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¿Quién es el enemigo?

Pakistaníes, talibanes –cada vez más divididos–, Haqqanis, insurgentes, y una creciente polarización en el país, borran cualquier esperanza de estabilidad en Afganistán. Nadie sabe ya quién es el enemigo a batir.

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Si los servicios de inteligencia pakistaníes están ayudando a los terroristas que atentan contra intereses norteamericanos en Afganistán, ¿por qué la administración Obama no hace nada al respecto? La pregunta planea sobre Washington, sobre todo después del ataque contra la embajada norteamericana en Kabul a principios de mes. Una operación que recuerda a la que tuvo lugar en 2008 contra la embajada de la India, también en la capital afgana, y cuya autoría se adjudicó a la temida inteligencia pakistaní del ISI. Esta vez se apunta a la denominada red Haqqani como autora del atentado, todo un clan criminal –firme aliado de los talibanes que cada vez más trabaja de forma independiente– y actualmente principal motor de la violencia en el este de Afganistán. Dicha red –que se estima cuenta entre 10.000 y 15.000 militantes– contó para la sangrienta acción con el apoyo de los servicios del ISI. Al parecer los norteamericanos lograron interceptar varias comunicaciones entre los atacantes y los espías pakistaníes.

Pakistán rechaza las acusaciones y advierte a Washington que se arriesga a perder a un fuerte aliado en la guerra contra el terrorismo. Mientras, los mandos militares norteamericanos expresan su enfado y frustración ante la administración Obama por no considerar una prioridad la lucha contra la red Haqqani y por no incluirla en la lista de organizaciones terroristas. Según afirmó hace unos días ante el Senado el jefe saliente del Estado Mayor Conjunto norteamericano, Mike Mullen, el clan Haqqani es un auténtico brazo armado de la agencia pakistaní de inteligencia. Mullen se atrevió además a acusar al ISI de contribuir de forma directa en varios ataques contra Estados Unidos en los últimos dos años.

Las palabras de Mullen han enturbiado un poco más las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán, ya bastante deterioradas desde el operativo de un comando norteamericano que abatió a Osama bin Laden en territorio paquistaní, sin el supuesto conocimiento de Islamabad. Desde Washington se apunta cada vez más a Pakistán como el verdadero enemigo a batir si se quiere lograr cierta estabilidad en Afganistán. Aunque parece que ya es demasiado tarde, pues el país podría derivar en una guerra civil, sobre todo de cara a la salida de las tropas extranjeras. El asesinato de Burhanuddin Rabbani, a pesar de la advertencia del propio Mullen sobre la necesidad de "proteger a los líderes", afianza dicha teoría.

Rabbani, expresidente afgano y señor de la guerra, era el jefe del Alto Consejo de Paz del Gobierno. Su asesinato deja claro que la estrategia de reconciliación es inviable en Afganistán, aunque no tanto por el papel político de Rabbani sino porque era un representante de la comunidad tayika de la Alianza del Norte.

Pakistaníes, talibanes –cada vez más divididos–, Haqqanis, insurgentes, y una creciente polarización en el país, borran cualquier esperanza de estabilidad en Afganistán. Nadie sabe ya quién es el enemigo a batir.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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