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REINO UNIDO

La cabeza de Cromwell

La cabeza cayó al suelo desde lo alto de la pica. Llevaba veinticuatro años allí clavada y no había aguantado una tormenta más. El soldado que estaba de guardia en la abadía de Westminster la recogió y la envolvió en un paño. Al terminar el servicio, llegó a casa y no lo dudó: el hueco de la chimenea sería un buen lugar para esconder la cabeza de Oliver Cromwell.

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Oliver Cromwell, Lord Protector de la Commonwealth, había hecho temblar los cimientos de la Monarquía inglesa y de sus instituciones. Apoyado en el Ejército y en los puritanos, su dictadura se prolongó por espacio de cinco años. Era un terrateniente medio, que no había acabado sus estudios, depresivo y temperamental. Murió en 1658.

La asamblea de electores de Huntingdon (Cambridge) lo había elegido para formar parte de la Cámara de los Comunes en 1628. En aquel entonces Carlos I, un hombre serio, se hallaba implicado en una guerra absurda en defensa de los hugonotes franceses. Ese mismo año, al monarca no le tembló el pulso a la hora de disolver el Parlamento, que le había negado un nuevo impuesto para sufragar los gastos bélicos y además había exigido la aprobación de un decreto para controlar al Gobierno. Tras trescientos años de parlamentarismo, intermitente pero continuo, desde la Carga Magna de Juan Sin Tierra (de 1215), Carlos I instauraba el absolutismo.

Una nueva guerra, esta vez con la Covenant escocesa, obligó al Rey a convocar el Parlamento en 1640, de nuevo con el objetivo de recaudar fondos. Cromwell volvió a ser elegido por Cambridge. No era un parlamentario destacado, ni un líder en aquella Cámara donde los radicales de John Pym se habían organizado para reclamar al monarca que preservara el parlamentarismo y se deshiciera de los ministros corruptos. El choque entre Carlos I y los radicales desembocó en la toma del Parlamento por las tropas realistas y la detención de los comunes de Pym, lo cual provocó la ruptura definitiva y el comienzo de la guerra civil.

Cromwell era miembro de la milicia parlamentaria. Reclutó un escuadrón de caballería que en poco tiempo se convirtió en un regimiento y pasó a estar al mando del conde de Manchester. Nuestro hombre desarrolló entonces un discurso populista, que cargaba contra los "ricos" y "privilegiados" y llamaba a la extensión de los derechos civiles a todos los ingleses. Por otro lado, entre los pequeños propietarios surgió un grupo, los levellers o niveladores, que pedían el establecimiento de la democracia.

La politización de la milicia fue clave en el devenir de los acontecimientos. Cuando, en 1645, se remodeló el ejército parlamentario (New Model Army), los niveladores eran ya mayoría. El Parlamento había dado el mando de la NMA a sir Thomas Fairfax, pero era su segundo, Cromwell, el más escuchado y popular.

El cuarto año de la guerra, 1646, fue el de la consagración militar de Cromwell, tras la decisiva batalla de Naseby, que inclinó la balanza a favor del Parlamento. Huido de su corte oxoniense, en abril Carlos I se entregó al ejército presbiteriano escocés, que lo entregó al Parlamento.

A partir de ese momento el conflicto se trasladó al seno del bando victorioso. La mayoría era partidaria de negociar con el Rey y forzarle a firmar un acuerdo de respeto de la "antigua Constitución". Los niveladores, que ya eran un grupo muy numeroso y armado, se opusieron violentamente. Cromwell se presentó como hombre de consenso sobre la base de un aumento del poder del Parlamento y la libertad de conciencia en materia religiosa.

El acuerdo fue imposible porque a los niveladores les parecía una traición a los principios de la revolución. La división fue aprovechada por Carlos I para huir de prisión y volver a presentar batalla, ahora aliado a los escoceses presbiterianos. Cromwell se puso al mando del ejército y los derrotó, en 1648.

La NMA de Cromwell estaba preparada para el lance definitivo. El 7 de diciembre de 1648 dio un golpe de estado y depuró el Parlamento. Una vez limpio, éste decidió abolir la Monarquía y la Cámara de los Lores, y ejecutar a Carlos I. Tras un juicio esperpéntico, en el que se le acusó de traidor, el Rey, que insistió en que lo era por la gracia de Dios, fue decapitado el 30 de enero de 1649. Cromwell permitió que le cosieran la cabeza al cuerpo para que fuera velado por su familia y enterrado en el panteón de Enrique VIII.

Los niveladores creyeron que era el momento de establecer la democracia, pero Cromwell y su Consejo de Oficiales se negó. El levantamiento no se hizo esperar, y en mayo de 1649 se registraron varias batallas. Fue entonces que el Parlamento depurado proclamó la República. El poder quedó en manos de Cromwell y de su Consejo de Oficiales, aunque oficialmente lo ejercieran el Parlamento y el Consejo de Estado.

Eliminada la amenaza democrática, quedaba hacer lo propio con la realista. Los seguidores de Carlos II, el heredero de los Estuardo, se habían unido a la confederación irlandesa, por lo que Cromwell preparó la invasión de la católica Irlanda. En 1649 emprendió una cruenta campaña que no tardó en extenderse a Escocia, cuyo Covenant se alió con Carlos II. Tras imponer la paz en 1651, volvió a Londres. Allí se encontró con unos parlamentarios que no se ponían de acuerdo ni sobre la libertad de conciencia religiosa, ni sobre la política fiscal ni sobre la fecha de las próximas elecciones.

La deriva dictatorial de Cromwell fue definitiva cuando disolvió el Parlamento en 1653. Pero la Asamblea que nombró tampoco llegó a los preceptivos acuerdos políticos y religiosos. Lo único que quedaba de la revolución era Cromwell. El parlamentarismo había fallado y la politización de cariz liberal y democratizador ya no existía.

El 15 de diciembre Cromwell juraba el cargo de Lord Protector de la Commonwealth. Impuso una dictadura, dividió el país en quince distritos militares –comandados por generales de su ejército– y se dotó de un Parlamento títere, que en 1657 le ofreció la corona, que él, en un gesto simbólico, rechazó. Ahora bien, como Lord Protector acaparaba más poderes de los que había tenido Carlos I.

Murió el 3 de septiembre de 1658, aquejado de malaria. Le sucedió su hijo Richard, que no tuvo fuerza para continuar la dictadura y abandonó el poder dos años después. En abril de 1660, un antiguo miembro de la NMA, el general Monck, entró en Londres, tomó el poder y llamó al Parlamento para que volviera a instaurar la Monarquía.

El mismo pueblo inglés que había adorado a Cromwell acompañó enfervorizado la exhumación de los restos mortales del viejo Lord Protector, ordenada por el restaurado Carlos II en 1661. El cadáver fue ultrajado: atado a un trineo, fue arrastrado por las calles de Londres y, por la noche, decapitado. La cabeza fue clavada en una pica a la entrada de la abadía de Westminster, donde estuvo veinticuatro años como ejemplo de lo que les pasaba a los que se levantaban contra la Monarquía.

Ahí no acabó la historia de la cabeza de Cromwell. El soldado que la recogió la mantuvo escondida; antes de morir, le confesó el secreto a su hija, que se deshizo de ella. Apareció en 1710, en un teatro ambulante de variedades. De ahí pasó a las manos de un actor, que la enseñaba a quien le diera unas monedas, y de ahí a una exposición; hasta que, en 1960, y tras incontables debates sobre su autenticidad, fue enterrada en los jardines de Sydney Sussex Collage, en Cambridge. 

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