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Irán tira, Occidente también

En los últimos dos años ataques contra la infraestructura de investigación y desarrollo nuclear de Irán han contribuido a retrasar su programa. El destructivo virus Stuxnet hizo el trabajo. Ha permanecido en secreto, aunque hay escasas dudas.

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En los años inmediatamente anteriores al 11-S, a finales de los noventa, hubo grandes informes parlamentarios americanos sobre lo que parecían los dos más inminentes peligros para la seguridad nacional: un ataque terrorista con armas de destrucción masiva o un ataque, posiblemente también terrorista, de naturaleza informática, contra importantes objetivos económicos y militares. La posibilidad se materializó con aviones civiles secuestrados con cuchillas de cortar papel. En la medida en la que estaba siendo tenido en cuenta no fue realmente una sorpresa estratégica, pero sí, de modo absoluto, en el plano operacional y táctico.

Desde entonces la ciberguerra no ha dejado de prosperar. A mediados de la pasada década los rusos le dieron un susto a la pequeña y muy informatizada Estonia, que les estaba resultando respondona y luego en el 2008 completaron también con esos medios su amplia operación militar contra Georgia, en la que amputaron al país dos provincias.

En los últimos dos años ataques contra la infraestructura de investigación y desarrollo nuclear de Irán han contribuido a retrasar su programa. El destructivo virus Stuxnet hizo el trabajo. Ha permanecido en secreto, aunque hay escasas dudas. O Estados Unidos, o Israel o ambos conjuntamente, e incluso con la posible colaboración británica.

Ahora Irán se la ha vuelto a jugar a Occidente. Se daba por descontado que las operaciones clandestinas, que incluyeron algunos asesinatos muy selectivos de científicos clave en los programas persas, más las sanciones y embargos a los que están sometidas todas las relaciones de su sistema bancario con el exterior, así como sus exportaciones de petróleo que, gracias a un trabajo minucioso por parte de Washington y a la colaboración europea, estaban por primera vez en años siendo efectivas y observadas por otros países –para los que la perspectiva de que las tensiones desemboquen en un conflicto que corte el aprovisionamiento es un acicate a la hora de anticiparse y descontar ya el petróleo de procedencia iraní–, estaban ablandando un tanto la posición negociadora de Irán y que en las conversaciones de la semana pasada en Bagdad con el grupo llamado P-5+1 (los cinco del Consejo de Seguridad más Alemania) Teherán haría algunas concesiones, al menos tácticas, pues nadie puede pensar que vaya a renunciar fácilmente a lo que obsesivamente busca, cada vez más como la tabla de salvación del régimen. Los iraníes necesitan aliviar la presión y se suponía que su objetivo inmediato era impedir la entrada en vigor el próximo 1 de julio de una nueva y más intensa vuelta de tuerca al embargo que la cerca, dándole así a Obama la posibilidad, tan anhelada por su parte, de mostrar a su electorado que el espectro de un ataque se difumina.

Irán ha mantenido el pulso y ha aceptado el desafío. Ha puesto la pelota en el patio de Washington. La sorpresa en la respuesta ha venido con más de lo mismo. Un nuevo ataque informático de envergadura mucho mayor. El objetivo de FLAME no es destruir sino espiar. Todos tiran, nadie afloja.

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