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MIL TRESCIENTOS AÑOS DE 'LA PÉRDIDA DE ESPAÑA'

La batalla de Guadalete

El Estado español lleva años conmemorando la expulsión de los moriscos ordenada por el rey Felipe III. Si, según la doctrina oficial, la invasión musulmana fue un hecho venturoso y la Reconquista, por el contrario, fue insidiosa (como afirmó un conocido académico), es lógico que la Alianza de Civilizaciones y las superestructuras culturales españolas se olviden del aniversario del momento en que empezó lo que acabó en 1609: la batalla de Guadalete.

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¿Qué otros acontecimientos de la historia de España más trascendentales que la invasión árabe de 711 y el derrumbe del reino visigodo podemos encontrar? De haber triunfado la media luna, la España romana, cristiana y occidental sería hoy como Egipto –antes sede de escuelas filosóficas–, Siria –que fue cuna del monacato– o Turquía –a cuyas comunidades de cristianos escribía San Pablo sus cartas–, que vio dormirse a la Virgen y sede del primer concilio ecuménico, el de Nicea.

Los visigodos no dejaron grandes obras de arquitectura o de arte, ni descubrimientos científicos, pero aportaron dos hechos capitales para la historia de España: la unidad católica y la conciencia de que el territorio era una entidad política diferenciada, con personalidad y misión propias. Un tercer elemento fue la unificación completa de la Península Ibérica, con el archipiélago de las Baleares y un pedazo de Francia, la Narbonense. Sólo en 1580 se restauraría esta unidad territorial, que se perdió entre 1640 y 1713.

En sus casi tres siglos de existencia, los godos mostraron vicios –comunes a otros pueblos germanos– que les condujeron a la extinción, por ejemplo una fuerte tendencia a la rebelión contra sus reyes –debido al carácter electivo de la monarquía, que se repartían varios clanes– y el hábito de pedir ayuda a poderes extranjeros para resolver disputas relacionadas, precisamente, con el acceso a la corona. De los treinta y tres monarcas godos, sólo quince murieron de muerte natural.

Cinco reyes en cuarenta años

Los últimos cuarenta años del reino godo constituyeron una sucesión de desastres políticos, económicos y sociales. Pese a la escasa documentación que nos ha llegado, los historiadores han reconstruido en parte los acontecimientos registrados entre la muerte de Recesvinto (672) y la batalla de Guadalete (711).

Se sucedieron cinco reyes, respaldados por los magnates y los clanes: Wamba, Ervigio, Egica, Witiza y Rodrigo. Fueron tiempos de conspiraciones, sublevaciones, hambrunas, pestes; de subidas de impuestos, depreciaciones de la moneda; de divisiones entre godos e hispanorromanos... Al parecer, los españoles de la época cayeron en un pesimismo brutal que hizo aumentar de manera espectacular el número de suicidios.

Mientras tanto, el alfanje del islam se acercaba a España. El tercer califa, Utmán, de la familia Omeya, organizó la primera flota árabe hacia el 649. En la década del 660 al 670 los árabes conquistaron Egipto y atacaron Sicilia. Entre el 674 y el 678 sitiaron por primera vez Constantinopla. Se apoderaron de Cartago en el 698 y al tiempo derrotaron a las tribus bereberes del norte de África, que se convirtieron al islam. En tiempos de Wamba (672-680), una numerosa flota árabe –en torno a 250 naves– atacó las costas españolas, ataque que fue repelido por la marina goda.

A la muerte de Witiza (702-710), y pese a los esfuerzos de su poderoso clan, el resto del senado godo eligió a Rodrigo (o Roderico), que era quizá duque de la Bética, como rey. Los witizianos entonces se dedicaron a la conjura.

La traición

En siglos anteriores, ya otros conspiradores habían llamado a, por ejemplo, bizantinos y merovingios para que les ayudasen a tomar el poder. En esta ocasión, por medio del gobernador de Ceuta, un tal Julián (Urbano para otros), los witizianos entraron en contacto con el valí de África, Musa ibn Nusayr, para contratarle su ejército a cambio de cierta cantidad de oro.

Los historiadores árabes sostienen que en el 710 llegó una primera expedición, que fue rechazada. En abril del 711, Tariq ibn Ziyad, gobernador de Tánger, zarpó de Ceuta al frente de unos pocos miles de soldados y desembarcó en la bahía de Algeciras. Los witizianos creían que el invasor era mercenario, y se le unieron y le proporcionaron alimentos y refugio.

