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Egipto y golpe

Morsi era una manifiesta amenaza para la democracia, pero lo que volvió furibundamente en su contra a una gran parte de la población.

GEES
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Las palabras tienen consecuencias, de entrada para entender o confundir las cosas. Golpe militar ha sido, porque los militares echaron al Gobierno, sin disparar un tiro, pero practicando detenciones. No es un golpe antidemocrático, porque aunque el Gobierno de los Hermanos Musulmanes satisfacía el requisito necesario de haber sido elegido, no lo hacía con otros indispensables para poder ser conceptuado como democrático en su ejercicio del poder y en sus objetivos. No es tampoco un golpe a favor de la democracia, porque no se sabe qué va a salir de la situación actual, y los dos últimos años y medio acreditan que es prácticamente imposible que tal régimen pueda asentarse pronto; pero con mucha, mucha suerte podrían registrase avances en esa dirección.

La Hermandad ganó las elecciones de junio del año pasado con un 51’7% de los votos; el resto se lo llevó el último primer ministro de Mubarak. La mitad del censo no participó, así que representa formalmente a poco más del 25% del electorado. En el proceso previo y la campaña hubo bastantes irregularidades legales. En los primeros momentos de la revuelta, en el 2011, los Hermanos, en modo tranquilizador, habían anunciado que no pretendían presentarse a las presidenciales. Nada de eso santifica un golpe, pero los resultados no eran un mandato para llevar a cabo una profunda transformación del poder y del país, toda una revolución, en este caso islamista. Eso es lo que pretendían hacer Morsi y los suyos. Ahora se quejan amargamente de que ellos, que confesada y públicamente no creen en la democracia, la han respetado para encontrarse con que son los que se proclaman demócratas los que la pisotean para negársela a ellos. Pero lo que cuenta es lo que hacían y pensaban hacer, en consonancia con su descreimiento respecto al régimen que les facilitó el acceso al poder.

Para otros islamistas más radicales, el mero hecho de someterse a elecciones para gobernar es apostasía. Es imponer la voluntad de los hombres sobre la de Dios, un acto de rebeldía en vez de sumisión, que es lo que significa islam. En el espectro político religioso de los Hermanos Musulmanes, las elecciones se aceptan como vía para hacerse con el poder y desde él imponer la sharia –ley islámica– y pugnar por el califato –reunión de toda la Umma o comunidad de los creyentes bajo una única autoridad (califa = "sucesor"), que tendría como meta conquistar el mundo–. Largo me lo fiais, pero así lo piensan. En cuanto a ir imponiendo el derecho islámico, eso sí es objetivo próximo.

Morsi enseñó la patita cuando en noviembre se sacó del bolsillo una declaración, que llamó constitucional, en la que decía que, mientras no se aprobara la nueva Constitución, su voluntad era ley y estaba fuera del alcance de los jueces. La que se armó le hizo dar marcha atrás, pero aceleró por métodos nada tranquilizadores la conclusión de un texto constitucional con cláusulas islamistas aparentemente moderadas pero que le daban inmensas posibilidades a un poder de esa naturaleza.

Morsi era una manifiesta amenaza para la democracia, pero lo que volvió furibundamente en su contra a una gran parte de la población, imposible de cuantificar, pero sin duda muy superior a los 13 millones que lo votaron, fue su incompetencia como gobernante. El rápido deterioro económico en un país pobre y el de la seguridad pública en un país tradicionalmente tranquilo crearon los hechos de masas en los que los militares se han apoyado.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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