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CAMBIO CLIMÁTICO

Conque no hay debate, ¿eh?

El otro día el presidente Obama felicitó a la Cámara de Representantes por aprobar la Waxman-Markey, un monumental paquete legislativo sobre racionamiento energético que se traducirá en la mayor subida de impuestos de la historia de la nación. Esta ley encarecerá prácticamente todo lo que tenga que ver con la energía; es decir, prácticamente todo.

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El presidente no dijo nada por el estilo en su alocución sabatina, pero el año pasado se mostró más claro que el agua: en una entrevista que mantuvo con el San Francisco Chronicle, explicó con toda la calma de mundo cómo iba a funcionar el sistema de compraventa de emisiones de CO2, sobre el que descansa la Waxman-Markey:
Con mi sistema de compraventa de emisiones, las tarifas eléctricas se dispararán, necesariamente (...) porque voy a imponer límites a la emisión de gases de efecto invernadero, a las plantas térmicas, al gas natural, a todo lo que se le ocurra (...) [Las industrias relacionadas con este sector] tendrán que reconvertir sus procedimientos. Eso costará dinero, y [los responsables de esas industrias] trasladarán los costes al consumidor.
Durante la misma entrevista, Obama sugería que su política energética forzaría la quiebra de la industria del carbón. "Si alguien quiere construir una central térmica, que lo haga, [pero] se arruinará, porque se le va a cobrar una suma enorme por todos los gases contaminantes que emita".

La excusa esgrimida para provocar semejante catástrofe económica es, por supuesto, la catástrofe del calentamiento global antropogénico; una catástrofe, esta última, que sólo podremos evitar si abandonamos los combustibles fósiles, de los que depende la mayor parte de la prosperidad y la productividad en estos días.

Pero ¿y si esa catástrofe no fuera tal? ¿Y si el cambio climático tiene poco o nada que ver con la actividad humana? ¿Y si el sistema obamita significase incurrir en gastos asfixiantes para obtener beneficios prácticamente inapreciables?

¡Chitón!, dice Obama. Eso no se pregunta. Y si alguien lo hace, pues ni caso. "Ya no hay debate en torno a si la contaminación está poniendo en peligro el planeta", afirmó. "Está sucediendo".

¿Que no hay debate? El presidente –como Humphrey Bogart– debe de estar mal informado. El debate está vivo como muy pocas veces lo ha estado, y no sólo en América. "En abril, la Academia Polaca de Ciencias publicó un documento en el que se cuestiona el calentamiento global antropogénico", informaba Kimberly Strassel en The Wall Street Journal el otro día. "En Francia, el presidente Sarkozy quiere colocar a Claude Allegre al frente del nuevo Ministerio de Industria e Innovación. Hace veinte años, Allegre fue de los primeros en dar la alarma sobre el calentamiento global de origen humano, pero el geoquímico se ha retractado de esas posiciones (...) El noruego Ivar Giaever, premio Nobel de Física, desecha [las tesis del calentamiento global antropogénico] como 'la nueva religión'".

En cuanto al prestigioso físico Hal Lewis (profesor emérito de la Universidad de California en Santa Bárbara), me envía por correo electrónico la copia de una declaración que él y otros científicos –como los físicos Will Happer y Robert Austin, de Princeton, y Laurence Gould, de la Universidad de Hartford, y el experto en clima del MIT Richard Lindzen– han remitido al Congreso. "El cielo no se derrumba", escriben en ella. Y añaden: lejos de estar calentándose, "la Tierra lleva diez años enfriándose", algo que no fue previsto por los modelos informáticos que utilizan los "alarmistas".

La revista Fortune elaboró hace poco un perfil del veterano climatólogo John Christy, coautor del informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático en 2001. Con sus credenciales verdes, observaba Fortune, Christy es la bestia negra de los alarmistas: y es que se trata de un destacado climatólogo sin vínculos con las petroleras que ha obtenido cantidades fabulosas de datos que socavan los argumentos de quienes sostienen que la atmósfera se está calentando a un ritmo inusual; asimismo, cuestiona que los remedios de los que se habla en el Congreso vayan a servir de algo.

Nadie que se preocupe por el medioambiente o el bienestar económico de la nación debería considerar intocable la idea de que el cambio climático representa una crisis, o que las medidas económicas que se están barajando son esenciales para salvar el planeta. Son centenares los científicos que rechazan la letanía ecoalarmista. Y cada vez es más larga la lista de excelentes libros que explican los datos disponibles con claridad y exponen los puntos débiles del escenario apocalíptico: entre ellos se cuentan Climate Confusion, de Roy W. Spencer; Climate of Fear, de Thomas Gale Moore; Taken by Storm, de Christopher Essex y Ross McKitrick, y Unstoppable Global Warming, de S. Fred Singer y Dennis Avery.

Si la posición de los alarmistas fuera inexpugnable, no deberían temer al debate. Los 212 congresistas que votaron contra la Waxman-Markey no creen que el asunto esté cerrado. Y tienen razón.


JEFF JACOBY, columnista de The Boston Globe y The New York Times.
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