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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La tele

Es posible que esta afirmación me lleve a perder el respeto de algunos de mis lectores: yo veo la tele. Primero, porque amo las series americanas en general. Y, segundo, porque no encuentro mejor espejo de la degradación de nuestra sociedad que los programas realmente populares.

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Es cierto que las series americanas también van de mal en peor, y por las mismas razones que expone el señor Paolo Vasile, gobernador de Hispania en el Imperio Romano de Silvio I, Berlusca para el populacho. Dice Vasile –cito de memoria– que él vende publicidad y, por lo tanto, hace los programas que más gente atraigan, sin importar el nivel. ¿Por qué me voy a quejar de que el resultado sea, en términos pedagógicos, bastante parecido al que logra la escuela, o sea, cero o menos?

Nunca se trató de elevar el nivel del espectador, sino de bajar el del espectáculo, desde que, allá por los primeros años sesenta, la Disney hiciera un estudio sociológico y llegara a la conclusión de que "la edad mental de las masas" (sic) era de ocho años. No era ni es en todas partes igual, claro, ése era un promedio. Pero marcó y marca el devenir de la producción. Cuando Petersen se inventó CSI Las Vegas, alguien percibió que, si bien tenía éxito en la mayoría de los estados de la Unión, había algunos en los que no se la veía porque era demasiado intelectual. Por eso se hizo CSI Miami, de nivel ostensiblemente inferior: se pasó de un personaje complejo como Grissom a un prototipo reiterativo y sentencioso como Caine. Después, al inteligente y fino actor y director Gary Sinise (en la historia del cine por la dirección de De ratones y de hombres, y por su impagable papel en Forrest Gump) se le ocurrió llevar el esquema a Nueva York, considerablemente mejor que las anteriores, aunque sin un gancho como Grissom: se ve menos que Miami.

En la televisión española, donde no se hizo siquiera una investigación como la de la Disney, sino que se dejó todo librado al azar (igual que en nuestra vida política) y a la intuición de algunos sabios de la audiencia como Ibáñez Serrador o Lazarov, la cosa va a peor. La estética Lazarov, hipertrofiada y resexualizada, con la teta de Sabrina Salerno como icono fundacional, fue heredada por Tele 5, hoy en camino de ser, cuando menos, oligopolio en lo económico y promotor de la oligofrenia en lo intelectual. Antena 3 caerá en sus redes el día menos pensado, porque no hay manera de que alcance a su competidora declarada, aunque sea para hundirse con ella en el lodo.

El más visto (qué remedio, si no hay quien cubra tantas horas de pantalla) es, sin duda, Sálvame (léase Salvamé), con sus productos derivados (Sálvame de Luxe, Enemigos íntimos) o vinculados (La Noria, que explota polémicas de Sálvame y, a la vez, genera otras que se perpetúan a lo largo de semanas, todas las tardes). A cuál más perverso y autofágico. De este casi único programa, que se repite y se fragmenta, han salido los personajes más populares o plebeyos (táchese lo que no corresponda). La cosa es que, hablen de lo que hablen, los protagonistas siempre hablan de sí mismos. Sobre todo, la princesa del pueblo, Belén Esteban, portavoz de la parte del público más zafia, entusiasta y acrítica, que opina de viva voz o gestualmente, o las dos cosas. Ayer mismo, acompañó la declaración de "A mí, por aquí" con un movimiento de pelvis hacia adelante y un semialzado de falda complementario. Cosa de los viejos mercados, que algunas señoras de barrio aún preservan como parte de su legado cultural (en el sentido antropológico de la expresión). Y es verdad que si se presenta a elecciones tiene votos, y no pocos.

¿De qué se habla en esos programas, los realities, según término acuñado? De los que en ellos participan. Ni siquiera hacen falta invitados, como no sea para renovar algún subtema. Mila discute con Karmele y todos los demás hablan de la discusión. De vez en cuando, alguna se ofende y abandona el plató: ha ocurrido tantas veces que ya es expresión aceptada.

A veces, La Noria, el programa más oficialista de cuantos se emiten, más que el de Wyoming en La Sexta –que ya es decir–, aporta material para que puedan variar. Fue Jordi González el fautor de unas largas (y vomitivas) entrevistas a Emilio Rodríguez Menéndez que alimentaron las largas horas de Sálvame durante semanas, porque se daba la casualidad de que todas y todos los que participan del reality perpetuo habían tenido que ver, en un momento u otro de su vida, con el personaje, el único prófugo de la justicia que habla en público más que el juez. Y por si sus clientes, amantes, ex esposas y amigos traicionados ya presentes en escena no bastaran, se trajeron a la pantalla al ilustre Dioni. Nos enteramos hasta de las dimensiones de las partes íntimas del seudo abogado. O sea, lo peor de lo peor.

