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Escudo. Misiles y antimisiles

En el papel de las fragatas y de la fuerza aeroenaval, y quizá en armas nucleares en manos poco aconsejables de la zona, deberá empezar a pensar el nuevo gobierno español. Porque por él no lo harán ni la OTAN ni Obama.

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Como en tantas otras cosas, no fue hasta Ronald Reagan que los norteamericanos se decidieron por un sistema de defensa antimisiles global, en extensión y capacidades. Desde los sesenta, las diferentes tentativas –el Sentinel y el Safeguard– no habían terminado de cuajar. Fue la "Iniciativa de Defensa Estratégica" la que buscó una defensa global, que integrase en un sistema misiles, radares y satélites. Pese a las dificultades del proyecto, Reagan transmitió a los rusos una determinación clara, y los obligó a embarcarse en una carrera para estar a la altura de esta "Star Wars" que acabó rompiendo el espinazo economico-militar soviético.

Después, ante la amenaza de proliferación de bombas nucleares y de misiles entre países gamberros, y a la vista del progreso misilístico iraní, Bush recuperó el proyecto, adaptándolo a las circunstancias. Más allá de las instalaciones antimisiles en territorio estadounidense –desde Alaska a California–, el compromiso con la "nueva Europa" se plasmó en las instalaciones en Polonia y la República Checa, que ven con agrado la presencia permanente de soldados americanos en su territorio. Pero con las fronteras del mundo libre más cerca de Moscú, el oso ruso montó en cólera. Lo cual no tuvo efecto en Bush, pero sí en Obama.

Ante las quejas rusas por la instalación de sistemas de radar y de interceptación en un territorio antes situado en su lado del Telón de Acero, un Obama investido como Premio Nóbel de la Paz decidió cambiar los planes. En primer lugar, para no herir las susceptibilidades rusas, el escudo de Bush, que tenía como objetivos ICBMs de largo alcance, fue sustituido por un sistema destinado a misiles de corto y de medio alcance. Se ha justificado alegando que los iraníes serán incapaces de desarrollar misiles de más de 2.000 km, o de acelerar su programa de satélites al efecto. Que es justo lo que tratan de llevar a cabo.

En segundo lugar, el centro de gravedad del sistema, que originalmente estaría situado en Polonia y la República Checa, se ha repartido con su "otanización": Turquía, Rumania, España y Bulgaria entran con aportaciones a un escudo más disperso y "ligero". Se ha buscado diluir los problemas del enfado ruso dispersándolo, y embarcando los sistemas de detección y destrucción de blancos en buques de la Navy, derivados con cierta urgencia al Mediterráneo... y verlas venir. Lo cual tampoco ha calmado a los rusos, que en verano ponían el grito en el cielo cuando el USS Monterrey, dotado de AEGIS y ME-3, visitaba el mar Negro de mano ucraniana.

Y es que, en tercer lugar, las instalaciones terrestres han dado paso a un mayor protagonismo naval, del que depende el nuevo papel jugado por la base de Rota en el escudo. Siendo importante, el impacto económico en la región no es lo fundamental, que sigue siendo la defensa occidental y nacional. Para occidente, el escudo de Obama es una solución a corto plazo, hasta que los iraníes u otro país desarrollen las capacidades necesarias para burlar sus limitaciones técnicas. Y para España, el problema de la defensa, especialmente en relación con las fragatas F-100 dotadas del costoso sistema AEGIS, no está tanto en la integración en la estructura del escudo como en el valor que tendrá para lo que estratégicamente es una necesidad para nuestro país: el norte de África. En el papel de las fragatas y de la fuerza aeroenaval, y quizá en armas nucleares en manos poco aconsejables de la zona, deberá empezar a pensar el nuevo gobierno español. Porque por él no lo harán ni la OTAN ni Obama.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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