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ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE PÍO MOA LOS NACIONALISMOS...

El nacionalismo catalán ante la crisis del 98

En la revista La veu de Catalunya, donde escribían  Prat de la Riba, Cambó, Verdaguer Callís y otros líderes, podemos seguir bastante bien la reacción del nacionalismo catalán ante el conflicto del 98. El 17 de abril, cuando la tensión prebélica  culminaba,  analizaba: "No sabemos si vendrán los horrores de la guerra o si España seguirá en paz su camino al derrumbe. Venga lo que venga, España se va al fondo; si de los pueblos que la forman, alguno quiere volver a las alturas, que no se duerma: afloje los lazos y entréguese libremente a los dos grandes instintos de la vida, el de conservación y el de perfeccionamiento". En fin,  con paz o con guerra, "España va adonde tantas veces dijimos que iba, al naufragio, al abismo".

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Así,  el país no tenía remedio, y Cataluña debía sacudirse solidaridades sentimentales. El llamamiento era insistente. El 8 de mayo, conocido el desastre de Cavite,  repetía La veu: "Estamos clavados a una barca que hace agua; si queremos salvarnos, hemos de aflojar los lazos". Sin embargo no llamaba  a romper por completo aquellos lazos, que supuestamente arrastraban a Cataluña al hundimiento. Aunque la razón de esta inconsecuencia no es explicada, se entiende con facilidad: la dependencia de la industria catalana del mercado español era demasiado clara como para que la ruptura no pareciera una demencia a los industriales y clases medias, a quienes iban dirigidas de preferencia las consignas nacionalistas.
 
La veu cargaba sobre "Madrid" todos los males y culpas de la guerra, y exoneraba, o presentaba como víctimas de ella a los catalanes: "Cada vez que, aprovechando la paz, el espíritu activo de Cataluña ha cobrado impulso,  una guerra ha venido a detenerlo". "¿De qué vale que los productores catalanes creen una industria poderosa, orgullo de nuestra raza, que los payeses saquen pan de las piedras a fuerza de trabajo y energía, que los establecimientos de crédito sean ejemplo de buen sentido y administración, si una política interior y exterior, que se avergüenza del cálculo y la previsión, que no quiere pensar en el mañana y que hace gala y vanagloria de no sopesar las consecuencias de sus actos o la dificultad de sus empresas, pone a cada momento en peligro de muerte estas creaciones del genio catalán?"
 
Pero en realidad, los intereses catalanes habían estado entre los más inflexibles partidarios de la "mano dura" en Cuba, y habían pesado en todas las medidas al respecto, acertadas o desacertadas, incluyendo el retraso en la abolición de la esclavitud. Por otra parte, los combatientes voluntarios de esa región habían manifestado el mayor entusiasmo por la Cuba española (1)*. Si había habido imprevisión, no podía separarse de ella a los catalanes, precisamente. Y quedaba sin respuesta, sin plantearse siquiera, la pregunta: ¿había sido posible la paz, cuando los grupos de presión hegemónicos en Washington habían resuelto provocar el enfrentamiento? La agresiva postura useña, no merece examen alguno de La veu, cuya actitud no pasaba del clásico "ya lo profetizaban los catalanistas".
 
Mientras duró la guerra, lamenta La veu, la propaganda nacionalista rebotó contra el sentimiento popular: "La mayor parte de los catalanes se han dejado emborrachar como los gandules de la Puerta del Sol (…) mientras los norteamericanos tratan de conquistas las colonias de España, los castellanos van acabando de conquistar Cataluña", pues "Cataluña recibe a los castellanos que la acaban de conquistar con alegrías y abrazos". Cambó recordará también el sentimiento español dominante en respuesta a la agresión: "cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos de patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos halláramos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras preocupaciones".
 
Conocida la derrota, el ambiente en España cambió. Ante las condiciones  adelantadas por Washington, los nacionalistas de La veu clamaban en torno a "La noticia de la firma de la paz, o sea, de la consumación de la espantosa catástrofe (…) Tenemos la paz, pero una paz espantosa, tenemos la paz, pero una paz que no anima, ni tranquiliza, una paz como debe ser la tumba de los que allí bajan llevando sobre sí el peso de una gran culpa (…) La paz que tanto pedían los catalanistas antes de la guerra, ahora nos la traen los representantes de España, tal vez demasiado tarde".
 
