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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Amnesia postraumática

Hace menos de tres meses del shock del 9-M, y del momento en que a Rajoy le dio la pataleta y decidió que iba a ganar pero dentro de cuatro años, y no sólo todo el mundo lo ha olvidado, sino que el PP pierde más afiliados y votantes que agua pierde el Canal de Isabel II, y el masón de León que nos preside sigue haciendo de las suyas sin más oposición que la de Rosa Díez, que tampoco se opone en todo, aunque sí en lo de la unidad de España, que no es poco.

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El PP está en crisis interna. Lo que no significa que afiliados y simpatizantes se pasen el día discutiendo y profetizando, que también, aunque sin efecto alguno, sino que la dirección negocia. Rajoy es un zombi político que busca quien lo reemplace, sin darse cuenta de que lo van a reemplazar antes de las próximas elecciones, y se queja de la desatención a los principios que dice haber encarnado. Se ha olvidado de todo: de quién lo puso allí, de que no es un líder y de que se le votó como mal menor, y de que en política el que pierde, pierde. Está aferrado, ahora que se viene el verano, a un trozo de nieve que, a poco que empiece a derretirse, caerá y generará un alud. Y recibe encantado los abrazos y las carantoñas de los barones. Se ha olvidado. A eso se le llama "amnesia postraumática".
 
Los desertores de base, también: han olvidado por qué votaron al PP, y en las consultas que vengan lo harán por el más fuerte: costumbre del pueblo, vivan las caenas y arriba Fernando Siete. Los que abandonan el partido dejando atrás casi toda su vida (San Gil, Ortega Lara, etc.) es que no han olvidado nada. Ellos, con gente como Regina Otaola, por poner sólo un ejemplo, son lo esencial del PP, y han empezado a marcharse. El PP de Rajoy no se deshará por ello, no se disolverá como un azucarillo en el café caliente: sólo que será otro partido, distinto del de Aznar, cuya esposa, como sabemos, ya ha dicho que si María San Gil se iba, por algo sería. Pero sospecho que el destino está ya escrito.
 
Hay gente que nace para el poder y es preparada para ello. A veces, el resultado es excelente: Sir Winston Churchill fue el producto de la ambición de Sir Randolph. Y los Kennedy, de la ambición de mamá Rose. Roosevelt era el sobrino de Roosevelt. Hasta Menem, en un país cuya Constitución exige que el presidente sea católico, apostólico y romano, fue el único hijo bautizado en una familia musulmana. Lo que demuestra que no se trata de una cuestión de principios, sino de decisión de poder. En España, el caso más notable es el de Ruiz-Gallardón.
 
Nadie veía a Felipe González en Isidoro, y si tuvo oposición fue por su ideología, no por su ambición (qué risa, ideología). A Adolfo Suárez lo prohijó con inteligencia Herrero Tejedor, pero las circunstancias ayudaron. A Calvo Sotelo le tocó. A Aznar, hijo de una familia enormemente politizada, sólo se le empezó a ver cuando alcanzó la presidencia de Castilla-León (qué nervioso me pone eso de dividir Castilla en cosas distintas de Castilla). Pero a Ruiz-Gallardón el propósito de llegar, más temprano que tarde, a ser presidente del Gobierno se le ve en cada gesto desde la línea de largada. Y lo más trágico para todos es que lo va a conseguir, probablemente en las legislativas que vienen, o en las otras.
 
Porque está claro que el núcleo duro de lo que Rajoy imagina como su partido estará conformado por el gallardonismo, si es cierto que Pío García Escudero va a la Secretaría General, que es el motor real de una organización política: ya veo a Don Pío de vicepresidente primero, sonriendo a la segunda dama, que quién sabe quién será por entonces, pero que seguro que será progre y ocupará el Ministerio de Cultura. Será un Gobierno muy parecido al actual: la cosa está en que los presidentes cambien, que haya alternancia pero el régimen continúe.
 
El sueño de los padres fundadores del PRI (un verdadero creador, el tipo al que se ocurrió juntar "revolucionario" con "institucional") era ser dos, tres, muchos partidos, pero todos iguales. No lo consiguieron, tuvieron que conformarse con el partido único. Es probable que en España lo consigamos, que lleguemos a tener dos partidos con un solo régimen, una sola ideología (léase: serie de gestos para la galería, populistas y progres): la socialdemócrata, por supuesto. Tarde aprendió Manuel Azaña que, para que España dejara de ser católica, tenía que dejar de ser una, debía fragmentarse (y eso que el hombre no sabía más del islam que lo que había escrito Blas Infante, esa luminaria, el Sabino Arana del alandalusismo).
 
Karl Marx.Allá por 1918, Rosa Luxemburgo dijo aquello de que la socialdemocracia alemana (modelo y guía del resto) era un cadáver putrefacto. Hace noventa años. Ella ignoraba, por supuesto, que el nazismo iba a hacer buena casi cualquier cosa, y que le iba a insuflar nuevo aliento a los despojos del socialismo decimonónico. Pero, con o sin aliento, la socialdemocracia sigue siendo un cadáver putrefacto, el monstruo, no del doctor Frankenstein, sino del doctor Marx y sucesores.
 
Pues bien: han arreglado un poco a la momia antes de pasarla por el aparato eléctrico que le da la vida. La han despojado de su obrerismo, de su clasismo, la han hecho sexualmente ambigua, amante de la naturaleza a su modo, culturalmente popular (ya no se lee a Bakunin en los ateneos proletarios, sino que se ensalza a Sabina y su particular promoción de las drogas), anómica, proislámica y judeofóbica (para dar sitio a los aliados después del desastre de 1945) y, desde luego, anticatólica (no en vano se creó en el universo luterano). No siempre todo esto coincide en los dirigentes, pero en general ha calado en las bases.
 
El régimen zapateril (que podría denominarse Zapaterato o Zapatazo) es médula de la socialdemocracia: masónico, anticatólico, proislámico, sabinero, sexualmente indefinido y decididamente anómico. Es probable que su prolongación gallardoniana no sea tan claramente anticatólica, pero todo se andará: ya tenemos demanda del alcalde a la COPE, en la persona de Jiménez Losantos. Mientras Prisa se desguaza y el régimen se ha dado prensa propia (Público, la Sexta, probablemente en previsión de una privatización turbia de RTVE), yo espero el elogio desmedido de Ernesto Ekaizer al ilustre alcalde. El juego irá de un socialdemócrata a otro, bajo las siglas del PP y del PSOE, y Pepiño derramará lágrimas de cocodrilo.
 
Pues eso: que, olvidado de todo, el zombi Rajoy está trabajando para poner en la Moncloa a Ruiz-Gallardón. El resto es decorado.
 
 
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