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CHUECADILLY CIRCUS

Vislumbres de la India

En estas fechas se celebra en la India la fiesta de Diwali, el festival de las luces. La gente coloca lámparas y bombillas de colores en todas partes y organiza bailes en honor de los dioses. Es la mejor época para visitar el país, aunque también la más peligrosa, pues entre tanto sarao a uno le entran ganas de quedarse para siempre.

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Coincidiendo con las celebraciones, el Tribunal Supremo local dirime una cuestión muy interesante: ¿son las relaciones homosexuales perjudiciales para la sociedad? En la India, las llamadas "relaciones contra natura" acarrean penas de hasta 10 años de cárcel. La legislación, que data de los tiempos de los ingleses, apenas se aplica, pero sus efectos sociales son devastadores. Lo de menos es que existan pocos bares y discotecas gays, aunque el acoso al extranjero, que se supone liberado, resulta bastante molesto. Una vez tuve que llamar a los servicios de seguridad del hotel porque un señor me llamaba continuamente a la habitación ofreciéndome dinero por permitirle que me aplicara masajes "corporales".
 
Los taxistas, que aprovechan cualquier ocasión para meter mano, es otro de los inconvenientes que la prohibición acarrea a los forasteros. Como allí es normal que dos chicos caminen de la mano o que se acaricien, uno se deja hacer por aquello de no violentar a los locales, hasta que no queda otro remedio que echar a correr o asestar un buen guantazo.
 
Estos contratiempos no son nada comparados con las penalidades que sufren los indígenas. Los matrimonios arreglados son el coladero ideal para que muchos gays indios se casen con las hermanas o primas de sus novios, lo que da lugar a situaciones trágicas. Una vez, una compañera de trabajo acudió a mí con lágrimas en los ojos porque se había dado cuenta de que su prometido estaba liado con su hermano. Ella no podía romper el compromiso: al proceder ambas familias del mismo pueblo y pertenecer a la misma casta, la separación ocasionaría un escándalo. Me pregunto cuántas mujeres indias acuden al matrimonio como si fueran ovejas camino del matadero. Por si el machismo no fuera suficiente, también tienen que servir de tapadera a los contra natura.
 
Pocos días después, el hermano, que también trabajaba con nosotros y desconocía la conversación anterior, me confesó que era gay y que estaba liado con su mejor amigo, el dueño de una tienda de productos Levi's y Lacoste del hotel donde yo me alojaba y que un día me había tirado los tejos. Ni que decir tiene que no me dijo nada sobre el noviazgo de la chica, aunque yo tampoco le informé de los devaneos de su amante. Como aquello me parecía digno del mejor culebrón, decidí dar un giro de tuerca y le propuse que me lo presentase. Él accedió y todos quedamos en un heladería del centro de Nueva Delhi.
 
Treinta minutos después de la hora convenida aparecieron los tres en el coche de la madre de los hermanos. La sorpresa del amiguito del chaval fue morrocotuda. Tras la merienda, durante la cual me dediqué a hacer preguntas capciosas y a deslizar indirectas, la chica se marchó a casa (la mamá protegía la honra de su hija esperando en el coche, aparcado en triple fila junto a los de otras madres) y nosotros nos fuimos a cenar y a una discoteca occidental donde dejaban entrar a hombres solos, es decir, gay. Allí, aprovechando las idas y venidas de su novio a la barra y a los servicios, el cuñadísimo volvió a intentar ligar conmigo, proponiéndome ahora visitas a mi habitación a cambio de ropa gratis de su tienda. ¡Qué manía con pagar por el sexo! Supongo que algún día me enteraré de la razón por la cual algunos indios piensan que en Europa la prostitución es un pasatiempo.
 
Llegué a la conclusión de que tanto ese matrimonio como la relación clandestina que pretendía ocultar eran un auténtico desatino, de modo que esperé al último día para aconsejar a mi amiga que concluyese cuanto antes el falso noviazgo y poner a su hermano al cabo de la calle de la desvergüenza de su chico. Calculé que si las rupturas del compromiso y de la amistad se producían al mismo tiempo, la familia aceptaría la situación y no habría deshonra. Con el tiempo, ambos hermanos se sincerarían, ella sería libre para casarse con otro y él encontraría una pareja más conveniente.
 
No sé cómo terminó todo aquello, porque no me atreví a mantener el contacto, aunque más de una vez he pensado que quizá lo que hice estuvo mal. Después de todo, quién era yo para, de golpe y porrazo, desafiar las tradiciones de una cultura milenaria y organizar un desaguisado familiar. Como dijo aquel militar inglés cuando, en medio de una expedición por el interior de la India, se topó con la quema de una viuda: "Ustedes lo llamarán cultura, pero para mí eso es una barbaridad". Ya sé que suena arrogante y neocolonialista, pero no lo pude evitar.
 
Puede que la abolición del artículo 377 del Código Penal indio cause una pequeña conmoción social. De todas formas, casos como el de ese país demuestran la estupidez y la inmoralidad de dichos como "la hipocresía es el precio que el vicio paga a la virtud". Que se lo digan a ellas.
 
Los partidarios de mantener la prohibición arguyen que la legalización causará graves daños a la salud pública, entre ellos la extensión del sida. Como prueban los casos chino, cubano y sudafricano, sucede justamente lo contrario: la represión fomenta las relaciones de riesgo y la prostitución y hace que sea prácticamente imposible detectar la infección antes de que su portador la haya transmitido a otros. El hecho de que tantos homosexuales estén casados convierte a las mujeres en víctimas de una enfermedad que también se lleva por delante a muchos niños nacidos con anticuerpos.
 
La liberación de las mujeres en tantos países pasa necesariamente por el fin del castigo a las relaciones entre personas del mismo sexo, una restricción injusta a la libertad cuyo precio pagan, como siempre, los más débiles. El juez ponente del caso, AP Shan, ha afirmado que los argumentos gubernamentales a favor de la prohibición están basados en razones puramente religiosas que no caben en una nación donde existe separación entre los dioses y el Estado, y ha exigido al fiscal la presentación de evidencias científicas que demuestren la naturaleza criminal de la homosexualidad.
 
En el quinto día de Diwali, las esposas ofrecen a sus maridos una guirnalda de flores y ungen su frente con un tilak. A su vez, el hombre agradece los buenos deseos con otro regalo, normalmente un artículo de lujo. Las recién casados visitan la casa de los padres de la novia, donde son agasajados con un espectacular y a menudo indigesto banquete (lo sé por experiencia; algunas parejas se llevan a los amigos solteros). No sé cuántos banquetes dejarán de celebrarse a causa de la legalización de la homosexualidad, pero probablemente sean mucho más felices. Seguro que Laskhmi, la amada de Vishnu, tan bella como la flor de loto, esa que los hindúes suelen asimilar a la virgen María (en Bombay hay una ermita a la que cada año miles de cristianos y de hindúes acuden para venerar a la madre de Dios, o de Krishna), estará complacida. Alegría, salud y riquezas, ahora sí para todos. ¡Feliz Diwali!
 
 
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