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La noche más oscura del Islam

Hoy la noche más oscura no es la caza de Ben Laden, sino el estado de confusión ante la deriva de las primaveras árabes.

GEES
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El académico Bernard Lewis, inventor del choque de civilizaciones popularizado por Huntington, dijo que la relación del Islam con la modernidad empezó con la invasión de Napoleón en 1798.

Desde aquel afán dominador de Bonaparte se han desarrollado dos corrientes entre los islámicos. La primera justificaba su decadencia en la inadaptación a los principios de racionalidad, respeto al Estado de Derecho y ciencia en formación de Occidente. Había, pues, que hacer un aggiornamento del Islam a la luz de esos valores, aunque no fueran autóctonos. La segunda creía que el problema era la ausencia de radicalidad en el seguimiento del Corán. El progresivo alejamiento de su literalidad explicaba el incipiente retraso y prometía un futuro catastrófico. De las tres religiones del Libro, el islam es la única basada en el éxito mundano de su fundador. Moisés murió antes de ver la Tierra Prometida y Jesús en una cruz. En contraste, Mahoma fue, más que un profeta, un combatiente convertido en jefe militar que propugnó una expansión comenzada en el siglo VII y desarrollada casi sin oposición durante siglos. Incluso tras la Reconquista puede sostenerse que la pérdida de Al Ándalus fue compensada en el Islam por el avance otomano. Sólo la última batalla de Viena, 1683, marca su fin expansivo.

Hoy la noche más oscura no es la caza de Ben Laden que dio título a la película de Bigelow, sino el estado de confusión ante la deriva de las primaveras árabes. La discrepancia interpretativa original subsiste, pero se le suma la animadversión entre los infinitamente mayoritarios suníes y los chiíes, las distinciones entre turcos, persas y árabes, el vigor de organizaciones terroristas como Hezbolá (chií), Al Qaeda (suní) aderezada con la ideología subyacente de la Hermandad Musulmana (Al Zawahiri, líder de Al Qaeda, es de la Hermandad) y la ecléctica Hamás, a la vez brazo armado de la Hermandad en Gaza y extensión de los mulás chiíes iraníes. Esas bandas deseaban primero una revolución islámica similar a la iraní en la península arábiga que derrocara a los Gobiernos colaboracionistas con los infieles. Se produjo imperfectamente en Túnez, Libia y Egipto. Egipto vuelve hoy por donde solía y encarga a los militares – quienes acaso limitan su occidentalización al elemento prevalente en los regímenes baazistas de Sadam en Irak y Asad en Siria: el totalitarismo que les sirvió de ejemplo– moderar los excesos islamistas.

Obama decretó en 2009 un nuevo inicio de las relaciones con el Islam. El resultado de su liderazgo desde atrás –renuncia a propiciar a los islámicos el acceso a la libertad– se salda con guerra atroz en Siria –que se extiende al Líbano y Jordania–, la expansión del programa nuclear iraní y, en definitiva, la derrota de los musulmanes que pensaban combatir su frustración histórica mediante un acercamiento a Occidente. Prefigura así, aunque el enfrentamiento se localice hoy casi exclusivamente en Dar al Islam, la espeluznante profecía de Huntington: el más descarnado choque de civilizaciones que imaginarse pueda.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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