Rodrigo se encontraba en el norte, según unas crónicas en Pamplona, combatiendo a los vascones, y según otras en los alrededores de Zaragoza, peleando contra Akhila, el primogénito de Witiza, proclamado rey por sus partidarios. En cuanto conoció la noticia se dirigió al sur. En la segunda mitad de julio y en diversos lugares de la actual provincia de Cádiz se produjeron varias escaramuzas y batallas; la más importante de éstas la protagonizaron Rodrigo y Tariq en un paraje que se ha situado en la laguna de La Janda o en el río Guadalete.

La siguiente traición de los witizianos consistió en abandonar a Rodrigo, que fue vencido y muerto por los musulmanes. Mientras los godos caían en la guerra civil, los musulmanes, reforzados por Musa, conquistaban el reino: en el 711, Córdoba y Toledo; en el 712, Sevilla y Mérida (que sufrió tal castigo por su resistencia, que desapareció de la historia); en el 714, Zaragoza y Gijón; en el 718, Barcelona.

Los witizianos y muchos de los godos supervivientes acabaron como los futuros cipayos de la India a sueldo de los británicos. La viuda de Rodrigo, Egilo, casó en 714 con el valí de España, Abd el Aziz, hijo de Musa. Otros godos pasaron a Francia o bien resistieron a los invasores, como Pelayo.

¿Cómo en una sola batalla se hundió España? Algo parecido habían sufrido ya los godos en la batalla de Vouillé (507), cuando los francos desbarataron el reino de Tolosa. El pueblo godo perdió a su rey, Alarico II, y la mitad de su reino, pero no desapareció.

Dios lo quiso

El catedrático José Orlandis, autor de uno de esos escasos libros escritos por universitarios españoles que aúnan la erudición con la amenidad –Historia del reino visigodo español–, reconoció su incapacidad para desembrollar la catástrofe:

La pérdida de España seguirá apareciendo como un acontecimiento que escapa a las reglas de la lógica: fue algo sorprendente, imprevisible, que será obligado considerar siempre como uno de los grandes enigmas de la historia.

Otro historiador español, Claudio Sánchez Albornoz, sólo encuentra una explicación:

Toda nuestra historia ha girado hasta ayer en torno de las proyecciones en nuestra vida, no sólo de los contactos entre las dos civilizaciones, sino de la gran aventura de los ocho siglos de batalla contra el islam. ¿Por obra del azar? Yo me inclino a creer que por altos y misteriosos designios del Altísimo, que eligió a un pueblo de áspero talante desde varios siglos antes de la conquista romana –recordemos que Roma ganó las Galias en una campaña de una década y tardó dos siglos en domeñar España– para llevar a cabo la doble aventura de cristianizar a América y de ser su espada en los albores de la modernidad y después.

¿Invasión romana?

Uno de esos arabistas que reciben premios y condecoraciones de los árabes, Pedro Martínez Montávez, se quejaba hace unos años de la incomprensión con que los españoles miramos a lo islámico (El Mundo, 17-10-2006):

Mi nieto Sergio no acierta a explicarse por qué, cuando se explica la Historia de España, se habla siempre de "invasión árabe" o "invasión musulmana", y nunca de "invasión romana".

Tal vez el doctor Martínez, que fue rector de la Universidad Autónoma de Madrid, no sepa explicar a su nieto que, cuando los romanos invadieron España, ésta no era más que un concepto geográfico. En cambio, cuando los árabes irrumpieron en España ya existían un país independiente y unas personas que se llamaban a sí mismas españolas.

Ningún descendiente de los celtas, los íberos o los vascones escribió en el siglo II un llanto por la pérdida de España (o de Numancia, o de Sagunto, o de Cástulo o de Volux), a la vez que en Roma reinaba el hispano Trajano. Por el contrario, los cronistas españoles desde el siglo VIII hasta el final de la Edad Media se preguntaron por las causas de la pérdida de España, tal como explica Serafín Fanjul:

Y, de manera natural, se elabora un conjunto de leyendas que puedan explicar, ya que no excusar, un acontecimiento tan dramático. En esas historias apenas asoman los árabes o musulmanes, sino que la hecatombe histórica se achaca a nuestros pecados, por usar la expresión popular, o más exactamente al yerro culposo de los magnates godos, desencadenador de la ira divina: el castigo de Dios toma por brazo ejecutor a los moros, pero su origen se halla en transgresiones, incumplimientos y vergüenzas manifiestas de esos príncipes que, de tal guisa, dejan a su pueblo expuesto a la justicia del Cielo. La culpa, o el pecado original, de nuevo generalizados, se abaten sobre los hispanos y éstos deben purgar con siglos de sometimiento y alienación las andanzas de Vitiza, don Rodrigo o don Julián.

Los musulmanes como brazo ejecutor de Dios para castigar a los españoles por los pecados, los errores y las aberraciones de sus gobernantes... Puede ser una interpretación que valga también para la Europa del siglo XXI.

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