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CIENCIA

El agua ha de esperar

La falta de una estrategia solidaria de reparto del agua entre las distintas regiones de España es algo que ya denunciaba, hace tres siglos, el Marqués de la Ensenada.

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Don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, que así se llamaba el señor marqués, un buen día escribió una carta a Fernando VI en la que podía leerse:

No hay en Europa terreno más seco que el de España, y por consecuencia, están expuestos sus naturales a padecer hambre por sus malas cosechas, ni tampoco reino en que menos se haya ejercitado el arte para ocurrir a la precisión de socorrer unas provincias a otras, evitando la extracción de dinero a dominios extraños, pues no se ha procurado que sus ríos sean navegables en lo posible, que haya canales para regar y transportar, y que sus caminos sean cual deben y pueden ser. Conozco que para hacer los ríos navegables y caminos son menester muchos años y muchos tesoros ; pero Señor, lo que no se comienza, no se acaba.

No son, pues, palabras contemporáneas, pero bien podrían serlo.

Tras varios años de inviernos relativamente generosos en agua, nos encontramos en medio de uno de los periodos más largos sin lluvias consistentes desde hace décadas. Y, de nuevo, vuelven a saltar las alarmas. A las puertas del Congreso de Periodismo Digital de Huesca (uno de los certámenes más importantes del gremio en España), una furgoneta solitaria convertida en Autobús de la Sequía pretende llevar a políticos y periodistas de paseo por el campo aragonés "para que vean in situ que el campo se está muriendo".

Los datos son incontestables. En Aragón, por ejemplo, se recogieron entre diciembre y marzo 33 litros por metro cuadrado, cuando la media suele ser de 204. Los embalses gallegos están al 53 por 100 de su capacidad, 23 puntos menos que el año pasado. La reserva de nieves en el Pirineo estaba la semana pasada en 371 hectómetros cúbicos, casi la mitad de la cantidad registrada el año pasado. Mientras el invierno ha sido rico en precipitaciones en el Mediterráneo oriental (Grecia e Italia, sobre todo), la Península Ibérica ha quedado fuera del reparto por culpa de una persistente situación anticiclónica.

Datos incontestables, sí. Pero no excepcionales. Cada sequía que padecemos nos parece la peor. Pero ¿lo es?

Desde mucho antes de los tiempos del Marqués de la Ensenada, España conoce los rigores de la falta de lluvias. Y no han cambiado mucho las cosas. Entre 1880 y 2000, más del 50 por 100 de los años se calificaron como "secos" o "muy secos". De los 10 años de la década de los 80, siete fueron de sequía. En los 90, cinco.

El régimen de lluvias español es muy particular. Se caracteriza por una precipitación media anual muy modesta en las cuencas hidrográficas más importantes: Ebro, Duero, Guadiana, Tajo y Guadalquivir (menos de 600 mm anuales). Hago un inciso: la precipitación media se mide en milímetros, que equivalen al espesor que tendría una capa de agua con la precipitación de un litro de lluvia sobre una superficie plana e impermeable de 1 metro cuadrado.

Estas zonas son, además, las que acogen las grandes superficies de cultivo en España. Por el contrario, los sistemas montañosos en la cabecera de los ríos, y sobre todo los Pirineos, la Cordillera Cantábrica y los Montes de León (menos exigentes en términos de cultivo), reciben más precipitación. Podría decirse que, en condiciones normales, a España no le falta agua, pero la tiene mal repartida.

La sequía tiene muchas caras. Hablamos de sequía meteorológica cuando las precipitaciones son menores de la media esperada. Es el caso en el que nos encontramos. Y, como hemos visto, es un fenómeno muy habitual en nuestras tierras. La sequía hídrica es el déficit de escurrentía en la superficie (ríos, lagos...), que afecta a los niveles inferiores de la tierra (recarga de los acuíferos). Y la sequía agrícola es la escasez de agua para el mantenimiento de la producción. Según Asaja, la situación de los cultivos en las zonas más afectadas por la falta de lluvias es preocupante. En Aragón, por ejemplo, las leguminosas, las proteaginosas (guisante sobre todo) y la alfalfa se encuentran cerca de la situación de irreversibilidad para toda la producción. En ese estado estaría el 50 por 100 del cereal.

Pero este estado de crisis de los cultivos no depende solo de la lluvia. La falta de agua no es más que uno de los factores que afectan al suelo, junto a otros elementos meteorológicos como la temperatura o la duración de las estaciones. En este sentido, es importante recordar que la estacionalidad de la sequía afecta de manera diferente a las distintas regiones de España. Hay zonas del país (sobre todo en la vertiente mediterránea) donde los picos de precipitación se producen en las cercanías de los equinoccios (primavera y otoño). En estas zonas la sequía invernal es menos preocupante, ya que los cultivos, sobre todo los arbustivos, están preparados para los inviernos secos. Pero en las zonas de meseta y en Andalucía muchos productos agrícolas dependen en buena medida de la lluvia que caiga entre noviembre y marzo.

Con tantas peculiaridades, nuestra península necesita una política de agua global. Una gestión de los recursos que no dependa de los intereses de cada región y que entienda la necesidad de un reparto del agua vertebrador. Una suerte de infraestructuras que se corresponda con la realidad incontestable de que, desde antes de Viriato, pisamos un país expuesto crónicamente a la sequía. Los periodos de escasez de agua (al menos de disminución del agua disponible para regar) son parte de nuestra fisonomía natural como lo son las heladas en Siberia y los tornados en el sureste norteamericano. Debemos adaptarnos a ellos. Y parece que, desde tiempos de Fernando VI, no hemos sabido hacerlo.

El primer gran intento de reconversión estructural, el Plan Hidrológico Nacional, sucumbió a los cambios de color en el Gobierno. Ahora, es la crisis económica lo que parece tumbar el segundo. El ministro Arias Cañete sigue sin aclarar la postura del Ejecutivo ante la petición del Marqués de la Ensenada. Parece mirar al cielo esperando lluvias de marzo o de abril que alivien el panorama y le eviten el mal trago de decir que no hay dinero para una acción estratégica global. Cuando lean estas líneas, es muy probable que las primeras nubes estén descargando algo de agua sobre el occidente español. Pero no serán suficientes, incluso aunque produzcan algunos aluviones. La sequía es parte de nuestra naturaleza, y cuando se marche lo hará para volver.

"Señor, lo que no se comienza, no se acaba", decía el marqués. No parece que haya intención de comenzar nada, en medio de la ruina de las arcas del Estado, con una clase política incapaz de tomar una decisión que suponga "vertebrar el territorio" y con unas tensiones culturales centrífugas que afectan al reparto del agua, que, como todo líquido, tiende a escaparse por los bordes de la superficie que ocupa.

 

twitter.com/joralcalde

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