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ESPAÑA

La Transición en la historia

Si tomamos la palabra democracia en su sentido etimológico, cabe sostener que nunca existió ni existirá. Pero a efectos prácticos llamamos democracia a un régimen de libertades y separación de poderes, con sufragio universal y decisiones por mayorías alternativas.

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La democracia es históricamente muy reciente, del siglo XIX en muy pocos países y del XX en la mayoría de los europeos. En los años 30-40 estuvo muy próxima al naufragio en toda Europa, y solo se asentó en la parte occidental del continente después de la II Guerra Mundial, gracias a la intervención de Usa. En España llegó más tarde, pero por el propio desarrollo interno español, sin intervención significativa useña (contra lo que pretenden algunas versiones).

La Restauración fue un régimen liberal y en buena medida democrático, uno de los primeros de Europa que introdujo el sufragio universal. De no estar este sufragio tan corrompido, por causas en gran medida objetivas (un país muy agrario), y la soberanía difusa, podría considerársele democrático; pero aun con sus limitaciones permitió la organización de nuevos partidos (en gran medida mesiánicos, por desgracia) que adquirieron cuotas de poder, sobre todo en los ámbitos municipal y parlamentario, modificando así el sistema, concebido originariamente por Cánovas a imitación del inglés.

En cuanto a la República, fue una democracia con limitaciones: una Constitución solo a medias democrática y aplicación a menudo despótica de las leyes. Si queremos simplificar al máximo, diremos que la República democrática fracasó porque el país no estaba preparado para ella.

¿Por qué no estaba preparado? Según una teoría, por su carácter agrario, el considerable analfabetismo (bastante menos del 50%, contra lo que se oye con frecuencia), la pobreza, incluso miseria, registrada en muchas provincias y otros desequilibrios económicos. Otra tesis achaca el fracaso a una derecha cerril y cavernaria, alérgica a las libertades; esta idea, como he mostrado en varios libros, choca de frente con los hechos y solo puede sostenerse como propaganda. Una tercera sostiene que la quiebra se debió a los utopismos y violencias de la izquierda, que la llevaron a hacer una Constitución sectaria y luego a vulnerarla constantemente, y a rechazar las elecciones ganadas por las derechas. Si la ley era mediocre y además se la conculcaba a cada paso, el resultado difícilmente pudo ser otro que el naufragio del régimen. Creo haber fundamentado suficientemente esta última tesis, a la que puede añadirse, en parte, la primera: las dificultades económicas facilitaron la difusión y la acción de los utopismos. Pero no fueron la causa de ellos, ni debe suponerse que la mera prosperidad asegure unas conductas democráticas: Cataluña era en el primer tercio del siglo la región más rica, y también la más convulsa e inestable, por efecto del anarquismo y el nacionalismo; las Vascongadas salieron del franquismo como las provincias más ricas y han venido siendo las más convulsas, por la mezcla de nacionalismo y terrorismo.

La experiencia democrática nacida de la Transición ha mostrado mucha mayor capacidad de supervivencia, más de 35 años por ahora, si bien con crecientes dificultades. Su relativa estabilidad cabe achacarla a tres factores: la prosperidad y la reconciliación nacional alcanzadas en el franquismo, más un proceso de reforma radical, pero "de la ley a la ley".

Los dos primeros factores no hace falta argumentarlos, pues saltan a la vista, aun si una propaganda incansable trata de borrarlos de la conciencia ciudadana; el tercero resulta menos obvio. En la Transición se opusieron dos puntos de vista, el reformista y el rupturista. Pese a estar ambas posiciones de acuerdo, en principio, con los rasgos generales de un régimen democrático, sus diferencias no eran bizantinas: tenían un fondo histórico e ideológico de gran calado, y unas consecuencias políticas del mayor alcance. Se trataba de si depositar la legitimidad en los vencedores o en los vencidos de la Guerra Civil, es decir, en el franquismo o en el Frente Popular (confundido habitual y falazmente con la República). En el primer caso existiría una básica continuidad desde la Guerra Civil hasta hoy, manifiesta en la persistencia de la paz civil, de la prosperidad (aunque con fuertes altibajos) y de la reconciliación (aun si unos políticos delincuentes intentan resucitar los odios): solo el régimen habría cambiado, un cambio traído por la propia evolución de la sociedad creada por el franquismo y por la clase política de este. En el segundo caso, volverían en triunfo las viejas ideologías derrotadas, saltando hacia atrás por encima de cuarenta fructíferos años, para identificarse con una República presentada como ejemplar contra todas las evidencias y lecciones de la historia. Debe subrayarse que la oposición antifranquista nunca fue democrática.

En lugar de un nuevo fracaso político, la Transición puede considerarse el hecho histórico más importante para España después de la Guerra Civil, como he puesto de relieve en La Transición de cristal. Y fue así porque el rupturismo quedó vencido, lo que facilitó una democracia poco traumática en conjunto. Asombra, en verdad, que este dato, evidente a poco que se observe imparcialmente el proceso, no haya sido remarcado por ningún comentarista hasta ahora.

Pero aun vencido el rupturismo ha permanecido subterráneamente como reflejo antifranquista. A él se deben casi todos los fenómenos que en estos años han dañado la democracia: el terrorismo (casi todo de izquierda) y la simpatía o colaboración con él; los separatismos, que combinan el ataque a las libertades y a la unidad nacional; las oleadas de corrupción traídas por quienes presumían de unos ficticios "cien años de honradez"; el ataque a la independencia judicial, planteado por la cúpula del PSOE y sin respuesta adecuada de una derecha que también prefiere pasar por antifranquista; el acoso cada vez más violento al cristianismo. Estos y otros hechos desgraciados se han vuelto más y más amenazantes desde el 11-M. En fin, por sus frutos los conoceréis.

 

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