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CIENCIA

¿Por qué es tan difícil combatir el cáncer?

La gran batalla de la medicina moderna es, de lejos, derrotar el cáncer. Gracias a los avances registrados en la comprensión de sus mecanismos de actuación, los médicos son capaces de curar casi la mitad de los procesos cancerosos. Sin embargo, el otro 50% sobrevive al actual arsenal terapéutico. ¿Por qué? Que se lo pregunten a las células madre.

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Una de las características más insidiosas de los cánceres es su habilidad para sobrevivir a los tratamientos más contundentes y recuperarse, para volver a instaurar una nueva colonia cancerosa, más agresiva si cabe y, si se tercia, desplazarse por el cuerpo y causar metástasis. En efecto, algunas células malignas salen indemnes de las radiaciones y de los cócteles químicos altamente tóxicos, capaces de arrasar con cualquier estirpe celular, sana o tumoral.
 
Desde hace tiempo, los científicos intentan comprender la naturaleza de estas supercélulas. Por ejemplo, saben que existen diversos genes que aumentan su actividad para producir unas proteínas que impiden que los fármacos utilizados en la quimioterapia cumplan su función. Por ejemplo, se sabe que la proteína P170 bombea fuera de la célula las sustancias nocivas, en este caso los medicamentos antitumorales, y que esta molécula destoxificadora hace más resistente al tumor de mama ante los tratamientos.
 
Junto a genes y proteínas trabajan otros infiltrados, que cooperan en el blindaje tumoral. Dos estudios que acaban de publicarse en la revista científica Nature hacen referencia a una extraña población celular que habita en el seno de la masa cancerosa, concretamente de los tumores conocidos como sólidos. Se trata de un tipo de células madre (stem cells), células progenitoras, autorrenovables y capaces de convertirse en diferentes clases de células, que han sido aisladas de glioblastomas humanos, un tipo de cáncer que aparece en el cerebro, y que a menudo se reproducen después de la radioterapia.
 
Estas stem cells, que son minoría en la colonia tumoral, tienen una pequeña particularidad: su superficie está tachonada de unas proteínas que reciben el nombre de CD133. Pues bien, las células madre que llevan esta marca identificativa son sorprendentemente resistentes a la radiación ionizante del tratamiento porque cuentan con un mecanismo de reparación del ADN cuya eficacia no se encuentra en las demás células malignas ni en las sanas. No hay que olvidar que las células cuentan con unas herramientas moleculares que supervisan la molécula de ADN y reparan los posibles daños que puede sufrir, como los causados por las radiaciones.
 
Desde hace 40 años, la radioterapia ha sido una de las opciones terapéuticas, combinada con la quimio para combatir el glioblastoma, uno de los tumores más agresivos e intratables que afectan a la población adulta, pues tiene un pronóstico fatal a los pocos meses del diagnóstico. Ahora se empieza a comprender por qué estos tumores cerebrales consiguen burlar los tratamientos convencionales. Éstos son incapaces de eliminar las stem cells CD133 que, agazapadas entre sus compañeras muertas, reciben señales para dividirse intensamente y fabricar nuevas células enfermas, que vuelven a crear la masa cancerosa, el glioblastoma.
 
Es una noticia terrible, pero abre las puertas a la esperanza. Con estos mimbres, los investigadores están buscando estrategias para quitar al tumor esta reserva de superstem cells. Una de las estratagemas que se barajan consiste en inducir su conversión en células diferenciadas mediante fármacos y después asestarles el golpe de gracia. Todavía es pronto para hablar de una terapia, pero no para soñar con ella.
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