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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Carta abierta a Trinidad Jiménez

Querida Trini: Sé que hace años me leías. Cuando estábamos más próximos políticamente. Espero que alguien te haga llegar esta carta, que aparentemente trata sobre el tabaco, pero que en realidad está dedicada al absurdo.

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No quiero hacer una defensa del tabaco. Está más que hecha. Y como no has prohibido la venta, sino que quieres prohibir que se fume por ahí, es de esto de lo que quiero hablar. Por supuesto, soy fumador. Si no, ni siquiera me hubiese puesto a meditar sobre el asunto. Además, odio pagarle al Estado todo lo que le pago –España recauda por impuestos al tabaco 8.000 millones de euros cada año–. Cada vez que compro un paquete de cigarrillos, lo hago a plena conciencia de que una parte sustancial del precio que abono en el estanco va a parar a manos del Estado, para que lo administren aquellos que lo ocupan y se lo gasten, por ejemplo, en campañas contra el tabaco.

La prohibición de fumar en determinados lugares, sobre todo restaurantes, ha sido un atentado contra una noble institución: la sobremesa, en la que siempre se han anudado las mejores y las peores pasiones, desde el enamoramiento hasta las disputas familiares. Yo quiero conversar cómodamente con parientes y amigos, con café, copa y la labor de tabaco que sea, no necesariamente un puro; pero me levanto, y conmigo más de uno de los presentes, y salgo a la calle a por mi dosis. A veces, en busca de un sitio cutre y libre donde acabar la ceremonia. La prohibición –cabe reflexionar sobre el alcance del término, a la vista de lo sucedido con el alcohol en los Estados Unidos– ha generado siempre clandestinidad, desgaste de relaciones y marginación.

Como los americanos, buenos puritanos, encuentran habitualmente alguna salida para que el pecado se ejerza sin perturbaciones, en Washington se fuma más de lo que tú estás dispuesta a permitir aquí. En el Holiday Inn en que me tocó parar hace un par de años había tres bares: aunque no en la habitación, no en la intimidad por la que uno paga al alquilarla, en uno de ellos se podía fumar: en ese desayunábamos y tomábamos la última copa los negros del lugar y yo, además de un colega español al que no nombro para no meterlo en ningún fregado. El segundo día comí con un funcionario de nuestra embajada en un restaurante que era dos: con la cocina en común, tenía dos entradas y dos nombres, el uno, más caro, para no fumadores, el otro, más barato y más cutre, para fumadores. Uno hace su vida, al margen, pero la hace.

Lo cierto es que la prohibición no es buena para fomentar amores y amistades. No te digo nada si viene de la mano de una campaña contra una enfermedad fantasma, de la que se sabe poco y se cura menos, en la que el Ministerio que este momento ocupas recomienda: "No beses, no des la mano, di hola". Dan ganas de no decir nada y de ponerse a abrazar a la gente por la calle a lo loco, con el riesgo de que algún convencido por la propaganda te dé una hostia pensando que le vas a contagiar por lo menos el sida.

Pero el asunto tiene más aspectos que el deterioro de los vínculos humanos. Hay una estadística que dice que en no sé qué país europeo que instauró la prohibición total se ha salvado en un año la vida de mil camareros que eran fumadores pasivos, víctimas, supongo, de la crueldad cuasi esclavista del capitalismo, que a nadie se le ocurre prohibir. Es una estadística a todas luces imposible, dada la movilidad del empleo en hostelería y el mucho empleo en negro que caracteriza al sector. Forma parte de la campaña de terror general a la vida, que incluye la "epidemia de miedo" de la gripe A, como la definió el presidente del Consejo General del Colegios de Médicos, Juan José Rodríguez Sendín. Que se hace desde el Ministerio de Sanidad, obvió añadir.

La estadística, que es el gran referente de los antitabaco, es una técnica perversa, entre otras cosas porque no siempre es fiable, depende de la calidad profesional de quien la ejerce y de la cantidad de matices que se introduzcan a la hora de elaborarla y de comunicarla.

