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ATENTADO CONTRA CARRERO

¿Un magnicidio inútil?

Uno de los mitos de la transición dice que el asesinato del presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco (y de dos policías) hizo saltar el candado que ataba las cadenas del régimen franquista. Sin embargo, el magnicidio resultó inútil: Carrero se había comprometido con el príncipe Juan Carlos a dimitir cuando éste se lo pidiese.

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España ha sido el país de Europa donde más influencia ha tenido el terrorismo: entre 1870 y 1973 fueron asesinados cinco presidentes del Gobierno: el general Juan Prim (1870), Antonio Cánovas del Castillo (1897), José Canalejas (1912), Eduardo Dato (1921) y el almirante Luis Carrero (1973). Aunque hubo magnicidios en Rusia, Italia, Austria y Francia, sólo en España el terrorismo fue una lacra de décadas, con la que los distintos regímenes se acostumbraron a convivir.

De los tres asesinos anarquistas del conservador Dato, que sentó las bases del sistema de protección social para los obreros, uno huyó a la Unión Soviética, de donde regresó en 1931; los otros dos fueron condenados a muerte. Sin embargo, Alfonso XIII, por miedo o por compasión, les indultó en 1924 la pena por treinta años de cárcel. Los dos fueron amnistiados al llegar la II República. Es decir, el asesinato de un presidente del Gobierno les costó menos de diez años de prisión.

El 20 de diciembre de 1973, la banda terrorista ETA asesinó en Madrid mediante una bomba a Luis Carrero Blanco, hombre de confianza del general Franco al que éste había nombrado presidente de Gobierno en junio. Este magnicidio ha sido aprobado por muchos historiadores, políticos y periodistas del nuevo régimen. Era creencia general que Carrero sería el albacea de Franco y condicionaría el reinado del sucesor de Franco. Juan Carlos estaría atado por su juramento de las Leyes Fundamentales y por un presidente autoritario. Al asesinar a éste, ETA posibilitó el paso a la democracia. Entre las últimas personalidades que se han pronunciado en favor de teoría tan cínica está la infanta Pilar, hermana del rey Juan Carlos.

¿Una infanta elogia a ETA?

El periodista Abel Hernández, autor del libro Don Juan y Juanito, publicado a finales de 2010, dice (pág. 99) que la infanta Pilar le dijo lo siguiente:

Nunca sabrá la ETA lo que supuso la muerte de Carrero. Hubiera sido impensable con él. Mandaba un montón, tenía una influencia brutal, ¡y ponía tantas trabas...! Con él, la Monarquía de todos que quería mi padre no habría sido posible. Laureano López Rodó no era demasiado monárquico, pero era una persona de bien.

Sorprende que la infanta dude de la fe monárquica de López Rodó, cuya labor a favor de la restauración monárquica –y en una persona perteneciente al linaje de Alfonso XIII y no de la rama carlista– fue ímproba. No en vano López Rodó tituló sus primeras memorias La larga marcha hacia la monarquía, y fue uno de los confidentes del príncipe Juan Carlos en los Gobiernos franquistas. Sobre el almirante Carrero, baste decir que su primogénito, Luis Carrero-Blanco Pichot, ha afirmado (La Razón, 20-12-2003) que los príncipes se reunieron con la familia en La Zarzuela después del funeral y que entonces Juan Carlos le dijo:

Luis, cómo no voy a estar con vosotros en estos momentos, si yo estoy en España gracias a tu padre.

Para calificar las declaraciones de la infanta hay que recordar la famosa cita de Chateubriand:

La ingratitud es atributo de los reyes, pero los Borbones exageran.

Para conocer el pensamiento predominante en la nueva clase se puede citar unas líneas doctrinales escritas por Juan Luis Cebrián, ex redactor jefe del diario de los sindicatos franquistas Pueblo y director de los servicios informativos de Televisión Española en 1974. Éstas pertenecen al prólogo que escribió al libro Golpe mortal. Asesinato de Carrero y agonía del franquismo:

(...) lo quisieran o no los etarras, el asesinato del jefe del Gobierno cambió la faz del desarrollo político español, puso al descubierto –si no lo estaban ya bastante– las carencias profundas y estructurales del franquismo, desconcertó a la oposición, para darle después una mayor unidad y conciencia del momento histórico que se avecinaba, y despertó al país en general avisándole del desmoronamiento inevitable de la dictadura. En absoluto puedo estar de acuerdo con la crueldad del método utilizado por ETA, pero es difícil hurtarse al reconocimiento de estas cosas y no puedo aceptar que una valoración política de ese género constituya un error (...) La oposición democrática no se equivocó en absoluto cuando interpretó el asesinato de Carrero por la organización terrorista como una ayuda real al posterior establecimiento de la democracia.

La peculiar moral de Cebrián le lleva a sostener que el asesinato de tres personas fue malo, pero que su crueldad desaparece ante el hecho de que fue "una ayuda real" para acabar con el régimen franquista. Curiosamente, en esto coincide con los etarras que justificaron su delito en el libro Operación Ogro:

[Carrero] llegó a ser insustituible por su experiencia y su capacidad de maniobra y porque nadie lograba como él mantener el equilibrio interno del franquismo. Todo el mundo sabía que la oligarquía española contaba con Carrero para asegurar el paso sin convulsiones al franquismo sin Franco (...) Por lo tanto, eliminar a Carrero significaba dejar coja la maniobra de desdoblamiento y, sobre todo, privar a la oligarquía del, quizás, único elemento capaz de asegurar la continuidad del régimen, una vez desaparecida la figura del viejo dictador.

