegaba de cazar. Como el lector detesta la idea de que sus antepasadas hicieran la calle a la puerta de la caverna, enseguida queda predispuesto a favor de las tesis del libro. Oye, como si, moralmente, fuera superior una abuela promiscua que otra interesada.

Este libro desprende una especie de nostalgia de los tiempos en que éramos como los bonobos; cuando las comadres, libres y respetadas, retozaban sin vergüenza ni intimidad y los hombres, la mar de entretenidos con tanto polvo, desconocían los celos, la violencia y la frustración sexual. Por supuesto, también desconocían quiénes eran sus hijos; pero eso era genial, porque la paternidad se repartía a escote. ¡Mola!

Lamentablemente, todo aquel cachondeo, muy del gusto de Rousseau, se perdió por la puñetera moda de enterrar cosas y regarlas para después arrancarlas y comerlas. Ahí, ahí, en la agricultura, tuvo su inmundo origen la propiedad privada.

¡Y a mí que se me antoja que la propiedad privada es un vicio que tuvimos siempre! Lo sabe cualquier pobre desgraciado que acuda a una de esas fiestas infantiles donde los bebés se atizan todo el rato, berreando: "Mío, mío". O se contaminan al nacer o son producto de la selección. Sin ir más lejos, nuestro cuerpo es ya una propiedad privada. Y partiendo de que unos nacen guapos y listos y otros feos y agilipollados, se puede predecir que los primeros tendrán más demanda de polvos que los segundos y que sacarán provecho de ello. Y es que la sociedad igualitaria es una quimera.

La agricultura, dicen, también trajo la maligna monogamia, que, taimadamente, puede estar encogiendo las pelotas de los hombres. ¡Qué cataclismo! Y es que las esposas parecen diseñadas para chinchar a los maridos debido a que la infidelidad los culpabiliza y la fidelidad los deja flácidos. Sabedlo, egoístas criaturas: los hombres sólo están sanos y felices si van hasta las cejas de testosterona y la derrochan por ahí.

Pero, en justo castigo, a las esposas no les va mejor; porque, teniendo como tienen tanta capacidad orgásmica –prueba de que necesitan muchos penes–, se tienen que conformar con una unidad. Esto, la verdad, es un poco ingenuo, porque la capacidad orgásmica de las hembras no tiene mucho que ver con el número de cópulas ni con el de parejas. El pene no es una varita mágica, y, de hecho, el orgasmo femenino responde mejor a la sabiduría de un amante enseñado que a un tropel de penes.

Los autores también confunden los gritos de las monas en las sesiones de sexo con orgasmos. Ya quisieran las pobres. En cuanto a eso que ahora se llama "vocalización copulativa femenina" (imaginaos, por favor), es, sin duda, cultural y, a menudo, fraudulenta. Los imagineros dicen que "a mal cristo, mucha sangre".

Los autores creen que el fracaso de la mitad de los matrimonios (será donde más fracasan) es prueba irrefutable de nuestra naturaleza promiscua. Pero ni todos los divorcios son consecuencia de la infidelidad ni la infidelidad es promiscuidad. Además, el fracaso de la mitad de los matrimonios significa, en todo caso, la eficiencia de la otra mitad. Hay que tener en cuenta, además, que muchos divorciados se vuelven a casar y que el divorcio es una variable; tan variable, que lo mismo depende de los incentivos económicos como de la píldora anticonceptiva. Los propios autores aportan este dato.

Ryan y Jethá nos animan a vivir el sexo con naturalidad, como lo viven algunas tribus de cazadores-recolectores contemporáneas. Pero... lagarto, lagarto. Las costumbres sexuales humanas, tanto las más abiertas como las más ñoñas, son culturales y eventuales. Todo lo que sabemos de nuestra naturaleza sexual es que, con mayor o menor incidencia de infidelidad, la mayoría de las sociedades son monógamas o polígamas y que la promiscuidad total no es un rasgo que asegure el futuro de una sociedad humana a largo plazo. Y ¿sabéis por qué? Porque va contra la selección sexual.

Entonces, lo que funciona en los bonobos... ¿no funciona en los humanos? Rotundamente, no.

Veréis: la promiscuidad proporciona ventajas genéticas sólo a los machos porque cuantas más parejas sexuales consiguen, más probabilidades tienen de propagar sus genes. Para las hembras, en cambio, no hay ventajas. Una señora podría llevarse al catre varios voluntarios cada noche y sus genes no se propagarían más que si fuera una casta esposa. Quizá menos porque seguro que, con tanto lío, pillaría la sífilis.

Así que, cuando una hembra es promiscua, suele tener buenos motivos para serlo. Por ejemplo, evitar la violencia de los machos y el infanticidio o conseguir cosas. En una especie promiscua, los espermatozoides son los encargados de librar la batalla de la selección en el interior de las hembras. Por eso a los machos de esas especies les crecen tanto las pelotas. En cambio, nosotras, las mujeres, más desconfiadas que las monas, no quisimos delegar en los espermatozoides un asunto de tanta responsabilidad y preferimos elegir nuestras parejas de forma calculadora e interesada. Por eso dimos prioridad al crecimiento del cerebro y no al crecimiento de las pelotas.

¿Nos haría más felices la promiscuidad? Lo dudo. Muchos hombres ilusos piensan que la monogamia les impide ser más generosos con su semen. Pero la mayoría no se comería ni una rosca. Yo os aseguro que ni en pleno libertinaje encontraríais una voluntaria para refocilarse con Salustio, el ferretero de mi pueblo, un tipo con pinta de pez y feos modales, que se suena con gran estruendo y agitación y luego echa un ojo al pañuelo y exclama cosas como "¡Epa!", "¡Caramba!" y "¡No está mal!".

También creo que la promiscuidad sería una dura prueba para los hombres. Son más fieles y amorosos de lo que parece. Os confieso que yo misma desearía media hora de promiscuidad para ver de catarle las carnes a Pierce Brosnan. Pero dicen que él, casado con una simpática señora entrada en carnes, se defiende como santa Inés y no hace más que lloriquear diciendo: "Yo quiero a mi gordita". Es un encanto.

Christopher y Cacilda: me resulta difícil castigaros porque formáis una pareja inteligente y hermosa, pero debo hacerlo porque arrimáis con descaro el ascua a vuestra sardina en citas y estadísticas y porque desmentís con posados amorosos las tesis de vuestro libro. Por eso os condeno a amaros, protegeros y guardaros fidelidad hasta que la muerte os separe, amén. Ya veréis lo felices que sois con vuestros hijos legítimos y vuestras propiedades privadas. 

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