Por otro lado, tu ministerio, que yo creía que ibas a dirigir con mayor sensatez, promueve –tú misma promueves– una reforma de la ley del aborto con el argumento de que es un derecho. Derecho de la madre a decidir si su hijo vive o no. Bastante peor el asunto que si esa madre fuese fumadora y continuara en el vicio, convirtiendo a su hijo en fumador pasivo, cosa que sí estás decidida a no permitir. Y es que, como dice tu colega Bibiana Aído, el feto no es un ser humano hasta no sé qué fecha. En la España de 2007 no se pudieron salvar, por la laxitud de la ley, las vidas de mil camareros, pero se hicieron 122.000 abortos. Ciento veintidós mil, lo pongo en letra, como en los cheques, para que no quepa duda sobre la cifra. Con la ampliación, tendremos muchos más. Y no es una estadística, es un recuento.

Por un tercer costado, tu ministerio promueve el derecho amenabariano a morir cuando se quiera, si no lo hace antes un doctor Montes. Dentro de poco podré elegir mi muerte para evitarme sufrimientos o por un quítame allá esas pajas que ya determinará la reglamentación de la pertinente ley, que en la reglamentación, como sabía Romanones, está la clave.

¿Por qué quieres permitirme morir a manos de la sanidad pública o suicidándome con ayuda y no quieres permitirme morir de infarto o de cáncer de pulmón cuando me llegue la hora? No te voy a atribuir la maldad que subyace a esa turbia elección porque sólo quiero razonar contigo, no condenarte, pero la cosa pasa por el precio: es más barato para la sanidad pública una muerte digna o una sedación terminal, que son los modos en que se ha resuelto llamar a esa forma del suicidio asistido o del asesinato legal por parte de un médico autorizado por el Estado, que la atención de un cardíaco o de un canceroso. Aunque uno tenga de sobra pagado el tratamiento, en prescindencia de lo que aporte a la seguridad social, mediante impuestos al tabaco de toda una larga vida de fumador –los sesenta y dos años que yo tengo, o los ochenta y cinco que tiene mi madre: ¿sabes cuánto hemos pagado?–. La cuestión es por qué el Estado, que ha cobrado de sobra para atenderme gratis durante décadas, tiene que emplear el dinero en eso y no en cosas útiles como el plan E, de peatonalización de calles por las que nadie pasea, como sucede en unos cuantos municipios de los alrededores de Madrid, que son de facto ciudades dormitorio.

Por último, una vez expuestos mis criterios, me siento en el deber de decirte que no conozco casos de prohibiciones que hayan ayudado a ganar elecciones: la gente agradece mucho que la dejen vivir a su manera y morir a su manera. Hace muchas décadas, algunos gobiernos europeos conscientes de esa necesidad, sin ponerse de acuerdo en ninguna instancia superior como la OMS, burocracia entonces inexistente, crearon marcas de tabaco de precio accesible para que hasta los pobres se consolaran en medio del desempleo y el desbarajuste general de varias guerras mundiales: así nacieron los Celtas, los Nazionale, los Gauloises, todos cigarrillos con nombres de mito estatal, que producían unas empresas monopólicas propiedad de los respectivos Estados. Fidel Castro prohibió muchas cosas y dedicó larguísimos discursos a explicar por qué había que dejar de fumar, por la salud individual y por necesidades de exportación de uno de los pocos productos abundantes en la isla, pero se siguieron fabricando los Populares.

Los gobiernos del PP tenían en cartera el tema del tabaco: tú continúas en esto la obra de Elena Salgado, pero también la de Ana Pastor, la avanzadilla en este terreno. Pero creo que Aznar percibió que no se trataba precisamente de una medida popular ni electoralmente conveniente.

¡Ah! Y sí, quebrarán muchos pequeños establecimientos que hoy subsisten, sobre todo, porque en ellos se puede fumar cuando se toma el café. Después, los clientes comprarán el café en la máquina o en el Starbucks y se irán a fumar a la calle.


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