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EUROPA

El separatista Naboulione Buonaparte

El pequeño corso Naboulione sentía un odio visceral hacia los franceses. Unos meses antes de que viniera al mundo, Córcega había sido vendida por la república de Génova a Francia en pago de una deuda y tras verse los italianos incapaz de sojuzgar a los ariscos isleños.

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Durante su milenaria historia, Córcega había sido gobernada por romanos, vándalos, sarracenos, pisanos, turcos, aragoneses, genoveses, hasta acabar finalmente en manos galas. Sin embargo, antes de pasar definitivamente a soberanía francesa conoció un breve periodo de independencia, entre 1755 y 1769, que dejó extasiado a todos los ilustrados del momento. Fue la primera revolución auténticamente burguesa contra el Antiguo Régimen; revolución que promulgó, antes incluso que la americana, una constitución democrática. El héroe de aquella gesta emancipatoria fue Pasquale Paoli, ídolo indiscutible del joven Naboulione.

La familia Buonaparte era de origen toscano y llevaba más de dos siglos asentada en Córcega cuando se produjo la anexión a Francia. El padre de Naboulione, Carlo María Buonaparte, formaba parte de la aristocracia local y participó activamente en la resistencia armada contra los invasores. Su esposa, Letizia Ramolino, también de sangre noble corsa pero con más posibles, alumbró trece niños, de los cuales sobrevivieron ocho.

Las tropas coloniales de Luis XV sometieron al fin a los sublevados en la batalla de Ponte Nuovo, imponiendo acto seguido las leyes y el idioma franceses en toda la isla (la matriarca Letizia se negó a aprender la lengua del ocupante y no llegó a hablarla jamás: menuda era la mamma). Con ello, la independencia corsa quedó oficialmente finiquitada.

Pese a la derrota, en el imaginario corso se encumbró al héroe independentista Paoli, que huyó rumbo a Londres en espera de una mejor ocasión.

Carlo María Buonaparte, por su parte, optó por aproximarse a los nuevos gobernantes. Fue tan diestro en dicho empeño, que consiguió labrarse una buena posición y desempeñarse como representante real por Ajaccio. Más tarde obtendría sendas becas del erario francés para la formación de sus dos hijos mayores: Giuseppe, el primogénito, futuro Pepe Botella, se haría seminarista, y Naboulione, militar. Este último siguió cultivando una intensa francofobia y no perdonó a su padre, antiguo secretario personal de Paoli, su traición.

Naboulione partió a los diez años hacia la Francia continental. Lo vivió como una deportación. Antes de ingresar en la escuela militar de Brienne debió aprender francés –en un colegio jesuita–, pues lo único que sabía era su dialecto natal. Hasta su muerte, hablaría francés con un marcado acento italiano. Apenas tuvo amigos por su carácter intratable, marca de la casa que le acompañaría siempre.

A los veinte años prometió al venerable abad Raynal escribir un libro sobre la historia de la indomable Córcega. Su rencor hacia Francia por haber ahogado la libertad de su nación era enfermizo; algún día se vengaría de aquel ultraje. Un mes antes de que estallara la Revolución, confesó a Paoli que temía que se le echaran encima los funcionarios que gobernaban la isla por las ácidas críticas que les dedicaba.

Se puso inicialmente a disposición del caudillo Paoli, entonces y por conveniencia un federalista girondino. Desde que se supo que Luis XVI estaba considerando ceder la soberanía de la isla a Génova, la secesión estaba en la mente de todo patriota corso que se preciara. En la lucha que se desató entre las distintas facciones locales, el enardecido Naboulione se enemistó con todos, incluido Paoli. Ante sus repetidos fracasos por hacerse con el liderazgo, el joven oficial se acabó decantando por los afrancesados favorables a la Convención republicana.

Mediante intrigas, sobornos y hasta el secuestro de un comisario, por fin Naboulione consiguió hacerse con la jefatura militar de la isla, tras obtener 522 votos de un censo total de 492... Fracasó miserablemente cuando trató de exterminar a sus antiguos camaradas. Después de aquello tuvo que huir con toda su familia.

Se refugiaron en Marsella, y jamás volvieron a Córcega. Corría el año 1793 y acababa de rodar la cabeza del monarca francés. Nuestro iracundo personaje llevaba en el cuerpo militar galo siete años y medio, en cinco de los cuales los había estado de baja, real o tantas veces fingida, de ahí que pudiera implicarse como lo hizo en el avispero corso.

En su nueva etapa, logró llamar la atención del benjamín de los Robespierre y fue nombrado capitán en el IV Regimiento de Artillería de Niza. A la sombra de su otro protector providencial, el vizconde de Barras, empezó a labrarse su fulgurante carrera militar. Su éxito bélico en el sitio de Tolón –principal puerto de la marina de guerra francesa en el Mediterráneo–, tomado por las tropas británicas, le hizo merecedor de los galones de general de brigada. Fue su gran arranque. En Tolón le había tocado luchar en el bando francés, pero nada le hubiese impedido hacerlo en el contrario, caso de que su difunto padre hubiese decidido acompañar a Paoli en su primer exilio londinense. Naboulione se consideró durante mucho tiempo un condottiero moderno.

Como es bien sabido, este antiguo separatista corso vio cumplidos sus sueños de dominio gracias a su antigua enemiga, Francia. El general Bouona, como le denominaba la soldadesca revolucionaria, no tuvo más principios que la lucha por el poder y la riqueza. Y los alcanzó, vaya si los alcanzó. Las demás peripecias de este tirano son historia y mitología a partes iguales.

 

© Instituto Juan de Mariana

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