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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Un país de acusicas

Los socialistas tienen unas exigencias morales muy elevadas. Hacia los demás, claro, porque ellos, en tanto que defensores de los principios más nobles, tienen carta blanca para actuar en forma contraria a la que pregonan sin que esa paradoja les suponga ningún dilema ético.

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En lo que respecta al uso del tabaco, un progre fuma en su lugar de trabajo con la misma tranquilidad con que afea a los demás que hagan o permitan hacer eso mismo en su propiedad privada. Zapatero es un ejemplo, fumador vergonzante donde los haya, que según cuentan te vacía el paquete de cigarrillos a poco que te descuides para fumarlos de forma compulsiva escondiéndose de Sonsoles. O las ministras nombradas por el feminista, cuyas amigas, colocadas en el Ministerio para ahorrar en coches oficiales cuando las recogen a todas juntas a altas horas de la madrugada, tienen los santos pajines de publicar sus fotos en las redes sociales fumando como chimeneas.

Pues bien, mientras todos estos laicistas meapilas contravienen sus propias normas en lugares públicos pagados con dinero ajeno, exigen sanciones, cuanto más duras mejor, para aquellos que deciden hacer lo mismo en locales de su propiedad.

El asunto no tendría el menor interés si la sociedad rechazara con naturalidad esta hipocresía institucional. En el caso de los bares, restaurantes y similares, dado que no hay inspectores suficientes para vigilar 12 horas diarias todos los negocios hosteleros, sólo habría que tener la precaución de vaciar los ceniceros con cierta frecuencia por si en algún momento del semestre cae una inspección. Ahora bien, el socialismo corrompe moralmente a las personas de tal manera que no le resulta difícil contar con legiones de cipayos dispuestos a hacer de matones del Gobierno, denunciando a quien contravenga los decretos pajinianos que buscan convertirnos en españoles virtuosos aunque sea a la fuerza.

Pero vayamos con una anécdota para ilustrar la categoría. Servidor de Dios y ustedes participaba en cierta ocasión en un debate televisivo de una cadena autonómica que, como todas, acabará siendo cerrada y sus instalaciones desmontadas por una brigada de rumanos trashumantes. Pero a lo que íbamos. Mientras hablábamos de la crisis económica y proferíamos todo tipo de obviedades al respecto, hice una defensa a ultranza de la economía sumergida en tanto es la válvula de escape de la sociedad para sobrevivir a los rigores coactivos del Gobierno, especialmente en medio de un desastre económico como el que padecemos desde hace ya algunos años. Fue decir que los pequeños defraudadores que sobrevivían haciendo chapuzas eran unos héroes y casi venirse abajo el decorado de los gritos de las contertulias (eran todas féminas, toma ya igualdad) acusándome de desleal para con el resto de contribuyentes. Ahí se revelaron como unas chivatas dispuestas a denunciar al parado que realiza chapuzas a domicilio por estar "defraudando" a la hacienda pública, como si hubiera algo más noble en este mundo que engañar al fisco, especialmente si es socialista.    

En fin, que los españoles somos muy dados a ponernos del lado de la autoridad aunque ésta busque consumar una injusticia, que por otra parte es lo que suele ocurrir cuando gobiernan los socialistas. Unas veces expropian un consorcio empresarial como Rumasa para venderlo por trozos a los amigotes y otras deciden qué deben poner las mamás en las mochilas de los niños para el cole o qué puede permitir a sus clientes un hostelero en el local de su propiedad; el caso es que son incapaces de dejar a la sociedad que se organice de forma espontánea.

En esto nos hemos convertido, en un corral de chivatos y delatores para personajes como la Pajín y encima ni siquiera cobramos por autodegradarnos de esa manera. España, el país que inventó la guerrilla y casi patentó el anarquismo. Qué vergüenza ¿no?

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