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GRAN BRETAÑA, S. XVIII... Y ESPAÑA, S. XXI

Robinocracia

Gran Bretaña vivió una auténtica revolución, financiera primero y política después, a comienzos del siglo XVIII, a raíz de la creación del Banco de Inglaterra, el primero de los centrales. La capacidad financiera de la nueva entidad otorgó al Gobierno británico un poder enorme.

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La costumbre había sancionado una forma mixta de gobierno que tenía por objeto que el poder estuviese distribuido y que ninguna rama adquiriese una preponderancia peligrosa: la Corte era el órgano del Rey; la Cámara de los Lores, el asiento de la nobleza; la Cámara de los Comunes, la sede de la expresión democrática.

Los británicos pensaban que así habían resuelto el problema, ya advertido por Polibio, de que la monarquía degenerase en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en demagogia o en anarquía. Ese gobierno mixto era la base de las libertades inglesas, sancionadas en su Constitución. El hecho de que las distintas ramas se apoyasen y a la vez contuviesen asentaba el sistema y evitaba su corrupción o degeneración.

Pero a lo que íbamos, al siglo XVIII, y en concreto a la época de Robert Walpole. Los medios financieros puestos a disposición del Gobierno británico Banco de Inglaterra mediante dieron a la Corte un poder antes desconocido. Medios que le permitían comprar a miembros de la Cámara de los Comunes: con puestos en la naciente administración y con pensiones. Así las cosas, el Gobierno ganó poder y socavó los usos tradicionales ingleses, heredados por Gran Bretaña.

La oposición a Walpole tuvo brillantes representantes, tanto entre los whigs como entre los tories. Entre estos últimos destacó el barón de Bolingbroke, que acuñó el término robinocracia, en evidentísima alusión a Walpole, para hacer referencia a una forma de gobierno que, por mucho que respetara formalmente la Constitución, la vaciaba de contenido, dado que el Ejecutivo pasaba a monopolizar el poder. Así la describía:

El robinarca, o principal mandatario, es nominalmente sólo un ministro, una criatura del príncipe. Pero en realidad es un soberano, tan despótico y arbitrario como se permite que sea un soberano en esta parte del mundo (...). El robinarca (...) detenta injustamente todo el poder de la nación en sus manos (...) y no admite que nadie ocupe puesto importante alguno si no tiene relación con él (...).

¡Qué gran concepto, éste de robinocracia! En Gran Bretaña, tal sistema fue fruto de la corrupción de la Constitución. En España rige desde 1978, y no por degeneración alguna, sino porque nuestra Carta Magna fue diseñada para que las cosas fueran como son.

Hay que recordar el contexto en que se concibió la norma fundamental de nuestro ordenamiento jurídico, y nuestro sistema político. Para el franquismo, la II República había demostrado una vez más el fracaso del sistema de partidos, de los que aquél abominaba. Los redactores de la Constitución del 78 querían volver a prestigiarlos, dado que al fin iban a ser el gran instrumento del juego político. Y lo hicieron otorgándoles mucho poder.

El resultado es la partitocracia actual. 

 

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