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ESTÁN DONDE ESTABAN

Bono el bocazas y la cabeza de Azaña

El lunes, en el Congreso, José Bono, el hombre que susurraba a los caballos, la jota de oroj, por sus santos cogones colocó un busto de Azaña enfrente del de Isabel II, que mandó construir el palacio de la Carrera de San Jerónimo.

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Según informó el martes Agustín Yanel en El Mundo, el PP y los técnicos pusieron sus pegas al emplazamiento del Resentido Atormentado: y es que puede que las vigas del forjado del vestíbulo principal no resistan semejante carga. "Pero se comprobó que la estatua de la reina pesa más y, entonces, Bono decidió que fuera instalado en esa sala". Buenos son Bono y sus bemoles:

"Si las vigas aguantan a Isabel II, tienen que aguantar también a Azaña", comentó con sorna;

bueno es Bono avisando:

(...) Bono advirtió ayer al partido de Mariano Rajoy, aunque sin citarlo, de que trasladar a otro lugar el busto del presidente republicano sería "deshonrar la memoria de la libertad";

¡bueno es Bono cuando se nos pone estadista y estupendo!

El presidente del Congreso dijo que Azaña se merece estar en un lugar "digno" del edificio, igual que Isabel II. "Azaña creo que está en su sitio, que es el mejor sitio". (...) "En esta casa caben la Monarquía y la República", subrayó, "y el sitio que sobra [sic] lo ocupa[n] el pueblo español y su bienestar, que valen más que la Monarquía y la República juntas". Por eso, añadió Bono, "no tendría sentido exiliar otra vez a Azaña, por los motivos que se quisiesen inventar".

Por su parte, Gaspar Llamazares, en cuya Izquierda Hundida pero reflotada por el socialismo realmente existente (Zapatero, Rubalcaba, Pajín, BONO) se encuentra empotrada la Izquierda Republicana de Azaña, donante del busto de marras; Llamazares, digo, sentenció que ya era hora de que aquel "gran presidente, intelectual y diputado" ocupase un lugar "digno" (se copian) en la Cámara Baja:

"Es el mejor regalo de cumpleaños que he tenido nunca", dijo, porque ayer cumplía años.

Pero que tampoco farde tanto: a Carrillo, el Héroe de Paracuellos, cuando cumplió 90 castañas le sirvieron en bandeja la cabeza –y el caballo– del Malo.

***

La izquierda comecuras y la que comulga con rosquillas, santificando a Don Manuel, del hebreo עִמָּנוּאֵל, "el Dios que está con nosotros". Y Moa titulando así, hace sólo cinco años, su prólogo a La república de Azaña de Juan Carlos Girauta: "De la beatificación a la racionalización".

Moa tiene muy calado al personaje, ese hipócrita que cuando no tramaba golpes de estado reprimía con saña a quienes no le bailaban el agua y cebaba el odio que acabó convirtiendo España en un matadero de espanto. Bramaba que él no era moderado, que había llegado con la piqueta para, de la mano de los "gruesos batallones populares", emprender una "vasta empresa de demoliciones" que dejara España hecha un solar, sin cristos ni Historia(s), sobre el que erigiría un Estado Nuevo –que diría el otro en portugués–, jacobino, racionalísimo, impecable, sin una arruga ni una mancha, sin vagos ni maleantes (fue suya la ley de tanta fama, no de Franco, ¿estamos?; y la de Defensa liberticida de la República, ¿estamos?). Luego pasó lo que pasó, toda la sangre, tanta derramada por los "gruesos batallones populares", la guerra, Vasta Empresa de Demoliciones, los crímenes sin cuento, el horror. "Si agitan el fantasma del caos social, me río", ya no decía. "Paz, piedad, perdón", ya no reía; tan tarde (18-VII-1938) y desde Barcelona, ciudad que aconsejaba bombardear regularmente por el bien de España. Desde Sevilla, un año antes (12-VIII-1937), un irreconocible Julio Camba lo maldecía y retrataba:

De ser ciertos los rumores en circulación, Azaña quiere pegarse un tiro y, con todo el respeto que me ha inspirado siempre la vida ajena, diré que la idea no me parece completamente mala. (...)

Hay pajarracos siniestros que viven siempre en la obscuridad y que, según la creencia popular, auguran males sin cuento cuando salen por azar a la luz del sol. Azaña es uno de estos pajarracos de mal agüero y yo no sé qué potencia demoníaca lo arrancó un día de su covachuela del Ministerio de Gracia y Justicia, negociado de últimas voluntades, para ponerlo en el primer plano de nuestra vida pública, pero desde entonces no ha habido en España sosiego, cordialidad ni alegría. (...) Azaña fue la discordia, el rencor, la división en bandos irreconciliables, la envidia y el secretismo. Fue como una sombra funesta que, agrandada fuera de toda lógica proporción por el coro de sus partidarios, se proyectó sobre el suelo nacional, donde ya no volvió a crecer semilla buena.

