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Guillermo Dupuy

En defensa de la "codicia"

Sin el respaldo estatal y esta política de dinero artificialmente barato, los agentes económicos jamás se habrían lanzado a esta irresponsable orgía crediticia que está en el origen de la crisis. Y no lo habrían hecho, en parte, gracias a su afán de lucro

Guillermo Dupuy
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Con escasas y lamentables excepciones, todos los defensores de la libertad han señalado que la coacción sólo puede reducirse a un mínimo cuando se espera que los individuos, en general, se ajusten voluntariamente a ciertos principios morales. Por citar a sólo dos de ellos, Burke señalaba que "la idoneidad de los humanos para la libertad civil está en relación directa con la disposición a atar con cadenas morales sus apetitos; con la disposición a poner su amor a la justicia por encima de su rapacidad". Tocqueville, por su parte, aseveraba que "jamás existió una comunidad libre sin moral".

Es por ello que, a pesar de su provocativo titulo, el objetivo de este artículo no es tanto salir en defensa de nada excesivo –y la codicia, por definición, lo es–, sino salir al paso de ciertos lugares comunes o simples boutades que culpan, sin más, a un "desmedido" afán de lucro, indefectiblemente asociado con el libre mercado, de la enorme crisis financiera que estamos padeciendo.

Tal es, en mi opinión, el caso del diario El Mundo que, en un reciente editorial que califica a la codicia como "enemigo del año 2008", considera que "la especulación, el endeudamiento por encima de lo razonable, la búsqueda de dinero fácil y la falta de escrúpulos, alentado por la laxitud de las normas, son factores que explican el problema, pero sólo en parte. De hecho, si eso fuera todo, habría que darles la razón a quienes han reclamado un mayor peso del Estado en la economía y han acusado al capitalismo de haber inoculado el virus del cataclismo".

Aunque con esta última frase El Mundo trate aparentemente de distanciarse de quienes reclaman un mayor peso del Estado en la economía, lo cierto es que su editorial no termina de explicarnos, sin embargo, por qué los supuestos "excesos", anteriormente enumerados, sólo explican "en parte" el problema, ni tampoco por qué habría que darles la razón a los partidarios de un mayor intervencionismo público en el caso de que, por sí solos, sí explicasen la crisis en su totalidad. De hecho, aunque El Mundo reconoce que al capitalismo le debe Occidente "los mejores años de desarrollo y prosperidad", termina por acusar al mercado de "haber facilitado a la avaricia los cauces para prosperar".

Si bien El Mundo también reconoce que la codicia "bien encauzada puede ser un estímulo para la economía" –otro tanto podría haber reconocido también de su demonizada especulación–, su editorial ni reconoce ni culpa al intervencionismo público por haber protegido y alentado en su seno esos vicios morales. Sin embargo, ¿desde cuando "la especulación, el endeudamiento por encima de lo razonable, la búsqueda de dinero fácil y la falta de escrúpulos" no se pueden buscar y encontrar en la intervención del Estado en la economía?

Recordemos que la burbuja y la crisis financiera nace de un entorno en el que el dinero tenía y tiene un precio intervenido, y que son los Estados y las autoridades monetarias los que, en pro de una política supuestamente altruista de dinero barato, promueven un expansionismo monetario y crediticio, completamente ajeno al volumen de ahorro de la sociedad.

Por ceñirnos, concretamente, al caso de las crisis de las subprime, recordemos que Freddie Mac y la Fannie Mae son corporaciones federales –government sponsored enterprises, autorizadas y promovidas para facilitar prestamos a deudores de alto riesgo. Sin este respaldo estatal y esta política de dinero artificialmente barato, los agentes económicos jamás se habrían lanzado a esta irresponsable orgía crediticia que está en el origen de la crisis. Y no lo habrían hecho, en parte, gracias a su afán de lucro, que les habría hecho ser más prudentes y no cometer esos excesos que, a la larga, ponían en riesgo a sus negocios.

Sin embargo, la crisis no se origina en un marco de mercado libre, sino en un mercado intervenido por el Estado, que fija el precio del dinero y que envilece la actividad bancaria con privilegios que nada tienen que ver con los principios generales del derecho en los que descansa todo mercado realmente libre.

El afán de lucro por si sólo no explica nada, fundamentalmente, porque lo explica todo. Puede estar detrás de actividades sumamente beneficiosas para el conjunto de la sociedad, como estar detrás de sus más dañosas disfunciones. Tampoco explicamos nada adjetivándolo como "excesivo" o "moderado": el afán por convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo –que como afán de lucro no está nada mal– puede revertir en un beneficio para toda la sociedad. Sin embargo, una afán tan modesto como poder llevarse algo mejor a la boca puede ser socialmente perjudicial si se busca a través de la coacción, el hurto o el engaño.

No nos quedemos, pues, en la mera denuncia del vicio moral, sino denunciemos también cual ha sido el cauce –en este caso institiucional– por el que ha circulado. Puestos a adjetivar moralmente al culpable de la crisis, denunciemos al codicioso intervencionismo.

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