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La secta

En nuestro país hay al menos seiscientas sectas, la mitad de tipo satánico, que están fuera de control desde que la Iglesia católica suprimió a los cazafantasmas del reino del diablo.

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España es un país sectario en el que apenas se habla de sectas. De ahí el desconocimiento extremo. Hubo una diputada, Pilar Salarrullana, con mucho mérito, que quiso ser perita en sectas y acabó angustiada y perseguida por ellas. Nunca más ha habido nadie que se haya propuesto llegar tan lejos. En la actualidad se habla mucho de una supuesta secta de Perú que captó a una joven española, Patricia, a la que ha intentado rescatar su padre, sin conseguirlo plenamente.

De hecho, el asunto aparece como una organización encarnada en una sola persona que más bien podría ser un seductor esotérico que utiliza las trampas de los enigmas para tener sexo. Es decir, un delincuente menor con proyección internacional gracias a la tontería que reina en las redes que ni tiene secta ni tiene na, excepto un rostro de cemento. A través de un contacto por internet conoció Patricia a su supuesto guía espiritual, y desde allí consiguió éste ganarse su voluntad.

La española se fue de este país con dinero de su familia y siendo mayor de edad, lo que complica la versión de que fuera abducida. Una vez localizada, sus declaraciones van en el sentido de que estaba allí por su voluntad y que era "amiga y trabajadora" del supuesto captor. Han pasado varios días en los que el padre, héroe contemporáneo, no ha podido acercarse a ella ni conocer a su nieta, fruto de la unión de Patricia con el supuesto gurú sectario, a pesar de que tuvo que hacerse cargo del gasto de coche y alojamiento para la policía peruana que encontró a Patricia en la selva, esquelética y comida por los mosquitos. Si no hubiera puesto el dinero, probablemente nadie habría ido a buscarla.

Es fácil colegir que el individuo utilizaba a sus víctimas y se aprovechaba de ellas. Además, dejaba esparcir a su alrededor la leyenda de que era un príncipe extraterrestre enviado a la Tierra para repoblar la Humanidad, cosa que así, en frío, se hace difícil de deglutir.

En nuestro país hay al menos seiscientas sectas, la mitad de tipo satánico, que están fuera de control desde que la Iglesia católica suprimió a los cazafantasmas del reino del diablo, momento que puede situarse hace unos años en la playa de Gandía, cuando uno de los últimos estudiosos del movimiento sectario fue apuñalado.

Llega el momento de dejar bien claro que una secta es una organización jerárquica, con un corpus doctrinal, aunque se trate de un mejunje intragable de creencias, ceremonias, asertos literarios, y ahí está la intención de desplumar y aprovecharse sexualmente de los captados. Hace un par de veranos aparecieron signos de extrañas ceremonias en la costa alicantina. Con frecuencia se encuentran restos óseos, cementerios profanados y otros signos inquietantes de una actividad que no presagia nada bueno. Sin embargo, se prefiere atribuir los hechos a vandalismo o a gamberros que abusan de drogas y alcohol. Las sectas se protegen con una legislación con lagunas, y las familias afectadas se encuentran indefensas, confusas, empujadas a aventuras internacionales como la de la familia de Patricia.

Las sectas nos penetran disfrazadas de manadas de ovejas.

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