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También al protagonista de '1984' le costó lo suyo llegar a entender que dos y dos eran cinco si lo decía el Gran Hermano.

Francisco José Contreras
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También al protagonista de '1984' le costó lo suyo llegar a entender que dos y dos eran cinco si lo decía el Gran Hermano.

Me llamo Francisco J. Contreras y tengo que hacer una confesión: soy de derechas. Me avergüenza admitirlo, pero más vale poner las cartas sobre la mesa, por si alguien tiene una solución para mí. Por ejemplo, me acuso de considerar intolerable barbarie que un feto de 14 semanas –que tiene uñas, ojos, sensibilidad al dolor, y se chupa el dedo en las ecografías– sea destrozado legalmente en el seno materno. Además, esa barbarie me importa mucho: me importa más que la prima de riesgo, más que la independencia de Cataluña, más que el miedo al Coletas… ¡incluso más que la poltrona bruselense de Cañete y las encuestas de Arriola! Fíjense si lo mío es grave.

Pero no es ese el único síntoma. También debo confesar –¡oh deshonra!– que creo en el libre mercado, considero que la hipertrofia estatal es la causa principal de nuestras dificultades económicas, y que sólo podremos salir de la crisis con reducción del sector público, bajada de impuestos y desregulación. Creo que el modelo socialdemócrata está agotado; que el Estado no debería gastar cada año un 15% más de lo que ingresa, enjugando el déficit a base de endeudamiento y dejando a las generaciones futuras una losa aplastante. También creo que un país con una fertilidad de 1,3 hijos por mujer está condenado a la inviabilidad por envejecimiento de la población. Me parece –¡soy así de ignorante!– que en la sociedad española de 2035, con casi tantos jubilados como activos, las pensiones y el gasto sanitario (que aumenta al incrementarse el porcentaje de ancianos) serán insostenibles, y que es suicida no adoptar desde ya enérgicas medidas pro natalidad. Incluso pienso, ¡agárrense!, que se han hecho excesivas concesiones a los nacionalistas catalanes y vascos desde hace 35 años, y que la solución al desafío separatista sólo podrá venir de la firmeza de los que creemos en España, y no de nuevos diálogos, federalismos o terceras vías. Creo que no debería seguir financiándose incondicionalmente con el FLA a una Generalitat en abierta rebeldía. Y sí, hasta creo –¡a veces me da miedo de mí mismo!– que los etarras deberían estar en la cárcel y no en las instituciones.

Como ese violador belga que teme salir en libertad y pide que le apliquen la eutanasia, quiero advertir desde aquí a Rajoy y a Soraya de que en la sociedad española todavía andamos sueltos unos cientos de miles con estas opiniones extremistas y antisociales. Algo debería hacerse de una vez con nosotros. Somos una rémora para la modernización de España. Sí, el PP ha desarrollado una paciente labor didáctica, usando la decepción como baño de realidad y terapia de choque: prometió bajada de impuestos, pie en pared frente a los nacionalismos y defensa de la vida, y ha ido haciendo exactamente lo contrario. El tratamiento, que puede parecer cruel, rebosa en realidad sabiduría pedagógica: también los niños soberbios necesitan ser hábilmente humillados por sus educadores, por su propio bien. La frustración de todas y cada una de nuestras expectativas nos ayuda a asumir de una vez por todas nuestra insignificancia; debemos entender que no somos nada, no tenemos derecho a nada, y que suficiente honor es que el PP acepte nuestros asquerosos votos. ¡Qué soberbia, pretender que se haga lo que se nos prometió, en lugar de someternos al meditado designio de Rajoy, que es registrador de la propiedad y escruta las vísceras de las ocas demoscópicas de Arriola! "Cuando eras joven, te vestías solo y andabas donde tú querías; cuando seas viejo, otro te vestirá y te llevará adonde no quieras" (Jn. 21, 18). Los de derechas somos metafísicamente viejos, nacimos ya viejos. Rajoy y Soraya, paternales, intentan curarnos de nuestras obsesiones ultramontanas. ¡Qué paciencia tienen con nosotros!

Pero todavía no es suficiente. Quedamos algunos tercos que no conseguimos creer aún que triturar fetos sea admisible y que las promesas electorales pueden ser impunemente incumplidas. Ni siquiera bastó la medicina adicional del fracaso de Vox, que hizo patente que los ultras somos apenas unos miles, incapaces de alcanzar un solo eurodiputado. Nada, seguimos en la tozudez oscurantista. También al protagonista de 1984 le costó lo suyo llegar a entender que dos y dos eran cinco si lo decía el Gran Hermano.

Así que, ya digo, hagan algo con nosotros. Los campos de reeducación estilo Mao podrían ser una solución. Tendríamos sesiones diarias de "cinco minutos de odio", donde la imagen amenazante de Pablo Iglesias sería proyectada en pantalla gigante, mientras prorrumpimos en gritos de horror: "¡Cualquier cosa antes que eso!, ¡Mariano sálvanos!". Celia Villalobos y Bibiana Aído interpretarían al alimón el famoso rap "El feto no es un ser humano". Borja Sémper y Pedro Zerolo nos explicarían la excelencia del matrimonio gay. Y si todo eso no basta, habría que permitir que los reaccionarios pusiéramos fin a nuestra lamentable existencia mediante la eutanasia voluntaria. Aplicada por Bolinaga, un virtuoso del oficio.

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