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ADELANTO DEL LIBRO DE PÍO MOA LOS NACIONALISMOS...

5. Los comienzos del nacionalismo vasco. Sabino Arana, el fundador

Pío Moa publicará próximamente un nuevo libro, titulado Los nacionalismos catalán y vasco en la historia de España, como adelanto editorial del cual, Libertad Digital ofrece esta semana la quinta entrega. El libro aparecerá en Ediciones Encuentro, el mismo sello que publicó su trilogía sobre la segunda república y los orígenes de la guerra civil española.

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Sabino Arana (1) nació en 1865, de una acaudalada familia naviera y propietaria de un astillero. Su padre, carlista, estuvo comprometido en el suministro de armas para el movimiento que daría lugar a la tercera y última guerra carlista, en 1872, cuyo fracaso final, en 1876, le sumió en una profunda depresión. El carlismo quedó prácticamente en ruinas y la familia Arana perdió bastante de su posición económica. Pero no fue sólo una derrota política y militar: también la sociedad vizcaína experimentaba por entonces un brusco cambio, aniquilador de los viejos valores y formas de vida a los que tan apegada estaba la familia Arana. En los años 70, la explotación de las minas de hierro para su exportación había iniciado la industrialización de Vizcaya, completada en los años 80 con la creación de plantas siderúrgicas. Estaba cambiando la composición social y hasta el mismo paisaje, la ciudad crecía con barriadas lóbregas donde se albergaban miles de inmigrantes de otras provincias, gente a menudo desarraigada y sin vida familiar, parte de ella influida por ideas antirreligiosas o revolucionarias.
 
En este clima de rápido cambio, tan deprimente para muchos, Luis Arana, hermano mayor de Sabino, concluyó que el carlismo había fracasado definitivamente, y que el fondo de todo el problema social y político, la causa del declive de la vieja sociedad, radicaba en un hecho por casi nadie reconocido: que los vizcaínos, y los vascos en general, no eran españoles ni debían identificarse con los asuntos de España. A resultas de la derrota carlista, los fueros habían sido definitivamente abolidos, y aunque el suceso apenas despertó preocupación por el momento, iban a convertirse en el símbolo de la añoranza por la vieja sociedad. Luis identificó los fueros con una presunta independencia de Vizcaya, mantenida según él hasta la primera derrota carlista, en 1839, con la cual se habría abierto un proceso de sumisión creciente a España, culminado en la última derrota de 1876.
 
Por aquellos años se discutía bastante en torno al carácter racial de los vascos y a la lengua vascuence, aunque no existía casi nada parecido a un espíritu nacionalista, y el propio Luis carecía de la energía o de la convicción suficientes para levantar la bandera. Pero en la primavera de 1882, el domingo de Resurrección, según se cuenta, en el curso de unas conversaciones en el jardín de la casa familiar de Abando, Luis transmitió sus ideas a Sabino, que las absorbió con auténtica pasión. Sabino era un muchacho enfermizo (se reponía de una  posible tisis galopante) pero de carácter mucho más fuerte que Luis, y se aplicó a estudiar vascuence, pues su idioma materno, como el de tantos vascos, era el castellano, del cual renegó (“lo hablo por desgracia”, escribió alguna vez), pero al que nunca pudo renunciar y que siempre manejó bastante mejor que el estudiado “idioma racial”, como lo definiría.
 
La discusión de Abando ha quedado para los nacionalistas como una auténtica revelación o iluminación, asociada a un día tan simbólico como el domingo de Resurrección, una especie de acto fundacional, de resurrección de la “raza vasca”. Pero Sabino sólo tenía 17 años, y las ideas recibidas todavía habían de fermentar en su cabeza durante diez años. Entre tanto fue a estudiar Derecho en Barcelona, donde debió de recibir algunas influencias de los ambientes catalanistas, y, vuelto a Vizcaya, escribió algunos artículos sobre filología vascuence.
 
