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Paz en nuestro tiempo

Esta 'paz' es un incentivo para los tiranos y terroristas del mundo.

GEES
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La insistencia en ciertos cuarteles por la "paz" en Siria –palabra con la que se describe el statu quo causante de 100.000 muertos en dos años– pasa de lo insólito para entrar en lo patético. La política de Obama, salida de un guión de los hermanos Marx, no acaba de ser graciosa. Entre los pacifistas y la confusa diplomacia obamita, siembran una peligrosa planta, en nada parecida a la verdadera paz.

Kerry dice algo más de lo imprescindible en una rueda de prensa, lo que aprovecha el ministro ruso para proponer que si Siria entrega sus armas químicas (que no reconocía tener y que Rusia negaba hubiese usado) no habrá represalia. Seguidamente, Siria accede a identificar la localización de las armas, sobre lo que algún dato deben de tener los buques americanos que navegan por el Mediterráneo. A esto decidimos llamarle "plan de paz".

Putin salva así una sola vida, no a los niños gaseados por Asad, sino la vida política de Obama, obligado a ir al Congreso a pedir una intervención cada vez más moderada, a medida que calculaba la oposición de encuestados y Congreso. Cuando iba a dirigirse a la nación defendiendo una acción "increíblemente pequeña" (Kerry), demora ahora su propuesta al Congreso. Sólo falta Groucho Marx preguntando a Margaret Dumont: "¿Es usted rica? ¿Quiere usted casarse conmigo? Responda a la primera pregunta".

Según el comentarista Conrad Black,

nunca desde la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, y, antes de eso, de la caída de Francia, en 1940, se había producido una erosión de influencia mundial tan rápida de un Gran Poder como la que estamos presenciando de Estados Unidos.

Tal erosión, denominada por una heterogénea coalición de tontos útiles e inútiles, bienintencionados y malintencionados, "la paz", es un incentivo para los tiranos y terroristas del mundo.

La situación es comparable al apaciguamiento de Múnich en 1938, en la medida en que el régimen del partido Baaz de Asad es similar al nazi de Hitler. Asad es un peón de Irán en el Mediterráneo, cuyo presidente, el moderadísimo Ruhaní, rechazó renunciar a su sacrosanto derecho a la energía nuclear. Pero el mensaje de no hacer nada por anexionarse los Sudetes, en nuestra analogía, de no hacer nada por apilar 100.000 muertos poniendo como guinda 1.500 cadáveres por armas químicas, se entenderá perfectamente desde Pyongyang, que ayudó a Siria a construir un reactor nuclear –volado por Israel en 2007–, a Teherán, pasando por Moscú.

Kissinger, ejecutor de la contención que permitió a los Estados Unidos vadear la Guerra Fría, ha dicho sobre Siria que, aunque nunca favoreció una intervención, ahora que Obama había amenazado a Asad, era mala idea incumplir esa palabra.

Los Chamberlains y Daladiers de hoy regresarán a sus capitales exclamando "paz en nuestro tiempo", mientras los reciben multitudes enfervorecidas, pero sólo a cambio de pagar un precio más alto en sangre, sudor y lágrimas.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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