Terroristas aliados de la oposición

Para muchos miembros de la oposición, los etarras hicieron el trabajo sucio que ellos no se atrevían a realizar. Como ha escrito Pío Moa, para gran parte de la izquierda y, por supuesto, para los nacionalistas vascos, ETA fue uno de los suyos.

En el mismo libro Golpe mortal..., Fernando Savater destaca que ese atentado hizo más mal que bien al resto de los españoles:

Pues a lo que contribuyó decisivamente el magnicidio, con su espectacularidad simbólica y su perfección técnica casi milagrosa, fue a la promoción de la organización terrorista que lo había llevado a cabo. Y hoy sabemos ya sin lugar a dudas que ETA es un peligro para la democracia más formidable de lo que el almirante Carrero Blanco pudiera haber llegado a serlo jamás. El atentado impresionó hasta la exaltación el subconsciente político (...) de cierta izquierda radical europea, siempre nostálgica de una insurrección salvadora que la libere de la rutina parlamentaria.

Los efectos del atentado se extendieron más allá de Europa. Como subraya el periodista Florencio Domínguez, uno de los mayores expertos en ETA, los jefes de los grupos guerrilleros de Iberoamérica, como las FARC, y los cárteles de la droga contrataron varias veces a etarras para que instruyeran a sus sicarios en la técnica del coche-bomba.

Carrero estaba dispuesto a marcharse

¿Pero habría sido Carrero un obstáculo en los planes del príncipe? Lo que sabemos indica lo contrario.

José Miguel Ortí Bordás, que fue jefe nacional del SEU y subsecretario de Gobernación (1976-1977), da la siguiente opinión en sus memorias, La Transición desde dentro:

Carrero era un político inmovilista, que no estaba hecho para volar solo ni para adoptar decisiones trascendentales y que carecía de visión de futuro, pero Carrero era, ante todo y sobre todo, un militar, incapaz de oponerse a la orden de un superior. Jamás Carrero se hubiese permitido a sí mismo desatender no ya una orden, sino una mera indicación o sugerencia del jefe de las Fuerzas Armadas. De manera que soy de la opinión de que Carrero hubiese dimitido como presidente del Gobierno tan pronto el Rey se lo hubiese solicitado, sin oponer la menor resistencia y sin protesta alguna, con lo que hubiera quedado expedito y completamente libre para el Rey el camino de la reforma y de la democracia.

En sus Apuntes de un condenado por el 23-F, el coronel José Ignacio San Martín, jefe del Seced (Servicio Central de Documentación), aporta un punto de vista militar sobre el estatus de Carrero en las Fuerzas Armadas:

Además, no era un militar en activo. (...) En mi opinión, el Rey no hubiera mantenido a Carrero al frente del Gobierno, y aunque el almirante, en uso legítimo de sus derechos, hubiera querido agotar sus cinco años de mandato, se habría visto obligado a dimitir, porque le habrían faltado apoyos, incluso de las Fuerzas Armadas, cuyos mandos se habían identificado con el Soberano. En resumen, ni siquiera habría presidido el primer Gobierno de la Monarquía.

En la biografía que le escribió José Luis de Vilallonga, el rey Juan Carlos se confesó de la siguiente manera:

Pienso que Carrero no hubiese estado en absoluto de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiese opuesto abiertamente a la voluntad del Rey. Simplemente, hubiese dimitido.

Cuanto más nos acercamos a la intimidad de Carrero, más claro parece su compromiso de presentar la dimisión a Juan Carlos una vez éste hubiese sido proclamado rey.

Testimonios del Gobierno y El Pardo

El ex ministro José Utrera Molina escribió en sus memorias, Sin cambiar de bandera, que el príncipe había arrancado a Carrero la promesa de dimitir con apelaciones a su lealtad:

Cuando escuché de labios de la duquesa de Franco esta referencia que Carrero, al parecer arrepentido, le dio, me quedé consternado. Meses después de su toma de posesión, el almirante tuvo una audiencia con el entonces Príncipe de España, quien le pidió que, si se producía el fallecimiento de Franco, esperaba de su lealtad la presentación de su renuncia. Carrero accedió. Lo que Franco consideró atado y bien atado, de hecho quedó roto.

Y Carmen Franco, la hija del Generalísimo, reveló lo siguiente en Franco, mi padre:

Carrero era una persona que además no habría continuado después de la muerte de mi padre. (...) Yo con Carrero sí hablé alguna vez y él decía que [habría dimitido] inmediatamente, que él había servido a mi padre, pero que el príncipe de España, como le llamaban, el príncipe Juan Carlos necesitaba otra gente totalmente diferente a él. (...) Que no era la persona adecuada. Que el príncipe necesitaba una persona totalmente suya, no anterior.

¿Cabe deducir, por tanto, que el magnicidio fue inútil? En absoluto. Uno de los latiguillos más idiotas que ha producido la democracia es el de que los etarras no conseguirán nunca lo que quieren. Lo cierto es que los resultados de la transición (amnistías, ley electoral, promoción de la izquierda) y el contenido de la Constitución (Estado de las Autonomías, derechos históricos) no habrían sido los que son de no haber existido el terrorismo etarra.

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