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ESPAÑA

Los problemas de Felipe II

Salvador de Madariaga escribe en su España: "Cuando todo estaba dispuesto para publicar una edición [del libro] en París, cambió la escena súbitamente, terminando esta aventura con la publicación de una Historia de España y Portugal fuertemente antiespañola por una editorial protestante. Formidable vitalidad de la sombra de Felipe II".

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La figura de aquel rey español ha sido terriblemente denostada y caricaturizada por sus enemigos protestantes –no sin razones, ya que les infligió considerables derrotas–, y aunque viene siendo objeto, desde hace años, de aproximaciones más objetivas entre historiadores ingleses y otros, la caricatura siniestra persiste con fuerza, incluso en la propia España, como parte no menor de la Leyenda Negra.

Entender la proyección histórica de aquel monarca exige, en primer lugar, valorar los enemigos a los que hubo de enfrentarse, todos ellos de un poder materialmente comparable o superior al suyo. He tratado este crucial aspecto en el capítulo "España y sus adversarios" de Nueva historia de España.

El primero de estos enemigos era el Imperio Otomano, coloso y verdadera superpotencia de la época, varias veces más extenso, poblado y con mucha mayor capacidad de recaudación que España. Un imperio que ocupaba los Balcanes y llegaba a Hungría, amenazaba permanentemente el centro de Europa y poseía casi todo el norte de África; estaba a solo 80 kilómetros de Italia por el Adriático y a distancia escasa del litoral hispano desde Argelia. Disponía de un ejército profesionalizado de entre cien y doscientos mil hombres, algo muy fuera del alcance de cualquier potencia cristiana, y su flota dominaba la mayor parte del Mediterráneo.

En segundo lugar, incluso con mayor inmediatez, venía Francia, una potencia con más del doble de habitantes y mucha mayor capacidad de reclutamiento que nuestro país, y más rica por su suelo y humedad, en una época en que la producción agraria era la base de la economía. Pese a ser católica, Francia había emprendido constantes guerras con España, sobre todo por el dominio de Italia (Milán y Nápoles), ya desde el tiempo de los Reyes Católicos. Y no había vacilado en concertarse con los turcos, cediéndoles puertos, pasándoles información y fomentando su piratería e incursiones contra España.

Un tercer enemigo era Inglaterra, territorial y demográficamente más débil, pero beneficiario de un aislamiento por mar y una situación geoestratégica excelentes para hostigar a Felipe II, sobre todo por medio de la piratería y de la colaboración con otros enemigos de España, particularmente en los Países Bajos. Londres también buscó la alianza con los turcos. Curiosamente Felipe, siendo rey consorte de Inglaterra, aconsejó a los ingleses dotarse de una buena marina, a la vista del estado deplorable en que esta se hallaba por entonces.

A estos tres adversarios, poderosos y encarnizados, había que añadir los protestantes alemanes y holandeses, por una parte, y los piratas berberiscos, por otra. Estos últimos no deben ser subestimados, pues, aunque incapaces de una invasión en regla, hostigaban sin tregua el litoral español, organizaban un tráfico de esclavos o cautivos en gran escala, utilizaban la quinta columna compuesta por los moriscos de la península y obraban a menudo de acuerdo con el poder otomano, que no renunciaba al designio de sustituir nuevamente España por Al Ándalus. Aunque la historiografía tiende a destacar la piratería inglesa, francesa y holandesa, la de los berberiscos causó seguramente muchos más daños y constituyó un peligro mucho mayor, pues en combinación con los turcos apuntaba al corazón del poder hispánico.

Por lo que hace a los protestantes, se hallaban en plena y belicosa expansión desde Alemania y Suiza, propiciando guerras civiles y afectando a los intereses españoles directamente en los Países Bajos e indirectamente, por su posibilidad de fomentar guerras civiles, en la propia España. Cabe señalar, asimismo, que los protestantes, especialmente los calvinistas, procuraron coordinar sus ataques con los otomanos.

Así pues, España hubo de defenderse en todos los frentes posibles: Mediterráneo, Atlántico y América, su propio litoral, Francia, Italia y Países Bajos. Antes de entrar en valoraciones ideológicas debe destacarse la enormidad del esfuerzo exigido y la dificultad extrema de hacer frente a tantos y tan poderosos contrarios. Para ello, Felipe contaba con la alianza del Sacro Imperio, una estructura ineficiente y roída por problemas internos con los protestantes, y con las importaciones de plata de América. Pero la base principal de sus recursos estaba en la parte de la península llamada, por extensión, Castilla, y en Nápoles, que aportaban la mayor parte de los impuestos, ya que el resto de las posesiones apenas daba más que para cubrir sus propias necesidades.

Es normal que un esfuerzo tan ímprobo causara tentaciones de abandonismo, pero a pesar de ciertas opiniones actuales, un tanto gratuitas, Felipe II no habría podido eludir la lucha con todas estas potencias, pues eran ellas las que tomaban, por lo común, la ofensiva contra España. No puede extrañar que a la larga el país quedara exhausto. Lo asombroso es lo contrario, que el país pudiera infligir durante tan largo tiempo fuertes derrotas a adversarios tan peligrosos.

Valorados éxitos y fracasos, Felipe II fue, en balance, un rey victorioso, y victoriosa seguiría siendo España tras su muerte aún por bastante tiempo.

 

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