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El enano nuclear

Las armas nucleares chinas preocupan mucho más a los vecinos que las del abominable régimen norcoreano.

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El coro de protestas por la explosión nuclear norcoreana del martes 12 ha sido más extenso e intenso que nuca. La condena del Consejo de Seguridad de la ONU tardó medio día, lo que significa que los chinos no ejecutaron sus habituales tácticas dilatorias. Por el contrario, parecen dispuestos a apretar –pero sólo un poco– la tuerca de las sanciones. La respuesta verbal de sus autoridades a la primera prueba –esta es la tercera– de 1996 fue todavía más dura, pero ahora la sociedad y la política chinas han puesto el grito en el cielo, lo que significa que Pekín ha dado vía libre al uso de la muy controlada internet. En este momento estarán debatiendo cómo expresar su disgusto a tan respondones aliados sin causarles un perjuicio irreparable.

Por supuesto, comparado con lo que conseguían los viejos Estados nucleares, lo que los norcoreanos han logrado es muy primitivo y burdo. ¿Quiere esto decir que no es peligroso? Todo lo nuclear lo es. Sólo por razones exclusivamente científicas y tecnológicas, ya quisiéramos nosotros y otros muchos tener los conocimientos que posee ese depauperado país. La lógica de que, dado lo que son y dónde están, no representan un peligro es la misma por la cual se afirmaba que nunca llegarían adonde han llegado. La verdadera intención de algunos que esgrimen esa viciada lógica es denigrar las políticas que intentan contener y neutralizar el peligro: incluso llegan a concluir que si Estado Unidos, por ejemplo, tiene derecho a poseer ese armamento, por qué no el régimen del comunismo en una sola familia o, si vamos al caso, Al Qaeda, pasando por todas las dictaduras tercermundistas.

Las embrionarias armas nucleares coreanas, en un proceso de gestación que ya tiene medio siglo –el programa comenzó en 1960–, han dado un considerable pasito adelante con la explosión del martes, si se confirma que la potencia ha sido esta vez bastantes veces superior a la de las dos anteriores, y que se ha conseguido con un artefacto más pequeño. Los norcoreanos no tienen ninguna posibilidad de volar Nueva York, a no ser que introduzcan en la ciudad el artefacto nuclear clandestinamente, con técnicas terroristas, lo que no tiene nada de tranquilizante. Pero sí podrían causar un inmenso daño a Seúl, ciudad enorme a pocos kilómetros de la frontera entre las dos Coreas, y tienen sumamente inquietos a los japoneses.

Aparte de que Pyongyang está dispuesto a vender casi todo lo que tiene, y ese comercio lo convierte en el más peligroso proliferador directo del mundo, las consecuencias de una carrera de armamento serían aun más graves, pues con facilidad se extendería a otras partes del mundo, Oriente Medio en primer lugar, lo que pulverizaría uno de los pilares del orden mundial, el Tratado de No Proliferación.

Esta realidad no debe ocultar la responsabilidad china, muchísimo mayor. Sin duda sus armas nucleares preocupan mucho más a sus vecinos que las del abominable régimen norcoreano, que sigue ahí por culpa de Pekín, por mucho que le disguste.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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