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CIENCIA

España venció a la viruela

En mayo de 1980 la Organización Mundial de la Salud declaró erradicada la viruela, una enfermedad contagiosa que mató a cientos de millones de personas. El primer paso en esta aventura feliz se dio en 1796, con el descubrimiento de la vacuna. El segundo fue la Real Expedición Filantrópica promovida por el rey Carlos IV, una proeza científica y un acto de amor que difundió el remedio por América y Asia.

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La viruela ha sido una enfermedad infecciosa con una gran mortandad y que ha afectado a reyes como a mendigos. El número de muertos por su causa es incalculable. Se le atribuyen unos cinco millones de fallecimientos al año sólo en el siglo XX. Los supervivientes podían padecer desfiguraciones y ceguera. La conquista de América la convirtió en una enfermedad de ámbito mundial.

En 1796 el médico rural inglés Edward Jenner descubrió la vacuna como medio de protección ante las enfermedades, y en concreto ante la viruela. La alta sociedad inglesa, en esos momentos la más exquisita y desarrollada de Europa, recibió el descubrimiento con desprecio y hasta con burlas. La Royal Society rechazó el informe en el que Jenner explicaba su hallazgo y la Asociación Médica se opuso a la vacunación como método seguro.

Sin embargo, la realidad se impuso. En España empezó a aplicarse enseguida. En 1797 se produjo una epidemia de viruela en México y se aplicó el método de la inoculación, recomendado por el propio arzobispo, monseñor Alonso Núñez de Haro; por el contrario, en Inglaterra parte del clero anglicano había desaconsejado la vacunación desde sus púlpitos, siguiendo el ejemplo de muchos académicos.

La familia real española se vacuna

La viruela había penetrado en la familia real española: fue la responsable de la muerte del rey Luis I (1724) e infectó a la infanta María Luisa (1798), hija de Carlos IV. A raíz de este último caso, toda la familia real se vacunó, lo que fue una suerte, porque así el monarca experimentó en persona las maravillas del descubrimiento.

En 1802 la ciudad de Santa Fe de Bogotá, capital del virreinato de Nueva Granada y, por cierto, sede del primer observatorio astronómico de América, sufrió un brote de viruela que condujo a las autoridades a pedir ayuda a Madrid. Carlos IV consultó al Consejo de Indias si era viable enviar vacunas a las Indias. Joseph Felipe Flores (natural de Ciudad Real de Chiapas), médico de cámara del Rey y antiguo catedrático de la Universidad de Guatemala, respondió a la consulta real; en una carta fechada el 28 de febrero de 1803 describió los estragos que causaba la viruela en América y recomendó la inoculación.

Antes de que concluyese el año, en una reacción veloz para el tópico de la lentitud y pereza administrativa españolas, se organizó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Don Francisco Javier Balmis (nacido en Alicante en 1753), que se había desempeñado en La Habana y México y en esos momentos era médico de cámara del monarca, estaba al tanto de los avances de Jenner y se ofreció a llevar la vacuna. El 6 de junio de 1803 una real orden nombró a Balmis director, encargado, además, de comprar todos los elementos necesarios con fondos de la Hacienda Real.

La salvación, en las venas de los niños

Aparte de trasladar a América docenas de placas vidrio selladas que contenían la vacuna y manuales de vacunación, el plan de Balmis incluía el transporte de la vacuna viva. En 1803 no existían neveras ni se podía hacer la liofilización. Se pensó en embarcar vacas vivas infectadas, pero Balmis propuso otra idea: transportarla en cuerpos humanos.

Los niños de corta edad resultaban idóneos, ya que la vacuna prendía en ellos con más facilidad. Con una lanceta impregnada del fluido, se les realizaba una incisión superficial en el hombro, y unos diez días después surgían los granos vacuníferos, que segregaban el fluido antes de secarse. Era el momento de traspasar la vacuna a otro niño. En el viaje, Balmis vacunaba dos niños cada vez para asegurarse de que la cadena humana no se rompiera.