[...]

Indudablemente, Azaña nació bajo un signo fatídico y, si muriese de una manera normal, nuestra decepción no estaría determinada tan sólo por un deseo de justicia, sino también, y en grandísima parte, por un sentimiento instintivo de ponderación y armonía. Un monstruo no puede morir de manera normal, así como la luna no puede caerse en un pozo. Si un monstruo muere al modo de las personas normales, es que el orden universal se ha desquiciado y que han sido quebrantadas las leyes eternas que rigen el equilibrio de los mundos. (...)

(J. Camba, "El Alcubilla y Las mil y una noches", ABC de Sevilla, 12-VIII-1937; el original, aquí y aquí).

Azaña no murió en la norma, como se temía ese Camba, tampoco ceñido por la camisa de fuerza, como pedía éste en ese artículo escalofriante, sino deshecho, ansioso, delirado, en su miserable exilio inseguro (trataron de secuestrarlo dos veces) de Montauban, a cien kilómetros de la raya. La noche del 3 de noviembre de 1940. Habiendo recibido la extremaunción, "delante de sus médicos españoles y antiguos colaboradores, delante de la señora Azaña", de manos de monseñor Théas. Y siendo objeto de discordia hasta en esa última hora. "El 5 de noviembre, contra la voluntad del presidente y su viuda, se ejercieron influencias para dirigir el cortejo fúnebre al cementerio e impedir la ceremonia religiosa que se había preparado en la catedral", denunciará Théas. "Que el hecho de que los mexicanos [del Partido de la Revolución Mexicana –de la Revolución Institucional, vulgo PRI, desde 1946–, cuya dictadura perfecta quería importar Azaña] pagaran el hotel [donde el alcalaíno pasó sus últimos días], el entierro y todos los gastos influyó en que el cortejo no pasara por la catedral, donde había previsto sólo un responso-misa, muy rápido, y el que tuviera lugar un entierro civil en vez de religioso, a mi juicio, no sólo resulta verosímil sino bastante probable", tanteará Losantos. "El Gobierno francés no dejó que durante el entierro, al que acudieron muchos refugiados de la zona, apareciera la bandera republicana, al fin y al cabo española, probablemente la del batallón presidencial que Azaña decía contemplar como objeto de meditación ascética, porque, pensaba, le serviría de mortaja. Le sirvió de cobijo una bandera mexicana y de sudario una sábana de lino, obsequio de una familia judía", relatará Marco en su extraordinaria biografía del personaje, que también retrata al nieto del capitán Lozano y a todos los de su cuerda que, miserables, ahora hacen como si no lo conocieran:

Azaña, siguiendo el reflejo clásico de la izquierda progresista española, no reconocía a la derecha legitimidad ninguna para gobernar en democracia. Más aún, la República, según Azaña, sólo podía ser gobernada por los republicanos. Resultaba inconcebible que la derecha llegara al poder. Conocemos el resultado de este designio al que se sometieron las instituciones, por llamarlas de alguna manera, de la Segunda República.

(...)

Un proyecto parecido se ha puesto en marcha desde 2004, con la legislatura socialista. El presidente del Gobierno español vuelve a querer hacer borrón y cuenta nueva de la historia de España. Como Azaña, aunque sin su talento literario, alucina la fundación de una España inédita y se permite soñar, en democracia, con el arrinconamiento definitivo de sus adversarios políticos, a los que, según él, la democracia española nada debe.

***

Bono el bocazas, el cuate asturiano de Mefistofidel y la entera patulea de la Memo-ria Histérica. Joder qué tropa y cuánta rabia. Están donde estaban. Hace cinco años, Juan Carlos Girauta:

Los fines son los que parecen: convertir una historia disfrazada y parcial, una historia de buenos y malos, de demócratas y fascistas, en objeto arrojadizo contra la media España liberal-conservadora del siglo XXI, colocando etiquetas paralizantes a unos y reforzando los complejos de otros, dejando de hecho a cuantos no se adscriban a la izquierda o al nacionalismo fuera del sistema, con la legitimidad en duda, la cabeza gacha y pidiendo perdón. Y al perseguir tales fines se condenan –nos condenan– a transitar de nuevo el viejo y fatal error republicano, la parte de la historia que no cabe en su verdad.

 

MARIO NOYA, jefe de Suplementos de LIBERTAD DIGITAL.

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