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Gabriel Moris

Carta abierta a las instituciones del Estado

Si nuestras instituciones hubieran cumplido con sus deberes, esta carta, reclamando una respuesta, no tendría sentido.

Gabriel Moris
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Hace unos cinco años, justo en el décimo aniversario del mayor atentado terrorista de la Unión Europea –y por supuesto de España–, escribí sendas cartas al Gobierno, al Congreso y a la Audiencia Nacional. Mejor dicho, era una carta dirigida simultáneamente a las tres instituciones citadas. Iban certificadas y con acuse de recibo. Sólo recibí una respuesta, además de los tres acuses de recibo; fue la del Congreso de los Diputados: en ella se nos comunicaba que hacían llegar la petición a la Comisión de Peticiones. Hasta hoy, hemos recibido la callada por respuesta. Parece como si hubiera una coordinación en esta actitud.

El objeto de la carta era hacer llegar a las tres instituciones una petición, realizada a través de la plataforma Change.org, consistente en reclamar a nuestro Estado de Derecho, con el aval de varias decenas de miles de firmantes, la investigación de los atentados del 11-M.

Desde mi óptica, pasados cinco años, las razones que nos llevaron a los firmantes a realizar dicha petición siguen en vigor, pero con mayor grado de urgencia, dado el tiempo transcurrido y la posibilidad de que prescriban los graves delitos pendientes. Para el pueblo español –objetivo de los crímenes– y para las víctimas, sufridoras directas de los enormes daños humanos causados, las razones de la petición no han cambiado. Lo incomprensible es el silencio mantenido por unanimidad ante una petición que resulta razonable para cualquiera que la analice objetivamente; máxime si se trata de instituciones clave de nuestro Estado de Derecho, garante máximo y único de la seguridad, la vida y el ordenamiento jurídico de España y las personas que la habitan. Si nuestras instituciones hubieran cumplido con sus deberes, esta carta, reclamando una respuesta, no tendría sentido; pero, lejos de respondernos, constatamos un consenso total en el silencio de todo el arco parlamentario y de sus representantes electos.

En mi afán por encontrar una explicación racional a todo lo ocurrido desde el 11-M, prefiero hacer un paralelismo –salvando las diferencias– con la Pasión de Jesús y sus personajes: Judas Iscariote, los mandatarios del judaísmo, los amigos que huyeron, el populacho, Poncio Pilato, la soldadesca, las santas mujeres y las caídas, la Verónica, el Cirineo, los que lo crucificaron, sus compañeros crucificados (Dimas y Gestas), María y Juan, etc. Cada uno de nosotros podemos identificarnos con el personaje más adecuado a nuestro papel en los hechos. Aún podemos rectificar si así lo creemos.

Para acabar esta carta, me viene a la memoria la vieja letra de un cante por soleares:

Yo me fié de la Verdad, y la Verdad a mí me engañó, si la Verdad a mí me engaña, ¿de quién me voy a fiar yo?

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