No eran muy sinceros. La derrota, precisamente, daba a los nacionalistas una ocasión de oro, y no la dejarían escapar. Lo que para muchos era una paz efectivamente espantosa, para ellos llegaba como agua tras la sequía. Ya en octubre constataban: "Con las desgracias que nos ha traído la última agitación del españolismo, ha ganado mucho en nuestra tierra el sentir catalanista (…) Es ahora general la tendencia a diferenciar la vida y el interés de Cataluña y los de los otros pueblos de España (…) Todo el mundo dice: "Cataluña, regida por los chiflados y simplones de Madrid, es el pueblo menos pobre y menos atrasado del Estado español; por tanto, si fuera un poco bien gobernado y administrado con inteligencia, sería un pueblo verdaderamente rico". La propaganda nacionalista encontraba por fin terreno fértil.
 
En algunos medios, se complacía La veu,  el nacionalismo tomaba tintes  radicales: "Es un hecho tan grave como queráis, pero cierto de toda certeza, que el separatismo ha hecho aparición en nuestra tierra. Y como nosotros somos al revés que los castellanos (…) que, cerrando los ojos a la realidad, no ven lo que hay, sino lo que fantasean, reconozcamos el hecho y estudiémoslo". En apoyo a su tesis cita una reunión de empresarios, donde casi todos, bajo la impresión de que "Esta crisis no es de paréntesis, sino que es el hundimiento definitivo" mostraron acuerdo cuando alguien dijo que los catalanes debían haber aceptado a Napoleón [que había intentado anexionar Cataluña a Francia] en vez de rechazarlo". Y La veu aprovecha para señalar: "España es el país peor gobernado y administrado del mundo civilizado".
 
Aunque relata  con gusto la "invasión de la idea separatista", señala las causas y el posible remedio: "Qué fácil habría sido evitar estos extremos. Siempre que los castellanos y castellanistas nos han acusado de separatistas, hemos contestado: ¡Mentís! (…) En Cataluña no hay separatismo; pero lo habrá si seguís desatendiendo nuestros avisos y persiguiendo como criminales nuestras doctrinas". Hablar de una persecución como criminales era tan evidentemente exagerado como pretender que fuera del nacionalismo no había salvación. En la misma onda, La veu narraba supuestas conversaciones populares, de buscados efectos soliviantadores, como ésta, de finales de agosto, cuando se preveían las exigencias useñas: "Ahora, sin las Antillas y quién sabe si sin Filipinas, ¿qué haremos con las nubes de empleados gordos y chicos que allá tenían la pitanza?" Cuestión respondida por un "hombre que había visto mucho mundo": "¿No sabéis qué frase es ahora muy popular entre los pensionados de la administración y aspirantes a serlo? Dicen: Bueno; hemos perdido Cuba y Filipinas, pero nos queda Cataluña".
 
En definitiva, el desastre general no dejaba de ser todo lo contrario para los nacionalistas: "La guerra (…) ha resultado para los catalanes una lección luminosa". "Ha engendrado un nuevo estado de espíritu catalán". "Es la hora de que el pueblo catalán tome grandes resoluciones".
 
El origen de los males saltaba a la vista: "No hay símbolo como el Don Quijote para la raza que ha llevado a España a la actual ruina". La imagen del caballero manchego aparecía como la negación misma del espíritu catalán, práctico y sensato, y no se le ahorraban desprecios, así como al idioma de los hidalgos. "Hora es de que España aproveche la experiencia. Pero no tengáis miedo, no la aprovechará. Es la eterna patria de Don Quijote, como tal ha obrado y obrará siempre". No era fácil identificar a los políticos madrileños, de un pragmatismo a ras de suelo, con Don Quijote, pero tampoco importaba mucho. Además, "para la gente de Madrid nuestra industria es una mina inagotable", a cuyo florecimiento y seguridad nunca había contribuido lo más mínimo, según los nacionalistas. De ahí que criticase iniciativas como la del jurista catalanista Durán y Bas, que pensaba en una regeneración global de España. Los catalanes sólo debían ocuparse de sí mismos. Es más, el estado menesteroso en que parecía haber quedado Madrid, ofrecía las mejores oportunidades para imponerse a sus antaño arrogantes y siempre ineptos y necios políticos: "La situación del Estado  español es desesperada”, analizaba ya el 31 de julio, y no tanto por la derrota como por la quiebra de la Hacienda. Ahora, "De Cataluña son la industria y el comercio (…) y su poder es tan importante que pueden y deben hacerse respetar por los políticos españoles". Por todo lo cual creía oportuno aconsejar, en referencia a los tratos con Madrid: "conviene que nuestros fabricantes no olviden el carácter de los castellanos (…) Ellos son fuertes ante el débil, orgullosos ante el humilde, siempre soñadores, siempre idealistas". Con ellos "son inútiles todas las razones  nacidas de una convicción hija del cálculo y de la práctica".
 
