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EN LA MUERTE DE GALBRAITH

Adiós a la sonrisa sardónica

John Kenneth Galbraith se ha convertido en uno de los pocos economistas de imprescindible mención para todo defensor del capitalismo. Cualquier liberal está forzado a conocer y refutar los principales argumentos del canadiense, no ya por su solidez y entereza sino por su amplia acogida entre el gran público.

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Galbraith fue toda su vida un fiel servidor del poder político, ya fuera de modo directo (como encargado del control de precios con Franklin Delano Roosevelt, como embajador en la India con Kennedy o como asesor presidencial con Johnson) o, sobre todo, indirectamente (a través de su labor como intelectual orgánico). Fue una persona dedicada por entero a denigrar y desprestigiar el capitalismo para, así, justificar la expansión del estatismo.
 
Como buen historicista, Galbraith creía que habíamos alcanzado un estadio histórico donde las antiguas leyes económicas habían perdido validez, y que, por consiguiente, había que replantearlas a la luz de las nuevas condiciones sociales, caracterizadas por el abandono de la ancestral pobreza y la entrada en un mundo de opulencia y despilfarro.
 
Las nuevas leyes de la economía que el canadiense pretendió rescribir giraban en torno al concepto de "tecnoestructura", o clase gerencial, a la que consideraba la autora de los nuevos regímenes de explotación. En efecto, en el mundo galbraithiano la tecnoestructura consigue no sólo emanciparse de la sociedad, sino nutrirse de ella; no responde ante nadie, y sus beneficios dependen de su autónoma voluntad.
 
Los gerentes de las grandes empresas controlan tanto sus ingresos como sus gastos fijando unilateralmente sus precios y sus costes. Las corporaciones moldean a su gusto la voluntad de sus consumidores y de sus proveedores; tienen un poder omnipotente. De hecho, las dos obras más importantes de Galbraith, La sociedad opulenta y El nuevo Estado industrial, se dirigen a demostrar el control que ejercen las empresas sobre estos dos grupos sociales.
 
En la primera, el economista canadiense desarrolla su conocida teoría del "efecto dependencia". Las sociedades occidentales han alcanzado un nivel de riqueza tan grande que la producción adicional es del todo innecesaria; el consumo desbocado no es racional, ya que no satisface las necesidades privadas de los individuos y, en cambio, reduce la cantidad de servicios públicos que el Estado puede proveer.
 
La sociedad opulenta de Galbraith, por tanto, se caracteriza por una hipertrofia del sector privado frente al público. Las masas desean un incremento de la cantidad y calidad de los servicios públicos, pero los recursos se destinan a un consumo privado superfluo gracias a la manipulación publicitaria.
 
Las grandes corporaciones, en otras palabras, son capaces de crear su propia demanda a través de la publicidad, lo cual reduce el número de recursos que se habrían dedicado al Estado. El consumidor deja de ser soberano y se convierte en un esclavo de las empresas.
 
Los errores de esta teoría son evidentes. El efecto dependencia es un argumento non sequitur; aun cuando las empresas nos crearan las necesidades, eso no significaría que nuestras necesidades primitivas fueran mejores que las inducidas. Como ya apuntara Hayek, las únicas necesidades propias de un ser humano aislado son comer, beber y dormir, por lo que, en ausencia de influencias externas, ni el lenguaje, ni la escritura ni el arte se habrían desarrollado. Para revertir el "efecto dependencia" es necesario permanecer eternamente en la Prehistoria; convertirnos en animales y responder tan sólo a nuestros instintos más primarios.
 
Además, si la publicidad fuera tan efectiva en moldear las necesidades de las personas, ello no significaría ni mucho menos que el sector privado absorbiera parte de los recursos que corresponderían al público. La publicidad más incesante, insoportable y continuada a la que están sometidos los ciudadanos occidentales es la propaganda política. De hecho, el sector público ni siquiera tiene que manipularnos para crecer y expandirse, basta con que haga uso de la coacción policial e incremente los impuestos y el gasto. Y es que hablar de un Estado demasiado pequeño, cuando hoy en día copa alrededor del 50% de la economía, no puede sonar más que a un profundo sarcasmo.
 
Galbraith pretende actuar como un eficaz publicista para crear en nosotros un efecto dependiente hacia el Estado, del que indudablemente salen beneficiados los burócratas a sueldo como él. Su papel es el del intelectual orgánico del régimen: vestir al emperador desnudo. Su éxito es el fracaso de la sociedad civil y de las relaciones voluntarias; el triunfo de la sumisión a la mentira, a la política y al Estado.
 
