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GRANDES BATALLAS

Covadonga, donde todo empezó

En algún momento del verano del año 711, un noble godo llamado Pelayo galopaba presuroso hacia el norte huyendo del desastre de Guadalete y de la incontenible invasión musulmana. Buscó refugio en Toledo, pero los moros no tardaron en llegar hasta la Corte visigoda, que ocuparon sin resistencia. Esto provocó un nuevo éxodo.

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Pelayo y otros muchos aristócratas de la España perdida buscaron refugio al otro lado de la Cordillera Cantábrica, un lugar remoto, pobre e inaccesible al que difícilmente les seguirían.

Pero les siguieron. Los ejércitos de Muza y Tarik dejaron atrás las montañas y colocaron un valí (gobernador) en la tierra de los astures. Aquel valí, que se llamaba Munuza, gobernaba de un modo un tanto precario, tanto por lo menesteroso de sus dominios como por la gran cantidad de godos exiliados con que le había tocado lidiar. Entonces sucedió que el moro Munuza se encaprichó de la hermana de Pelayo y la forzó a casarse con él, después de haber entregado el godo al emir de Córdoba como trofeo de guerra.

Hasta ahí podía llegar su paciencia. No sólo había perdido una batalla, a la que le siguió una humillante e inútil huida por toda la península, sino que ahora tenía que ver cómo un infiel le desgraciaba para siempre a la hermana. Se liberó de su cautiverio cordobés y viajó de nuevo al norte, buscando vengar la ofensa propia y la de su derrotado pueblo.

Llegó en el momento exacto, justo cuando un grupo de nobles se reunía en Cangas de Onís para declararse en vacaciones fiscales, es decir, para no pagar impuestos, que es lo más sano y heroico del mundo, tanto que a veces marca el nacimiento de grandes naciones; como España en esa ocasión venturosa o los Estados Unidos de América mil años después, cuando le dijeron nones al rey de Inglaterra, que les saqueaba sin piedad.

El plan de Pelayo iba algo más allá de la cuestión puramente fiscal. Como llevaba más de diez años padeciendo a los moros en carne propia, había llegado a la conclusión de que lo único digno era echarles cuanto antes del solar patrio, que habían ocupado en mala hora y por culpa de una imperdonable traición. Iba a costar voluntad y tiempo, las fuerzas eran desiguales y los hispanogodos no mostraban propensión a rebelarse, pero alguien tenía que hacerlo y por algún sitio había que empezar. Ese alguien era él y el lugar, Covandonga, un paraje cercano a Cangas de Onís donde esperarían a los soldados de Munuza, que no tardarían en aparecer en cuanto el valí advirtiese la rebelión.

Como con las cosas de comer los políticos nunca han jugado, Munuza envió inmediatamente sus tropas a que apresasen a Pelayo y sus socios. Pero no había manera. Los hombres del valí se daban una y otra vez contra el murallón serrano y contra las lanzas godas, que habían aprendido un tipo de guerra que a sus antepasados celtíberos se les daba muy bien: la de guerrillas, invento 100% hispano que no termina de pasar de moda.

Durante cuatro años, Pelayo y los suyos resistieron al amparo de las montañas. Tenían provisiones, agua, bellos prados donde apacentar el ganado y un enemigo de muy poca monta, que nada podía hacer contra ellos.

Munuza se terminó hartando de aquel molesto motín de perdedores y mandó recado a Córdoba para que le enviase un ejército competente. El emir respondió presto. Apagar el levantamiento asturiano sería como un bálsamo, ya que el avance musulmán se había detenido repentinamente en la Galia y eso podía animar a los hispanos a rebelarse. La victoria segura en Asturias pronto recorrería toda España, disuadiendo a los godos que quedaban de desafiar a sus nuevos amos.

No sabemos cuántos hombres envió el emir, porque, claro, aquí cada cronista barre para casa y dice lo que le viene en gana. Los cristianos, como ganaron, se sacaron, no se sabe bien de dónde, que los 300 de Pelayo se las tuvieron que ver con 187.000 sarracenos (ni uno más ni uno menos, que ya es hilar fino). Esa cifra es más que dudosa, es simplemente imposible. En el año de autos, el 722, no había tantos moros en España, y no los habría hasta muchos años después. A cambio, los cristianos, que eran pocos pero aguerridos, contaron con la intercesión divina en forma de cruz griega, que en el momento justo arrojó desde el cielo una inesperada lluvia de piedras sobre la morisma.

El cronista andalusí, un tal Al Makari, no iba menos sobrado, motejó a los rebeldes como "asnos salvajes" y precisó de paso que eran treinta. La derrota la ventiló deprisa dejando por escrito que aquellos infelices no podían hacerles ningún daño y que por eso las tropas del emir se retiraron.

Como para esta batalla las llamadas fuentes primarias sirven de bien poco, los historiadores se la han tenido que imaginar aplicando sentido común y conocimiento de la época. El ejército moro tendría entre 10.000 y 20.000 efectivos y estaba al mando de Al Qama, que cometió el error de adentrarse en Covadonga, trampa mortal repleta de cerros, peñascos, desfiladeros, bosques y riachuelos que los godos insurrectos conocían como las palmas de sus manos y donde era imposible que un ejército se desplegase en condiciones.

A partir de ahí ya podemos imaginar el desenlace. Los cristianos atacaron desde todos los rincones del valle; a los moros, traídos probablemente de los pedregales africanos, un lugar como Covadonga debía de antojárseles algo así como la cara oculta de la Luna. Pelayo contaba con dos ventajas estratégicas fundamentales: atacaba desde arriba y conocía el terreno. Además, sus hombres eran escasos pero se movían muy bien. Podían asestar un golpe junto al río, retirarse y en poco tiempo atacar al pie de un cerro a una guarnición desprevenida.

Después de varios días de refriegas, Al Qama ordenó retirada; y no sólo de Covadonga, sino de toda la región, que por remota e indómita no iba a dar más que quebraderos de cabeza a los ocupantes.

Pelayo cantó victoria y fue coronado por sus conmilitones rey de Asturias, que en aquel momento era lo mismo que decirse rey de España. Estableció su Corte en Cangas de Onís y vivió lo suficiente, quince años más, para organizar el reino y dejarlo todo atado y bien atado.

A su hijo, Favila, lo mató un oso cuando llevaba dos años de reinado, por lo que la reconquista propiamente dicha la tuvo que emprender su yerno, el primero de los Alfonsos, que saltó la cordillera, se apoderó de León, se anexionó Galicia y llegó hasta lo que hoy es el norte de Portugal. En menos de cincuenta años, los "asnos salvajes" eran ya los dueños de toda la costa cantábrica y el cuadrante noroccidental de la península. Un siglo más tarde la línea estaba ya en el Duero, y en el año 1100 había sobrepasado el Tajo envolviendo Toledo, la antigua capital goda.

Y todo había empezado en una batallita insignificante como la de Covadonga, españolada de manual en la que unos irreductibles celtíberos, perdón, españoles (defraudadores fiscales reincidentes, para más inri) decidieron no rendirse bajo ningún concepto. Y se salieron con la suya.

 

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