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28-A: entrar a matar, o morir

O se vota acabar con los enemigos de España o los enemigos de nuestra nación acaban con nosotros, nuestra historia, nuestra riqueza, nuestras fronteras y nuestra identidad.

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David Alonso Rincón

Se dice que Manolete no murió de la famosa cornada de Islero. Que fue una transfusión sanguínea en mal estado lo que le hizo exclamar "¡No veo, me muero!" antes de expirar. Eadem sed aliter, lo mismo pero de otro modo, estas elecciones pueden ser el mal plasma que acabe con España. En el GEES llevamos siguiendo la actualidad nacional e internacional treinta años, y con esta perspectiva lo vemos claro. La alternativa, el 28-A, no puede ser más clara: o se vota acabar con los enemigos de España o los enemigos de nuestra nación acaban con nosotros, nuestra historia, nuestra riqueza, nuestras fronteras y nuestra identidad. Presente, pasado y futuro.

En 1970, en su discurso de aceptación del Nobel, Solyenitsin dijo: "Las naciones son la levadura de la humanidad, sus personalidades colectivas; la más pequeña de ellas luce sus colores especiales y es portadora en su interior de una especial faceta de la intención divina". Y, sin embargo, las naciones, en nuestro mundo, están diluyéndose de la mano de un proyecto globalizador. ¡Qué diremos de la primera de ellas, España, entregada por una parte a las dentelladas de los separatistas y desgarrada, por otra, por las cesiones de soberanía a la Unión Europea! Esta situación, de extrema gravedad, hace estas elecciones incomparables con ninguna precedente o, si acaso, con una sola, la de febrero de 1936, en que ahora sabemos que el Frente Popular hizo trampa para ganar. Curiosamente, nuestros amigos los disidentes cubanos o venezolanos nos advierten hoy a los españoles, distraídos, de la gravedad del momento.

Lo asombroso es que no se haya percibido públicamente y explícitamente su carácter decisivo para la continuidad de la Nación. Como dice Solyenitsin, España es nuestra manera de insertarnos en la humanidad y nuestro único modo de existir en el presente como hombres libres dotados de derechos naturales por el Creador. Para los españoles, no hay otra que seguir siendo españoles si queremos seguir siendo libres.

No estamos solos en la tesitura. El Zeitgeist está lleno de ejemplos. Tomemos uno de otra gran nación occidental. En 2016, bajo el seudónimo Publius Decius Mus, Michael Anton, un académico americano, publicó el artículo "La elección del Vuelo 93". Si los americanos no se hacían cargo del mando de la cabina de su nación, como habían hecho los héroes del avión secuestrado el 11-S por los esbirros de Ben Laden que se estrelló en un campo de Pennsylvania pero no en el Congreso, la decadencia americana sería irreversible.

Es, pues, hoy aquí, como entonces para los americanos, la hora de los valientes. Este 28-A es nuestro Vuelo 93.

Citaba Anton la falta de fe de los conservadores en sus propios valores como el problema fundamental. No esperando nada de la corriente ideológica progresista, podía anhelarse al menos de los conservadores que creyesen en lo que decían. Que la educación había entrado en una deriva preocupante, que la nación y la cultura importaban, que el espacio público no podía entregarse sin más a la izquierda subvencionada, que la corrección política estaba destruyendo la libertad, era lo esperable del progresismo. Pero lo grave era, y es, que los conservadores nunca llegaban hasta el extremo de querer aplicar sus medidas. Se rendían en cuanto tenían ocasión a las del adversario y hasta las aplicaban, primero con cautela y luego con la fe del converso.

Piénsese en España, en las leyes recientes sobre el aborto, el matrimonio homosexual, la violencia de género o la memoria histórica. La derecha aparentemente se oponía a ellas, y llegó al poder con nuestro voto manifestando ese rechazo; pero luego abrazaba esas causas como suyas con más entusiasmo, si cabe, que la propia izquierda. Su reducto acabó siendo la economía, "lo único que importa", decían, limitando así su ventaja competitiva con el contrincante a la cada vez más imperceptible mejora en la gestión de la economía. Entregada esta, además, a corrientes globales no necesariamente favorecedoras de las clases medias, el dramático resultado ha sido la mengua de esta base de la sociedad. Esa que antaño se había considerado imprescindible para la existencia de una democracia sana. Si la clase media existía, había suficiente libertad para que la comunidad tomara sus propias decisiones sin coacción ni miedo.

Había que concluir por tanto que la derecha había mentido o ya no creía en sus propias recetas, pues una vez llegada al poder se mostraba incapaz de ponerlas en práctica.

Pero el problema no ha radicado en esta cobardía, aun siendo lamentable, sino en esa pérdida de fe en sí misma y, más todavía, en el resultado práctico de ese pecado de omisión: no ha mejorado la condición de nadie.

Y así hemos llegado al empeoramiento general de hoy, por ausencia de aplicación de las medidas mejores, después de proponerse y aceptarse democráticamente. La derecha puede echar a Sánchez. ¿Y? ¿Para qué exactamente? ¿Para volver a llenar las arcas y dejarlas así al próximo presidente socialista?

Mientras se podía seguir sobreviviendo, esto era grave, pero, mal que bien, tolerable. ¿No es acaso así la vida? Pero en estas llegó la gran crisis del separatismo catalán que supone la liquidación de la Nación. Y de nuevo la derecha se fue a las tablas. Dijo, por una parte, y ganó las elecciones con ello, que haría lo necesario para su defensa. Pero luego, cuando llegó el momento de la verdad, se empeñó en negar la realidad misma del referéndum de secesión, excusándose en que, una vez se había declarado ilegal, era inefectiva su práctica realización. Que es lo mismo que alegar ante el cadáver de un asesinado que la mención del delito en el Código Penal impide que esté muerto.

De modo que quizá podemos exclamar, para España, como en el Tenorio: yo la amaba, sí; mas con lo que habéis osado imposible la hais dejado, para vos y para mí. Sólo una actuación enérgica y convencida de la justeza de las propias ideas puede salvarla. No caben ya más retraimientos ni tampoco una fe como la de san Manuel Bueno Mártir, el personaje de Unamuno, porque la fe o es viva e ilusionante o no es nada. Se requiere una fe viva, eficaz para la preservación de España. Que vaya a las raíces de nuestros problemas y no a sus consecuencias o expresiones.

Por tanto, una de dos: o el bloque frentepopulista, apoyando directamente las siglas del PSOE o en posterior alianza disforme, le da la puntilla a España y nos hace entrar en otra época histórica, o bien se ejerce una resistencia que sólo puede venir de una dirección enérgica y convencida en sentido contrario, con una alternativa clara y distinta a la decadencia actual.

Es imperioso afirmar el valor moral de España sobre la alternativa de su destrucción. La moral es lo que mantiene viva una nación. Manolete no murió de la cornada de Islero, sino de la mala sangre que se le inyectó después: pues bien, la cornada ya la ha recibido España, y la herida existe y es real. Pero es el remedio lo que cuenta. Hay que inyectar en el cuerpo nacional un fluido sano que la haga renacer. España, como Manolete, no ve y se muere. Sólo un conservadurismo democrático y popular digno de ese nombre, es decir, ni despótico ni incrédulo, capaz de cumplir su compromiso, puede hacer que vea y viva. La penuria de los candidatos, cual cuatro jinetes del apocalipsis, en sus debates televisivos hace más necesaria que nunca una alternativa real, pues ellos son el problema o parte del mismo, Iceberg y Titanic al mismo tiempo. La solución ha estado ausente de los platós. La solución es la España viva y quienes la defienden.

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