Yendo más allá, en un artículo comparaba el año 1714, triunfo de Felipe V, que habría arrebatado la "libertad" al principado, con el año 1898, en que las tornas habían cambiado drásticamente: "Es hora de que Cataluña, encarándose a los que gobiernan, les diga: "vuestra dominación me ha sido fatal; sólo puedo esperar la muerte de vosotros, y yo deseo vivir". "España está definitivamente perdida. Su tan pregonada regeneración es un imposible".
 
Se imponía, por tanto, un trato duro e intransigente a la Madrid ya  humillada por la potencia yanki. Criticando claudicaciones de los republicanos ante el sistema de la Restauración, advertía: "Quienes hacen cambiar de camino a las naciones, quienes las elevan (…) no son quienes, con carácter afeminado, sólo saben luchar contra el enemigo haciendo inexplicables equilibrios, sino los caracteres sinceros que no se doblegan".
 
En definitiva, el nacionalismo ofrecía a los catalanes la oportunidad de librarse del agobiante peso de la derrota y cargarlo enteramente sobre la detestada "Castilla". Y como suele ocurrir, cierto número de personas recibieron con alivio la explicación y la incitación oportunista. Además, señala Cambó, "La pérdida de las colonias (…) provocó un inmenso desprestigio del Estado, de sus órganos  representativos  y de los partidos que gobernaban España", y por otra parte, "El rápido enriquecimiento de Cataluña, fomentado por el gran número de capitales  que se repatriaban de las perdidas colonias, dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas, dirigidas a deprimir el Estado español" (…) Como en todos los grandes movimientos colectivos, el rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias, porque  los cambios en los sentimientos colectivos nunca se producen a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas".
 
En esa vía, el 27 de noviembre publicaba La veu una proclama que reproducía otras más antiguas, partiendo de las Bases de Manresa, con lenguaje rayano en la insolencia, y advirtiendo que ya no tolerarían los enredos y falsificaciones típicos de Madrid: "Queremos la lengua catalana con carácter oficial y que sean catalanes todos los que en Cataluña desempeñen cargos públicos; queremos Cortes catalanas, no sólo para estatuir nuestro derecho y leyes civiles, sino cuanto se refiera a la organización interna de nuestra tierra; queremos que sean catalanes los jueces y magistrados y que se fallen en Cataluña en última instancia los pleitos y causas; queremos ser árbitros de nuestra administración, fijando con entera libertad  contribuciones e impuestos, y queremos, en fin la facultad de contribuir a la formación del Ejército español por medio de voluntarios o dinero, suprimiendo en absoluto las quintas y levas en masa, y estableciendo que la reserva regional forzosa preste servicio sólo en Cataluña".
 
Algunas de estas exigencias sonaban extrañas. Su concepto del ejército tenía más de medieval que de moderno, y suponía dotar a la autonomía de un poder militar inaceptable para el estado. Por otra parte, los autores de la proclama no se oponían seguramente a que en otras regiones desempeñaran cargos públicos los catalanes. Además, ¿debían excluirse de dichos cargos a los venidos de otras regiones que no compartieran las tesis nacionalistas? ¿Y a los propios naturales de Cataluña opuestos a esas demandas? Evidentemente, por "catalanes" debía entenderse "nacionalistas" o afines, como así ocurriría en lo sucesivo, y de modo muy emocional (2)*.


(1)* Las típicas canciones  españolas  llamadas “habaneras” son una creación catalana, e indican  también la estrecha vinculación de Cataluña con Cuba.
(2)* Estas concepciones  siguen teniendo fuerte proyección: “Un autor cuya lengua vehicular no sea el catalán no forma parte de la literatura catalana. Como dice el poeta Narcís Comadira, (…) los escritores que escriben en castellano en Cataluña  son catalanes escritores, pero no escritores catalanes (…) Nunca he negado que aquí se pueda hacer poesía en lengua castellana o en otra cualquiera (…) Pero no hacen poesía catalana; son catalanes que hacen poesía castellana –o española si lo prefieren–”. Es decir, la cultura catalana no es española, y la gran obra literaria de los catalanes en el idioma común español, a lo largo de siglos, no es catalana. Y ello pese a que el español común no sólo es conocido de todos los habitantes de la región, sino que la mitad de ellos, aproximadamente, lo tienen por lengua materna y de comunicación habitual. O diarios tan importantes  y tradicionales como La Vanguardia no serían propiamente catalanes. 
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