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ECONOMÍA

Japón, campo de pruebas comunista

La obsesión de todos los inflacionistas ha sido siempre manipular la cantidad de dinero para, de alguna manera, estimular el crecimiento económico.

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Desde que ese perspicaz hijo de banquero llamado John Law observó que las economías más ricas, como su Escocia natal, eran también las que tenían más dinero en circulación, una parte de la profesión –siempre en la marginalidad hasta el advenimiento de Keynes– no dejó de buscar mecanismos para incrementar la cantidad de dinero.

El propio Law propuso emitir billetes respaldados por las tierras nacionales, sistema que en Francia tuvieron el placer de experimentar dos veces (primero bajo la dirección del propio Law y luego con los asignados revolucionarios) con idéntico resultado: hiperinflación y muerte de la moneda.

El pobre Law nunca llegó a comprender que, si bien es cierto que en las sociedades más ricas (con más ahorro) se dispone también de más crédito, lo contrario no es cierto: un mayor crédito no genera automáticamente más riqueza. Por tal confusión teórica llevada a la práctica, sus ideas sufrieron un casi completo descrédito durante generaciones (no sin una pizca de injusticia, ya que ciertas partes de su obra tenían una calidad superior a la de muchos de sus críticos).

Sí, de vez en cuando surgían ciertos lunáticos, como Proudhon o Gesell, que insistían en que nuestras sociedades eran pobres porque el crédito no era gratuito (acusación que también con cierta frecuencia se vertía sobre los avaros judíos: pensemos, por ejemplo, en el jerarca nazi Gottfried Feder, admirador de las obras de Gesell que saltó a la fama defendiendo la necesidad de romper con la esclavitud del interés: el Brechung der Zinsknechtschaft), pero nadie les hacía caso. Nadie, claro, hasta que Keynes pervirtió los términos de la economía y confirió un rango pseudocientífico a esos lunáticos. Así, a partir de Keynes, las sociedades pasaron a ser pobres (o a entrar en crisis) no por su insuficiente o inadecuada producción, sino por su insuficiente demanda.

John Maynard Keynes.Ante una crisis, un Estado simplemente tenía que encargarse de evitar que la demanda se redujera, y para ello debía utilizar todos los medios a su alcance, que básicamente eran dos: reducir los tipos de interés y gastar con cargo al déficit público.

Keynes prefería la segunda opción, ya que en su opinión las reducciones de tipos y, en general, las expansiones monetarias chocan con un problema serio: por muy barata que le pongas la financiación a la gente, puede haber momentos en que la gente no quiera endeudarse más. Los keynesianos llaman a esto la "trampa de la liquidez", aunque más adecuado sería denominarla la "trampa de la iliquidez": el motivo por el que la gente no quiere endeudarse más es, precisamente, que ya está hasta arriba de deudas. Si una familia no puede pagar una hipoteca, difícilmente pedirá una nueva, aunque se la ofrezcan libre de intereses.

Este devastador problema, del que no parecen ser conscientes los friedmanitas, lo ha experimentado con crudeza Japón durante más de una década (debido, precisamente, a que no permitió que se liquidaran las malas inversiones de sus bancos) y lo está sufriendo ahora Estados Unidos: aunque los tipos de interés estén al 0%, los agentes privados no incrementan su endeudamiento, esto es, no acometen nuevas inversiones.

¿Cómo estimular entonces el endeudamiento? ¿Puede haber tipos de interés negativos, esto es, tiene sentido que el deudor devuelva a su prestamista menos dinero del que recibió? Parece complicado que alguien quiera prestar dinero a tipos negativos, por una cuestión muy simple: atesorándolo obtendrá una rentabilidad superior (0%).

El establishment académico, ya atrapado en una senda de degeneración de muy difícil salida, se ha devanado los sesos tratando de estimular al prestamista para que preste su dinero a tipos negativos. El autor del manual de Economía que estudian casi todos los universitarios españoles, Gregory Mankiw, salió con la brillante idea de organizar tómbolas monetarias. Pero parece que en esta competición del disparate le ha salido un duro competidor: según el Times, el Gobierno japonés se plantea eliminar el dinero en metálico.

De este modo, los ciudadanos terminarían por ser unos completos rehenes de los bancos. ¿Qué sucedería si nuestro banco fijara los tipos de interés de los depósitos a la vista en el -5%? No podríamos sacar el dinero de la entidad, sólo transferirlo a otra. El problema es que los tipos que pagarán todos los bancos estarán muy influidos por el tipo que fije el banco central correspondiente, que podrá manejar la política monetaria a su antojo. ¿Le prestaría usted su dinero a un empresario al -2% si, en caso de mantenerlo en el banco, le quitaran el 5%? Probablemente.

Es el sueño de los inflacionistas: que el dinero deje de serlo. Que la gente no pueda atesorarlo y protestar contra los empresarios ineficientes que no le ofrecen los productos que desea o contra los prestatarios torpes que no son capaces de pagarle tipos de interés más elevados por su capital. Por el mismo motivo se cargaron el patrón oro, y ahora quieren cargarse el dinero en efectivo.

Pero no nos equivoquemos: tales medidas no sólo suponen un intolerable recorte a la libertad individual, también son un camino seguro a la ruina colectiva. La crisis no se produce por insuficiencia de crédito, sino porque el crédito creció durante años muy por encima del ahorro real y ello distorsionó una estructura productiva que debe reajustarse (lo que a su vez implica una contracción del crédito). Lo que estas mentes preclaras persiguen es que la economía vuelva a crecer sin reconvertirse mediante un chute artificial de crédito. Pero el problema auténtico –una economía que no atiende a las necesidades de los consumidores– seguirá ahí. ¿Alguien cree que España volverá a crecer si los promotores obtienen financiación gratuita? No, en absoluto.

Aunque la estrategia bien puede ser otra: expropiar los ahorros de los ciudadanos imponiendo una financiación negativa para el único agente en condiciones de endeudarse, el Estado. De esta manera, el gasto público podría crecer de manera insospechada, lo que convertiría al Estado en el único consumidor e inversor de la economía.

Sí: se llama socialismo, y hacia eso quieren llevarnos muchos economistas autoproclamados "defensores del libre mercado".
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