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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Cambiar de ideas

En este país cainita, cuando uno, tras arduos esfuerzos, cree empezar a ver claro y decide que lo que hasta ahora le parecía bien tiene sus vueltas y hasta puede parecerle mal, es inmediatamente acusado de chaquetero, palabra que designa el oportunismo extremo a la hora de cambiar de uniforme. Lo que, en principio, nos obligaría a todos a sostenella y no enmendalla desde la infancia hasta el día del Juicio Final. Evolucionar está mal visto.

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Sin embargo, la democracia que vivimos y que nos ha permitido treinta años de prosperidad y libertades, mal que le pese al zapaterismo, fue construida en su día por hombres que cambiaron de idea. Adolfo Suárez fue precedido en ese paso de un lado al otro del espectro político por grandes intelectuales del régimen franquista que acabaron sus días como maestros de la izquierda, como nos recuerda con acierto César Alonso de los Ríos en Yo tenía un camarada, libro en el que narra la deriva ideológica de Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren, Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar, el padre Llanos, Gonzalo Torrente Ballester, Joaquín Ruiz Giménez, José María de Areilza, Josep Maria Castellet o Alfonso Sastre, entre otros.
 
Todos ellos fueron cambiando con los años. Algunos con total sinceridad, haciendo con las taras de su tiempo lo que no pocos de nosotros hicimos más tarde con las taras del nuestro: pasaron del fascismo a la democracia reconociendo que se habían equivocado en su elección juvenil, de idéntico modo a como nosotros pasamos de las más diversas variantes del comunismo a la democracia. Otros sin sinceridad alguna, intuyendo la nueva época y buscando su lugar en ella para no perder los beneficios de que gozaban en el pasado. Unos, convirtiéndose y abrazando la nueva causa de la izquierda con el mismo fanatismo con que antes habían abrazado la del franquismo y hasta la del nazismo. Otros, entendiendo que no correspondía pasar de una fe a otra, dedicándose simplemente al desarrollo de las libertades.
 
La lista es muy larga, mucho más larga que la que proporciona Alonso de los Ríos, que incluye extremos como el de Vicens i Vives y el de Manuel Sacristán. De hecho, creo que las conversiones comenzaron en el curso de la Guerra Civil, con los que se pasaban de un lado a otro, del republicano al nacional y viceversa, hartos de las miserias que veían a diario en su bando de origen.
 
Santiago Carrillo (talla de Tino González).A partir de 1940, pareciera que todos los desplazamientos se han operado de derecha a izquierda. No obstante, no es del todo así. Santiago Carrillo pasó, al menos formalmente, del comunismo a la socialdemocracia. Ramón Tamames hace tiempo que no es el comunista del último franquismo y la primera transición. La izquierda radical de los últimos 60 y primeros 70 se aposentó cómodamente en el PSOE. El PP de Aznar llevó un número considerable de gente que fue de izquierdas a cargos de relieve: piénsese en Cristóbal Montoro o en Celia Villalobos, a los que sus ex compañeros denigraron y denigran con verdadera pasión. La derecha recibe en general con complacencia a los conversos. La izquierda, en cambio, no perdona: el pecado original de la derecha es castigado por toda la eternidad, y el paso a la derecha, perseguido con saña.
 
Lo digo con pleno conocimiento de causa. Yo sé lo que puede llegar a costar un cambio de esas características en todos los terrenos: el de la amistad, el económico, el de la presencia en prensa, el del reconocimiento social en general. El esfuerzo moral e intelectual que representa la revisión completa de las ideas que te han motivado durante más de la mitad de tu vida, la desprogramación de los tics ideológicos de la secta, es enorme. Y al otro lado no hay nadie esperándote. Más bien al contrario: hay mucha gente que sigue viéndote tal como eras hace cinco, diez, quince años, y a la que le cuesta hasta hablar contigo. De modo que, para que esa transición se cumpla en la conciencia de los demás, hay que ir haciendo público tu proceso. Y eso requiere coraje. No hace mucho, un notable escritor argentino me preguntó con un punto de admiración: "¿Pero vos ya te definís públicamente como liberal?". Pues sí.
 