Fue a finales de 1889 y durante el año siguiente, cuando dio forma a sus ideales separatistas, concretándolos en varios artículos literarios sobre “Cuatro glorias patrias”. Las glorias, significativamente, consistían en cuatro batallas, las de Padura o Arrigorriaga, Gordexola o Gordejola, Ochandiano (1355) y Munguía (1480), libradas, según él, por los vizcaínos para rechazar las pretensiones de leoneses y castellanos de acabar con la independencia de su tierra. En realidad no existe documentación alguna sobre la batalla de Padura, que él describe con tonos muy vivos y algo pomposos, datándola arbitrariamente el 30 de noviembre de 888 (otros la quieren datar en 870), y probablemente se trata de un hecho legendario (2). Las demás, mucho más recientes, fueron escaramuzas o acciones militares confusas y de escasa significación, ligadas a rivalidades señoriales y banderizas en la propia Vizcaya. Arana las presentó, con razones dudosas, como la manifestación concreta, ratificada con sangre, de una ancestral lucha de Vizcaya por su independencia. Esos artículos, publicados juntos en 1892, bajo el título “Bizkaya por su independencia”, están considerados la primera obra del nacionalismo vasco, acogida con frialdad en Vizcaya.
 
Fue el 3 de junio de 1893, en una merienda-cena en el caserío de Larrazábal, con 23 simpatizantes regionalistas llamados euskalerriacos, cuando Arana pronunció un célebre discurso considerado a su vez el primer acto nacionalista. El orador explicó su evolución política desde la iluminación de Abando, y las convicciones adquiridas desde entonces. En su mente se había formado la potente convicción de que los vascos habían vivido desde tiempo muy lejano en medio de instituciones excelentes, bajo leyes modélicas, manifestadas con el paso del tiempo en los, para él mal llamados, fueros; y de que tan envidiable modo de vida se había deteriorado hasta casi desaparecer, siendo imperativo recuperarlo.
 
A su entender, los males habían empezado ya en el siglo IX, cuando los vizcaínos, olvidando sus instituciones (de ellas sabía Arana mucho menos de lo hoy conocido, que sigue siendo muy poco), habían adoptado la forma de gobierno señorial “españolizándose en sus ideales”. El deplorable suceso “torció en tanto grado las inteligencias y los corazones de los bizkaínos que, produciendo aberraciones tales como la de llamar en los documentos Rey y Señor a quien sólo era Señor y consentir que firmara Yo el Rey (…) causó el más profundo y trascendental de llamarse a sí mismos españoles los vizcaínos; y no rechazado este maldito nombre de nacionalidad por aquel pueblo que (…) no preveía que las generaciones ulteriores habían de caer en la persuasión de que aquél les correspondía por naturaleza”. Definiéndose como “historiador filósofo”, consigue explicarse que sus paisanos se llamaran españoles en “la época de apogeo y engrandecimiento de España”, pero encontraba incomprensible la continuidad de tan nefanda costumbre en épocas de decadencia hispana.
 
Y así, con tales yerros, “aquella Vizcaya que supo guardar su independencia al precio de la sangre de sus hijos, venciendo en mil combates al musulmán, al hispano, al galo y al sajón (…) temida, aunque pequeña, por todas las naciones (…) vedla ya en el siglo XVIII, intoxicada por el virus españolista, anémica y sin fuerzas para oponerse a un contrafuero, y por último en este nuestro siglo despedazada por la furia extranjera, y expirante, que no muerta lo cual fuera preferible, sino humillada, pisoteada y escarnecida por España, por esa nación enteca y miserable”. La culpa principal correspondía a los propios vizcaínos, inconscientes y renegados, y a sus partidos españolistas que “alardeando de amar a Bizkaya, no hacen otra cosa que ultrajarla y ofenderla”. “¡Pobre Bizkaya, si la Divina Justicia no hubiese envainado ya la espada con que tan duramente está castigando acaso tus pasadas culpas, si no hubiese sonado en la Providencia la hora de la restauración!”
 
