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ECONOMÍA

Comparaciones odiosas: Bill Gates y Carlos Slim

Cada año, la revista Forbes publica la lista de los hombres más ricos del planeta. Durante mucho tiempo, el primer puesto ha pertenecido al norteamericano Bill Gates, pero en julio de 2007 causó sensación la noticia de que la fortuna del mexicano Carlos Slim había superado a la del fundador de Microsot. Tanto a Gates como a Slim se les acusa de haber amasado sus fortunas gracias a los monopolios. Pero ¿realmente son comparables? ¿Acaso el origen de sus respectivas fortunas se asienta sobre las mismas bases éticas y económicas?

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Responder esos interrogantes es fundamental para comprender por qué en algunos países las personas muy ricas suscitan una profunda animadversión y en otros, en cambio, son objeto de admiración.
 
Hay dos maneras de enriquecerse: una pasa por servir a nuestros semejantes; la otra, por explotándolos. Para hacer lo segundo, es preciso contar con la complicidad del poder político.
 
Gates es un paradigma de la primera vía hacia la riqueza; Slim lo es de la segunda.
 
Gates es un exitoso emprendedor. Ha puesto al alcance de millones de personas de todo el mundo innovadoras tecnologías, que han facilitado a aquéllas las cosas. Son innumerables sus aportaciones al comercio, ha hecho importantes inversiones en nuevas tecnologías y puesto en manos de sus clientes un elogiable sistema de atención.
 
Si 9 de cada 10 computadoras utilizan algún sistema Windows es porque los consumidores los prefieren a los de la competencia. Gates se enriquece únicamente en la medida en que los demás consideran que obtienen beneficios de lo que les ofrece.
 
La riqueza de Slim se sustenta en bases completamente diferentes.
 
En América Latina se han venido produciendo privatizaciones desde la década de los 70. Ahora bien, en la mayoría de los casos lo que se ha hecho ha sido transferir monopolios públicos a manos privadas. El más claro ejemplo de esto tuvo por protagonistas a Telmex (Teléfonos de México) y a su comprador: Carlos Slim...
 
Los mexicanos no pueden elegir entre diferentes compañías telefónicas; como consecuencia de ello, sufren las tarifas más elevadas del continente. Sus habitantes pagan tres veces más por hacer uso de la telefonía móvil que los de Suecia o Dinamarca. Está claro que los consumidores mexicanos de telefonía móvil están siendo obligados a incrementar el patrimonio del señor Slim.
 
Felipe González y, en segundo plano, su gran amigo Carlos Slim.Estos dos ejemplos ilustran que no todos los monopolios son iguales. Y que el problema reside en la injerencia del poder político en los asuntos económicos.
 
En un mercado libre, la única manera de alcanzar la prosperidad pasa por brindar a la gente aquellos bienes y servicios que demanda. Esta realidad lleva implícita la posibilidad de ascenso social. De ahí que en los lugares en que las reglas del juego son claras e iguales para todos se admire a las personas ricas y se las tenga por referentes. En cambio, donde prevalecen el mercantilismo y el intervencionismo, las influencias políticas bloquean la competencia, la gente es sometida a expolio y las posiciones sociales quedan petrificadas. Y, claro, los multimillonarios suelen estar muy mal vistos y generan resentimiento.
 
En un reciente debate organizado por la Fundación Círculo de Montevideo, Slim opinó que los Gobiernos deben reducir la "mortalidad empresarial", para lo cual propuso que facilitasen a las compañías el acceso al crédito. Asimismo, añadió que los países no deben "abrirse totalmente", sino que deben hacerlo "inteligentemente", como Brasil.
 
No resulta sorprendente que a Slim le disguste la competencia y el libre mercado. Su éxito no se dirimió en la arena económica, sino en la política.
 
La lección que podemos extraer de una comparación entre Gates y Slim es que ni todos los monopolios son perjudiciales, ni todas las riquezas son justas.
 
 
© AIPE
 
HANA FISCHER, analista uruguaya.
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