Si en La sociedad opulenta Galbraith quiso probar la subordinación del consumidor a los dictados de la tecnoestructura, en El nuevo Estado industrial trató de demostrar cómo las corporaciones dominaban también a los proveedores, gracias a su poder monopolístico.
 
De esta manera, las grandes empresas no sólo fijaban los precios a los que querían vender sus productos, sino los precios a los que comprar los factores productivos que necesitaban para su funcionamiento.
 
La tecnoestructura de las corporaciones sólo tenía que determinar el nivel de beneficios deseado para continuar creciendo, perpetuándose como eternos rentistas del libre mercado. Los gerentes ni siquiera eran responsables frente a sus accionistas, demasiado divididos en multitud de pequeñas acciones como para expulsar a los miembros de la tecnoestructura. Los propietarios de las empresas eran, en realidad, un personal pasivo al que se satisfacía con regulares pagos de dividendos; pero el auténtico poder del sistema económico residía en el gerente, auténtico factótum de la corporación.
 
Ante esta perspectiva, el canadiense sólo pudo rememorar el célebre monopolio único de Marx al afirmar que el crecimiento de las empresas era ilimitado.
 
Lo cierto es que el ente empresarial descrito por Galbraith posee todas las características de un Estado socialista: fijación de precios y salarios, imposición de los patrones de consumo y tamaño mastodóntico. Las diferencias son tan minúsculas que, como el propio autor reconoce, no habría ningún problema en sustituirlas por empresas públicas.
 
Ludwig von Mises apuntó que el problema del socialismo consistía en la imposibilidad del cálculo económico en ausencia de precios de mercado. La corporación de Galbraith, sin embargo, es capaz de establecer ella sola los precios de mercado y de seguir obteniendo beneficios. El socialismo, bajo el análisis del canadiense, es perfectamente realizable, no hay problema alguno de cálculo. De ahí que el siguiente paso sea pedir la intrusión del Gobierno en la economía, para conseguir engordar al escuálido sector público.
 
Sin embargo, este análisis también está profundamente viciado. Las grandes compañías siguen sometidas a la competencia, a los consumidores y a los capitalistas; su función es producir aquello que las masas desean para obtener beneficios: en caso contrario, los individuos adquirirán los productos ofrecidos por otras empresas.
 
Las empresas con mayor cuota de mercado son las que mejor satisfacen a los consumidores y, por tanto, las que más ricos han hecho a sus propietarios. Gracias a los beneficios obtenidos a lo largo de su vida, aquellos que colocaron su capital en los proyectos acertados derivaron ingentes ganancias. Si una empresa está dirigida por una tecnocracia ineficiente que ataca de manera continuada los intereses de los consumidores y los capitalistas, es obvio que el precio de sus acciones se derrumbará y será objeto de numerosas ofertas de adquisición, para conseguir despedir a esos gerentes y devolverla a la senda de la rentabilidad.
 
Los análisis de Galbraith se desvanecen al más mínimo zarandeo. Su profesión no fue nunca la de los científicos, sino la de los publicistas que tanto vilipendió. Sus conclusiones económicas conducían inevitablemente a abrazar el socialismo; de hecho, en 1984, poco antes de caer el Muro, no tuvo reparos en afirmar:
 
"En parte, el sistema ruso tiene éxito porque, a diferencia de las economías industriales de Occidente, utiliza toda su mano de obra".
 
Fue el mismo Galbraith que años antes, cuando ya era un reputado keynesiano, había reconocido en su libro La era de la incertidumbre, con una sinceridad entre pasmosa y vergonzosa, que "Hitler fue el auténtico precedente de las ideas keynesianas". De nuevo, claro está, por la capacidad del Gobierno alemán para movilizar a todos los trabajadores del país en una obra común.
 
Dos botones que demuestran cómo el sistema galbraithiano no sólo era erróneo sino que conducía inevitablemente hacia el totalitarismo. Poco más puede esperarse de un autor para quien el Gobierno siempre fue demasiado pequeño y el mercado demasiado libre.
 
Quizá lo más triste y trágico que pueda decirse tras la muerte de un pensador que dedicó toda su vida al estudio de los fenómenos económicos es que nunca llegó a entenderlos. Aferrado a un paradigma caduco y falaz, sólo jugó el papel de tonto útil para los políticos y los burócratas, la auténtica tecnocracia que ha camelado a los ciudadanos occidentales –y entre ellos a Galbraith– con sus soflamas y su virulenta propaganda.
 
Galbraith ha muerto. La libertad y la ciencia económica no lo echarán de menos.
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