La idea de la superioridad ética e intelectual de las izquierdas está tan arraigada que cabría formular ese interrogante así: "¿Se puede ser escritor y de derechas? ¿Te pueden tolerar ese desafío?". La respuesta no es tan obvia como parece a primera vista. Graham Greene, por ejemplo, católico, leal a la Corona británica hasta el punto de espiar para ella y tremendamente crítico con el comunismo durante la Guerra Fría, ha sido cooptado por las izquierdas a partir de sus simpatías por Torrijos y su visión de la revolución mexicana en El poder y la gloria. Era un hombre de derechas con concesiones literarias al populismo, y eso bastó para que fuese adoptado por las izquierdas.
 
Desde luego, hace largo tiempo que no están disponibles en las librerías obras de Malaparte o de Mauriac. En cambio, sí se reedita con frecuencia a Louis-Ferdinand Céline, cuyo nazismo militante todos eligen olvidar y cuyo antisemitismo notorio comparte sin duda una importante porción de las izquierdas. Dicen que es un escritor tan grande que hasta esa inmundicia se le disculpa. Como si hubiera grandeza capaz de disimular ese espanto, y como si la grandeza literaria se alcanzara al margen de la humanidad.
 
En España, la situación es lo bastante terrible como para que un estudioso de la literatura, Julio Rodríguez Puértolas, comunista, al menos en los tiempos en que publicó el libro, escribiera una Historia de la literatura fascista española, en dos volúmenes, uno de ellos antológico, en la que figuran desde Torrente hasta Cela, pasando por Pla, D'Ors, Ridruejo o Pemán, todo muy en estilo memoria histórica. Se da por supuesto que ésa que ahí se reseña no es literatura para leer, sino simple prueba de la infamia de quienes no sostuvieron a la República, o fueron católicos, o militaron en una Falange de la que poco queda y a la que pocos reproches se pueden hacer desde el comunismo chequista de los años de la guerra.
 
Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón.Quiero decir que lo que un hombre se juega en el cambio de ideales no es la fama, sino la gloria. Por supuesto que la historia dirá mentiras, como sostenía Shaw, pero éstas son mentiras del presente que condicionan lo que será nuestra memoria.
 
El paso de la derecha a la izquierda es aún más difícil que su opuesto, como se ve en la citada Historia de la literatura fascista, en la que no hay piedad para nadie que alguna vez haya sido otra cosa. Tal vez porque en la derecha española hay unos niveles de debate que no hay en la izquierda (el PP admite con naturalidad en sus filas a Vidal-Quadras, a Piqué, a Gallardón, a Esperanza Aguirre, a Mayor Oreja: gente unida por algunos objetivos superiores pero que va de posiciones liberales a socialdemócratas y del jacobinismo español a la tolerancia con los nacionalismos periféricos).
 
En ese tránsito, hay un caso que roza el patetismo: el de Jorge Verstrynge. La última vez que lo vi personalmente fue en el minimitin al que Felipe González convocó a los intelectuales, poco antes de las elecciones de 1993, en el Círculo de Bellas Artes.
 
Verstrynge era un hombre rubio, elegante y comedido, y me dio la impresión de estar entusiasmado con lo que consideraba su nuevo medio: el PSOE. Venía de ser secretario general de AP. Tenía poco que ver con el personaje actual, al que he visto en televisión encanecido y con hebras oscuras en el pelo, disfrazado con una especie de chaqueta militar y vociferando a favor de Chávez, el único que le ha acogido y le ha dado un lugar, como asesor en asuntos militares (porque ha escrito un libro sobre "la guerra asimétrica", del que el Gobierno venezolano ha adquirido 30.000 ejemplares). Por otro lado, ha generado el "Informe Verstrynge sobre Inmigración", en el que hace un análisis del problema en España que poco tiene que ver con las posturas oficiales de los partidos, con la corrección política ni, desde luego, con la izquierda.
 
Dos veces en su vida, Winston Churchill cruzó la Cámara de los Comunes de un lado a otro: para pasar del Partido Conservador al Liberal y, muchos años más tarde, para pasar del Liberal al Conservador. Dijo entonces que "cualquiera puede cambiar de partido, pero se necesita cierta imaginación para cambiar dos veces". Y se necesita también ser Churchill. Absolutamente nadie en Inglaterra le reprocha esas variaciones, y mucho menos su biógrafo, el socialdemócrata (¡!) Roy Jenkins. Pero claro, es Gran Bretaña.
 
 
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