Los incubadores humanos fueron una veintena de huérfanos gallegos. Como subdirector de la expedición se nombró al médico catalán José Salvany Lleopart. El resto del personal técnico lo formaron los galenos Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo, los practicantes Francisco Pastor Balmis y Rafael Lozano Pérez y los enfermeros Basilio Bolaños, Pedro Ortiga y Antonio Pastor. El barco contratado para la expedición fue la corbeta María Pita, de unas doscientas toneladas, capitaneada por Pedro del Barco, teniente de fragata de la Real Armada. La única mujer de la expedición fue la viuda Isabel Sendales, rectora de la casa de expósitos de La Coruña, que desempeñó el papel de madre para los niños reclutados.

El 30 de noviembre de 1803 zarpó la corbeta del puerto de La Coruña, y así comenzó un viaje épico.

El mundo entre dos

La primera escala fue Santa Cruz de Tenerife, adonde la corbeta arribó el 10 de diciembre. Los expedicionarios permanecieron un mes en la ciudad, para vacunar a la población y establecer un puesto desde el cual difundir la vacuna al resto de las Canarias. El 6 de enero la María Pita zarpó rumbo a Puerto Rico, adonde llegó el 10 de febrero. Un mes más tarde los expedicionarios desembarcaron en Venezuela. En Caracas instauraron la primera Junta de Vacuna del continente, que sirvió de modelo para las siguientes. Luego se dividieron en dos grupos: uno, encabezado por Balmis y Seldanis, se dirigió a la Nueva España, y el otro, mandado por Saldany, se quedó con América del Sur.

Balmis recorrió Cuba, la capitanía general de Guatemala y Veracruz; pasó por Mexico y desde Acapulco zarpó a las Filipinas, archipiélago bajo la dependencia del virrey de la Nueva España y en el que recaló en abril de 1805. De allí partió a la portuguesa Macao, donde pasó grandes peligros: tormentas, piratas, envidias... El médico español arriesgó su vida y su salud para llevar la vacuna al inmenso y desconocido imperio chino, con el que España apenas tenía intereses.

En cada etapa, los expedicionarios tenían que dejar a los niños ya inmunizados y sustituirlos por otros. Casi nada más se sabe de los pequeños gallegos que zarparon de España, ni de Isabel Sendales, que quedó en Filipinas. Los niños fueron recibidos con alborozo en las Indias, debido a que traían el tesoro de la vacuna en sus cuerpos. Balmis, Salvany y Sendales procuraron dejarles en buenas casas o amparados por la Iglesia y las autoridades.

Desde China, Balmis regresó a Europa a bordo del navío portugués Bon Jesús de Alem con destino Lisboa. En una escala en junio de 1806 en la isla inglesa de Santa Elena, en el Atlántico, Balmis, que todavía conservaba una reserva de vacuna, logró convencer al gobernador de su conveniencia, empresa que le facilitó el hecho de que éste guardara sin abrir un paquete recibido años atrás con una cantidad de linfa vacunal y un escrito de puño y letra de Edward Jenner con instrucciones para su aplicación.

Por fin, el 14 de agosto de 1806 el barco tocó tierra en Lisboa. El 7 de septiembre de 1806 Balmis fue recibido por el rey Carlos IV, al que rindió cuentas.

Mientras tanto, el catalán Salvany siguió difundiendo la vacuna de la viruela en los virreinatos españoles hasta que la muerte le alcanzó, en Cochabamba y en 1810, poco antes de que comenzaran las sublevaciones independentistas.

Los franceses destruyeron el diario

No existe un registro detallado de la expedición, porque el diario que guardaba Balmis desapareció durante el saqueo de su casa de Madrid perpetrado por los invasores franceses, abanderados del progreso y la razón.

En América, las guerras civiles de independencia destruyeron las redes y juntas de vacunación creadas por los españoles. Balmis murió en 1819. Y en poco tiempo la memoria de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna se desvaneció. Ni siquiera en España hubo interés por recordar y conmemorar una gesta científica y humana prodigiosa.

En el mismo siglo XIX, la aristocracia inglesa asistió impasible a las hambrunas que diezmaron a los poblaciones de los dominios de Irlanda y la India. Todo un contraste entre dos maneras de gobernar.

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