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SEMBLANZA

Beckford y Monserrate

Cuando Lord Byron llegó a Portugal y visitó Monserrate, halló en avanzado estado de abandono el jardín que ideó años antes su compatriota William Beckford. Ese abandono, en el que la maleza tupía los senderos y emboscaba las ruinas, era lo más indicado para que una imaginación romántica evocara la presencia de un personaje a quien en cierto modo Byron pudo tener como precursor y modelo.

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Beckford, en efecto, había tenido que abandonar Inglaterra a consecuencia de un escándalo de corrupción de menores y tuvo la suerte de hallarse en París al estallar la Revolución, cuyos magnos espectáculos –el asalto de la Bastilla, la ejecución de Luis XVI– pudo presenciar desde lo alto del caballo en el que seguía las proezas de los sans-culottes. La visión de aquel dandy excéntrico y pedófilo no debió de resultar demasiado ofensiva a “la ciudadanía”, pues al regresar a Inglaterra, las autoridades republicanas le extendieron un salvoconducto en el que hacían constar su satisfacción por haberlo tenido de huésped. La lectura de Vathek, cuento árabe, su gran aportación a la literatura  fantástica, es alucinante y alucinógena, y entrar en sus breves páginas equivale a perderse en el laberinto de un jardín medio borrado por la vegetación.
   
Beckford escribió Vathek en francés, puede porque pensara que el inglés no estaba aún maduro para turpiloquios decadentes, por más que en Inglaterra cundía ya la moda del cuento gótico y, “país de pasiones y catástrofes”, sorbía el seso de los aristócratas y los abates que trabajaban en Francia por dar al traste con el trono y el altar. Esa nostalgia de lo gótico en ruinas se combinaba con la moda del jardín inglés, surgida entre 1720 y 1740, en el que el arquitecto Sir William Chambers, que había viajado a China en su juventud en los barcos de la Compañía Sueca de las Indias Orientales, introdujo elementos orientalizantes.
 
Beckford recaló en Cintra a finales de siglo, entre 1795 y 1799, y arrendó Monserrate a sus dueños, la familia Mello e Castro. Ya otros le habían precedido, pero a él sobre todo se atribuye la configuración del frondoso y abrupto parque en el que, en rebuscado desorden, se mezclan especies autóctonas como el madroño, el acebo y el alcornoque con el abeto de Nueva Zelanda (Metrossideros excelsa), la higuera de las pagodas de la India, la glicinia, el bambú  y el árbol de los escudos del Japón, la araucarias de Norfolk y la de Perth, la yuca, el drago y el ciprés calvo de Méjico, más una profusión de tejos, quejigos, palmeras, rododendros, azaleas, y camelios y helechos arborescentes, muy parecidos éstos en su forma a sus parientas las cicas. En total se contabilizan unas quinientas especies de cinco continentes y entre ellas cascadas, estanques, grutas y una falsa capilla en ruinas.
   
En Monserrate pudo Beckford dar forma plástica a la rebeldía contra el mundo neoclásico en que había nacido. El jardín inglés es la reacción contra el jardín francés; la rebelión de la naturaleza y sus instintos destructores contra el orden, la arquitectura y la geometría del Antiguo Régimen. Beckford, una de las primeras fortunas de Inglaterra –plantaciones de caña en Jamaica– pudo permitirse lujos de transgresión en los que a veces se pasó de rosca con unos salvajismos –ruinas, cascadas– tan artificiales como los setos recortados y la topiaria zoomorfa de los jardines de Le Notre.
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