La Noria: digo lo que digo porque, cada vez con más desenfado, Sandra Barneda hace comentarios propios en la línea del gobierno, "lo más terrible es la oposición"; porque, semana tras semana, la irritante presencia de María Antonia Iglesias, decidida a no dejar hablar a nadie, suele ir acompañada de la no menos irritante presencia del pontifical ex opusdeísta reconvertido en izquierda de la izquierda Enric Sopena; porque, a diferencia de Wyoming, que dice sus barbaridades de cara a la pantalla, el tándem González-Barneda lo envuelve todo en basura Sálvame para que se digiera mejor; y porque hasta tienen en el panel de debate político a un señor del PSOE que se presenta a la presidencia de Castilla-León: ya quisieran otros semejante cartel.

Pero Vasile no se detiene en esto, sino que promueve otros shows. Hay que decir, eso sí, que cada vez con menos fortuna. Este año, Gran Hermano hizo el más lamentable casting de su ya larga historia. Reunió a la gente más cutre, menos lucida de cuanta en una década pasó por esa experiencia. Mercedes Milá, más autoritaria que nunca, y lo es mucho. Pensaba Vasile dedicar la ex CNN a Gran Hermano, pero es que ni siquiera la plebs sordida (Tácito dixit) de los de Jorge Javier Vázquez lo sigue.

El otro estrepitoso fracaso es el de Operación Triunfo. Bajísimo nivel musical, un jurado tendiendo a raro (sin Risto Meijide, desde luego, nadie quiere un crítico en casa) y una presentadora biónica que habla en primera persona, plan dueña de casa, y compite con los concursantes. Me encantaría preguntarle "¿Cómo te llamas, hija?", porque estoy seguro de que me respondería: "Murphy, señor". Con una diferencia: Robocop es simpático y ella no. "Le falta empatía", escribió un colega en El Mundo; y que lo digas.

Como ése es el nivel creativo, Jesusito Vázquez ha vuelto con las cajas de Allá , sin acercarse tampoco a la audiencia anterior: huele a viejo el invento.

Menos mal que ha vuelto, en Cuatro, Mentes criminales, con la que tal vez sea su mejor temporada, la quinta, a pesar de la ausencia de Mandy Patinkin, que era el Grissom de la serie. Ahora el peso lo lleva Thomas Gibson en el papel de Hotchner, pero no porque sea un buen actor, sino porque su historia es lo bastante intensa como para que sus defectos pasen inadvertidos. Lástima que se haya llevado por delante Castle, una producción llena de humor y unos personajes queribles: Nathan Fillion es un comediante estupendo, Stana Katic una belleza simpática y Susan Sullivan (Falcon Crest) pone el toque de la vieja tele. Esperemos nueva temporada, si es que Vasile vende con ello un poco de publicidad.

Ley y orden, serie oscura donde las haya, para horarios muy nocturnos, ha pasado a las 11 de la mañana, para competir con Ana Rosa Quintana y Mariló Montero. Otro absurdo. NCIS (pronúnciese Encis, de acuerdo con el doblaje) ha perdido toda la gracia que le aportaba Mark Harmon y se ha convertido en NCIS Los Angeles, un bodrio tecnológico en el que el buen actor que a veces puede llegar a ser Chis O'Donnell (Perfume de mujer) se pierde en el montón de nadas. La vieja serie de Harmon sigue en La Sexta: a Roures no le alcanza la pasta para comprar más, así que repite sin pudor. Y nos ha quitado El mentalista sin que sepamos qué ha pasado con John el Rojo.

Las series nacionales, bien, gracias. La República, en TVE1, aspira a ser Amar en tiempos revueltos, pero no. Antena 3 nos ha regalado Hispania, con el incombustible Roberto Enríquez en el papel de Viriato y Lluis Homar en el de romano malísimo; tengo una noticia para los productores: gracias a Dios, fuimos romanizados. Y Tele 5 ha creado un nuevo género, el western extremeño, con Tierra de lobos, que tendrá segunda temporada: cualquier parecido con una serie de época es puramente casual, a menos que yo esté equivocado y realmente hubiese cowboys en la frontera con Portugal, y realmente cualquiera de por allí tuviese caballos como en el Far West, y realmente las armas largas circularan entre los campesinos tanto como las azadas. Pero los actores lucen y la historia es entretenida, aunque estirada de modo inclemente. Creo que a Marcial Lafuente Estefanía le hubiese divertido el trasterramiento de sus historias.

Y no puedo cerrar este brevísimo balance sin mencionar las series reales o aristocráticas: Felipe y Leticia, La Duquesa y otros sucedáneos con el amor de Juan Carlos y Sofía, por ejemplo. No sé de qué se queja Juanjo Puigcorbé: dice que lo han maltratado por su ridículo e impostado rey de España, que más que al monarca se parece a Latre haciendo de monarca. Curioso, pero este traslado de lo más selecto del Hola a la pequeña pantalla (que pronto será la única que haya) gusta. Supongo que al mismo público que ve Sálvame y secuelas. Finalmente, es lo mismo, sólo que en respetuoso porque se trata de Zarzuela y de Liria, y no va a andar por ahí la Esteban sacudiéndose la falda, ni matando por su hija, ni haciéndole comer el pollo. Cualquier día nos dan La princesa del pueblo: ¿quién hará de Belén joven?

Lamentable.

 

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