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ESPAÑA

La reconciliación nacional y la transición

Una base necesaria, pero no suficiente, para la democracia es un espíritu de conciliación o, en caso de ruptura de la misma, de reconciliación nacional. Y una clave del fracaso de la república nos la dan comentarios como el del diario El Sol ante el comienzo del año 1936: se está creando una situación en la que "nada es común a los españoles".

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Parecería que ello era culpa de todos, pero se trataba de una verdad a medias, pues faltaba indicar que nada podía ser común a los españoles cuando diversas ideologías, incluso de apariencia moderada, propugnaban la disgregación del país, o un "programa de demoliciones" de las tradiciones hispanas en función de un progresismo nebuloso, o simplemente no daban la menor importancia al "ideal nacional", como el propio Azaña lamentaría.

La presunción necia y arbitraria de que España era un país anormal con una historia funesta bañaba todas esas ideologías desde finales del siglo XIX, y por sí misma hacía muy difícil el entendimiento. Se llegó así a la "guerra fratricida" que para las izquierdas nunca lo fue, pues en su visión de clase las derechas no eran hermanas, sino enemigas radicales, y contra ellas movilizaron toda su agresividad desde el comienzo de la república. Probablemente el 90% –o más– de los numerosísimos asesinatos y actos de violencia política registrados entre abril de 1931 y julio del 1936 fueron perpetrados por las izquierdas y los separatistas, un dato que habla por sí solo. La guerra, acompañada del intento de genocidio de la cultura cristiana, fue el fruto de aquellas prédicas envenenadas.

Otro dato a tener en cuenta es el modo como evolucionó y terminó la guerra en el Frente Popular. Este se componía de partidos a su vez irreconciliables entre sí, en brutal rivalidad por el dominio político, causa de choques, asesinatos, torturas y detenciones ilegales. Todo esto culminó en una verdadera guerra civil entre las izquierdas, que determinó el triunfo final de Franco sin ulterior derramamiento de sangre. Cuando los nacionales entraron en Madrid, los odios cultivados por los irreconciliables habían perdido casi toda su fuerza entre las masas, y dejaron de ser un factor guerracivilista.

Según la propaganda izquerdista, incluso de algunos ignorantes de derecha, lo que vino entonces "no fue la paz, sino la victoria" (vino la paz, gracias a la victoria); y el franquismo, que podía haber buscado la reconciliación nacional, hizo lo contrario, aplicando una represión salvaje sobre los vencidos. Por tanto, las heridas habrían seguido abiertas.

Este aserto, tan difundido, no permite entender cómo fracasaron el maquis y todas las presiones para derrocar a Franco solo cinco o seis años más tarde, con una población empobrecida a consecuencia de la guerra mundial y luego del inicuo aislamiento internacional, y con las fuerzas aliadas al otro lado de los Pirineos. En tan buenas condiciones, el derrocamiento se habría producido sin duda, pero no sucedió, y es fácil ver la razón principal: la masa de la población estaba al lado del régimen, con distintos grados de adhesión. En cuanto a la represión de posguerra, ya he explicado muchas veces que no fue mayor, proporcional o totalmente, que la registrada en países como Finlandia (después de la I Guerra Mundial), Francia, Italia o Grecia, no digamos la aplicada a los alemanes, que causó millones de víctimas. Y con una diferencia clave: en España se aplicó por vía judicial, no mediante el puro y simple asesinato.

Por consiguiente, de un modo u otro, la reconciliación estaba lograda en 1945. La mayoría de la gente simpatizaría más o menos con el franquismo, pero, salvo unos pocos recalcitrantes, no estaba dispuesta a pelear contra él, ni siquiera en condiciones tan favorables como las de 1944-46.

Como es sabido, una vez derrotada la vía guerracivilista del maquis, los comunistas enarbolaron la consigna de la Reconciliación Nacional contra la "perpetuación franquista del espíritu de guerra civil, el odio contra republicanos y demócratas, el tono de cruzada contra más de media España", contra los que fueron derrotados "pese a defender una causa justa" –la de Stalin, por cierto– (declaración del PCE, junio de 1956). Sin embargo aquella retórica engañaría a muy pocos, lo que solo puede explicarse por el hecho de que la reconciliación estaba lograda. No bajo principios democráticos (destrozados por el Frente Popular), pero de la unidad nacional y la cultura cristiana, sin las cuales sería impensable una democracia en España. La experiencia de la república, por lo demás, demostraba que una democracia no podía funcionar con partidos mesiánicos y disgregadores fuertes. La reconciliación propugnada tan oportunistamente por el PCE y otros no caló en la gente, por ese motivo ante todo.

Un mito sin base alguna pretende que la reconciliación ocurrió durante la transición. Como he mostrado en La transición de cristal, fue exactamente al revés: la reconciliación alcanzada mucho antes permitió una transición relativamente fácil, en que se impuso a los irreconciliables una reforma "de la ley a la ley". Ni siquiera puede afirmarse que al menos se reconciliaron los partidos, porque aunque la transición se hizo con pocos traumas, lo cierto es que no faltaron algunos, el terrorismo especialmente, cultivado por partidos de izquierda y separatistas, para no perder la costumbre, y apoyado –de muchas formas que he explicado– por otros muchos izquierdistas y antiespañoles presuntamente moderados.

Hoy, nuevamente la reconciliación nacional retrocede por obra de gobiernos que se sienten herederos, ¡y por algo!, de aquel Frente Popular.

 

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