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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Novelas y lecturas de la historia

Acaba de morir en Buenos Aires, a los 75 años, Tomás Eloy Martínez. Fue un maestro y un gran amigo. Y, aunque la gente crea que sólo era un novelista, fue, además, un glorioso historiador.

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Si se quiere conocer y, sobre todo, comprender el siglo XIX en Hispanoamérica, hay que leer el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, probablemente el mayor libro de esa centuria en todo el continente. El Facundo –así, con artículo, como el Quijote– es una suma literaria en la que se cruzan el ensayo, la novela, la crónica periodística y la descripción de tipos y costumbres, escrita en la mejor prosa española, según Unamuno, que era su rendido admirador. Toda esa construcción tiene como eje la figura de Juan Facundo Quiroga, modelo de caudillo bárbaro, que Sarmiento proponía como arquetipo opuesto a la política civilizada. Recuérdese que el subtítulo de la obra es "Civilización y barbarie".

La novela de Perón de Tomás Eloy Martínez es el Facundo del siglo XX, en parte porque Perón es el caudillo moderno, en parte porque es también una suma literaria y se inscribe en la misma tradición. He expuesto estos puntos de vista por extenso en La Ilustración Liberal, en un artículo que suscitó el único roce que tuve en la vida con el siempre recordado Carlos Semprún Maura, que veía a Tomás Eloy como un periodista que, durante años, publicó sus artículos en El País, cosa que le suscitaba definitiva alergia. Pero el debate no pasó a mayores y creo que Carlos reconsideró su visión del asunto después de una larga y apasionada charla en el Café Gijón en la que creo que fue su última visita a Madrid.

Antes de dejar de lado las cuestiones personales, que no puedo ni quiero eludir en esta nota, debo decir que Tomás Eloy fue el único gran escritor que conocí con la capacidad de reconocer errores. Ya enfermo, me escribió desde los Estados Unidos para decirme que en el hospital había leído mi libro sobre Perón, que había conocido a Lucía, la hija del general, en Miami años atrás y que ahora, al ver mi exposición de la historia, lamentaba no haberle creído. Si siempre me había sentido unido a él, desde que, teniendo yo veinte años, leí su primera novela, Sagrado, que él no había querido reeditar pero que a mí me conmovía, y me conmueve, profundamente, desde esa carta sumé a su figura la grandeza personal. Era él quien sabía sobre Perón todo lo que yo no sabía, y una parte no menor de mi propio libro estaba dedicada a precisar detalles del suyo.

Tomás Eloy Martínez.Nos vimos por última vez en Buenos Aires, hace un año, cuando el mal y los tratamientos ya habían hecho estragos en su cuerpo, pero percibí en la alegría del abrazo que su alma continuaba intacta. Yo lo quería mucho, y creo que era correspondido.

Y vuelvo a la obra para decir sobre Tomás Eloy Martínez lo que dije más arriba sobre Sarmiento: si se quiere conocer y, sobre todo, comprender el siglo XX en Hispanoamérica, hay que leer La novela de Perón.

Saben mis lectores habituales lo que pienso de la novela histórica, género en el que, por cierto, he incurrido. Y tal vez sepa también lo que pienso acerca de unos pocos libros que tienen la virtud de convertirse en fuente para los historiadores a pesar de que, o precisamente porque, son novelas en su presentación primera.

La novela de Perón es mucho más que una conjunción de ambas cosas, novela histórica y libro fuente: es, como el Facundo, una suma en la que también participan la crónica periodística, el ensayo y la definición de tipos y, más que costumbres, hábitos mentales de una época. A todo lo cual hay que agregar esa parte de invención que estructura todas las partes de la obra, la suposición narrativa que sirve por igual a historiadores y novelistas, narradores al fin y al cabo ambos, y que hizo decir a Tendal, hace ya cerca de dos siglos, que la verdad hay que buscarla en la novela.

En este caso particular, el de Perón, la invención formaba parte del personaje, que de alguna manera se las arregló para crearse a sí mismo decenas de veces, según lo reclamara la realidad política de cada momento, de modo que más que nunca hacía falta incluir incontables versiones de su rostro, de su voz, de sus discursos, para poder contarlo. Por eso el título concreto de mi obra es Perón, tal vez la historia. Me parece que Tomás Eloy había sido más valiente que yo al decir novela.

Por eso no he querido escribir un obituario, sino destinar estos apuntes al suplemento de Historia de LD. Porque, les guste o no, los historiadores tendrán –quizá sea más exacto decir tendremos– que acudir a lo que un gran periodista y gran novelista registró en sus encuentros con Perón y que contó en inevitable forma de novela.


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