Esa hora providencial llegaba de la mano del propio Arana, esclarecido en Abando: “Y el lema Jaungoikoa eta lagizarra [Señor de lo alto y leyes viejas, o bien, Dios y fueros] (…) iluminó mi mente y absorbió toda mi atención (…) Levantando el corazón a Dios, de Bizkaya eterno Señor, ofrecí todo cuanto tengo y soy en apoyo de la restauración patria, y juré (y hoy ratifico mi juramento) trabajar en tal sentido con todas mis débiles fuerzas, arrostrando cuantos obstáculos se me pusieran de frente y disponiéndome, en caso necesario, al sacrificio de todos mis afectos, desde los de familia y de amistad hasta las conveniencias sociales, la hacienda y la misma vida”. El lema citado, abreviado en JEL, sería el distintivo esencial del nacionalismo sabiniano.
 
Arana atribuía a su misión verdadero carácter divino, como exclamaría en otras ocasiones: “¡Y aún habrá quienes crean que el nacionalismo euskeriano es una causa puramente humana!”, o “No hay, no ha habido en el mundo ninguna política que en cultura y perfección se asemeja al nacionalismo [vasco]” En corto: “Si ha resonado el grito de independencia SOLO POR DIOS HA RESONADO”.
 
Admitía lo difícil de su empeño y la posibilidad de derrota. En tal caso “abandonaré mi Patria. Pero, tenedlo bien entendido, hijos de Bizkaya, si tan triste suceso llegara, juro, al dejar el suelo patrio, dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres”. Qué terrible recuerdo sería ése no lo especificó, pero expresó a continuación el llamado “juramento de Larrazábal”: “No quiero nada para mí, todo lo quiero para Bizkaya; ahora mismo, y no una sino cien veces, daría mi cuello a la cuchilla sin pretender ni la memoria de mi nombre si supiese que con ello habría de revivir mi Patria”. Dijo estas palabras “en un tono emocional y decidido que asustó”, señala el prologuista de sus obras completas, Martín de Ugalde.
 
Los oyentes ni siquiera le aplaudieron por cortesía, y tomaron su discurso por una chifladura. Sin embargo Arana no hablaba por hablar. Estaba realmente inflamado por su autoatribuida misión, y, lejos de desanimarse, sacó unos días después su primer periódico, una hoja volante sin periodicidad, que pasaría a ser mensual en 1894, titulada Bizkaitarra. La escribía casi él sólo, y con ella difundió su mensaje y ganó algunos adeptos.


(1) En esta exposición periodística prescindiré, por razones de agilidad, de las notas citando las fuentes, que aparecerán, lógicamente en el libro. Sí incluyo algunas notas a pie de página, que contienen ampliaciones o aspectos anecdóticos de interés, pero secundarios.
 
(2) La primera referencia a esa batalla se encuentra en el portugués, Livro das Linhagens, de Pedro Alfonso, del siglo XIV, y fue recogido después en Bienandanzas e fortunas de Lope García de Salazar, memorias de un caudillo banderizo del siglo XV. En una versión, los vizcaínos habían sido mandados por un príncipe  exiliado inglés, en otra por un escocés (Jaun Zuría). La batalla de Padura parece haber sido una leyenda para legitimar la institución señorial, pero como Sabino consideraba nefasta dicha institución, dio el protagonismo a la colectividad vizcaína. Lope García indagó en el pasado, aunque sin método medianamente crítico, mezclando datos y leyendas como era frecuente por entonces. En cuanto a las otras batallas, son de una época en que las provincias vascas sufrían las constantes  y confusas contiendas entre banderías señoriales llamadas de “oñacinos y gamboínos”, que peleaban y se asesinaban entre sí con notable fervor. A esas contiendas se les ha querido encontrar un trasfondo económico o bien político, como entre partidarios de la corona de Navarra y partidarios de la de Castilla. Sea como fuere, durante los últimos tres siglos medievales  devastaron las provincias vascas. García de Salazar fue uno de los banderizos más violentos, y su obra tiene el mayor interés como pintura de su época. Por cuestiones de herencia, o por disputas sobre sus amantes, fue apresado por sus propios hijos y murió envenenado, presumiblemente por ellos.  
 
 
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