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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Del insulto considerado como un arte

La actual campaña contra la libertad de expresión fue lanzada por Su Majestad el Rey durante un almuerzo privado en el Palacio de la Zarzuela, cuando se indignó porque "los obispos" no habían echado a Federico Jiménez Losantos de la COPE.

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En aquella ocasión, Esperanza Aguirre fue la única en defender la libertad de expresión en general y la de Federico en particular. Aprovecho para volver a saludar a "los obispos", que se han mostrado tan tolerantes y solidarios con los directores de los prestigiosos programas de la COPE La Mañana y La Linterna, Federico y César Vidal, por doquier ferozmente atacados.
 
A decir verdad, ataques, infundios y amenazas contra Federico también las hubo antes de ese almuerzo real en el que el Rey hizo gala de su caprichosa intolerancia; ataques y agresiones por parte de El País, por ejemplo, y de sus plumíferos mercenarios. Recuerdo cuánto nos reímos cuando Javier Tusell (q.e.p.d.), en ese mismo periódico de la mentira global, arremetió con furia contra nuestra recién nacida revista, La Ilustración Liberal (director: Jiménez Losantos), y amenazaba a los posibles anunciantes con vete a saber qué tremebundas represalias.
 
Pese a su soberbia, Tusell debía de pensar que él solo no sería capaz de ejercer esas represalias durísimas; pero como hablaba en nombre del Imperio Polanco, eso era harina de otro costal: podían ejercerse, y yo he podido verificarlo por mi cuenta: el año pasado La Razón me censuró un artículo contra Jesús de Polanco por sus estrambóticos insultos al PP: consideraba que las magníficas manifestaciones populares contra la rendición zapaterista ante ETA eran "franquismo puro y duro".
 
Jesús Polanco.El pretexto que se me dio para esa censura fue que Prisa era una empresa privada, y que, como tal, había que respetarla. Prisa será privada, pero es ante todo política, y de lo peor. En realidad, resulta que entre Planeta y Prisa existe un pacto secreto de no agresión que es un pacto de silencio y censura. Lo cual no evita las zancadillas y los navajazos –como acaba de ocurrir con Jorge Edwards–, pero a la chita callando. Total, que dejé inmediatamente de colaborar con La Razón, porque yo no escribo en un periódico que me censura tan groseramente.
 
Cuando se trata de mastodontes como Prisa-Santillana y Planeta, ese tipo de pactos mafiosos de no agresión pueden funcionar cierto tiempo. Y cuando se trata de personas privadas o de empresas más endebles, la ferocidad de los poderosos, sobre todo en el caso de Prisa, que cuenta con el apoyo del Gobierno, del PSOE, etcétera, se destapa con la máxima intolerancia. Al constatar que pese al Rey, al Gobierno, al PSOE, a El País, a la Ser, etc., la Conferencia Episcopal no se inmutaba y defendía la libertad de expresión de sus periodistas en la COPE, la campaña contra Federico y a través de él contra la libertad de expresión (porque si cae él, irán a por otros) ha cobrado un nuevo cariz ideológico, el de las multas. Uno tras otro, Cebrián, Ruiz-Gallardón, no recuerdo quién y Zarzalejos demandan a Federico ante los tribunales y le exigen multas cada vez más sustanciales, como si así lograran censurarle.
 
En todos estos casos, la argucia pasa por sostener que el insulto no forma parte de la libertad de expresión. Sacan los insultos de su contexto, del tono de la intervención, no tienen para nada en cuenta que el periodismo radiofónico no sigue exactamente las mismas reglas que el escrito. Federico lo ejerce con genialidad, con su humor, su mal humor, su gracia, su sarcasmo y su sano espíritu polémico.
 
Tras cada juicio, diferentes medios reproducen insultos proferidos por Federico, y yo, al leerlos, muchas veces me desternillo de risa. Pero, claro, no exijo que los insultados reaccionen como yo –y como millones de oyentes más–. Pero no se trata de eso; se trata, como he dicho, de argucias jurídicas. Como no se atreven a criticar y a censurar los argumentos de Federico, sus opiniones políticas, qué hechos o declaraciones han motivado y justificado su indignación o su sarcasmo, ni el fondo de su pensamiento, critican la forma. "¡Mamá, Federico me ha llamado cobarde! ¡Ponle una multa!". ¡Miserables cretinos!
 
Desde que el miércoles 23 de julio Mariano Rajoy entregó las llaves de Génova a Rodríguez Z. en La Moncloa, todo ha cambiado, todo ha empeorado. La libertad de expresión y la libertad a secas peligran como nunca, y se abren ante el pensamiento único y el buenismo autovías triunfales. Se ha pactado un nuevo Múnich a la española.
 
Pese a todas las sandeces que, antes y después de esa "histórica" reunión en la cumbre, ha proferido Rajoy, sólo una cosa es cierta, solamente una; y, siendo tan ecuánime y objetivo como soy, debo señalarla: no es lo mismo detener a etarras que negociar secreta y cobardemente con ellos, y la oposición debe tenerlo en cuenta, pero sin exageradas ilusiones. Si el terrorismo etarra es el problema más grave de España, no es el único, y además, ¿quién puede asegurarnos que, una vez concertado ese pacto de no agresión mafioso, los sociatas no van a reanudar, con mayor cautela, las negociaciones con ETA? No sería la primera vez que mienten. Ya no tienen oposición, se terminaron las multitudinarias manifestaciones de protesta: ha llegado la hora de "la paz y la concordia", magníficos instrumentos para engañar a los ciudadanos. Y ETA seguirá cometiendo sus atentados, no demasiado sangrientos, para no cerrar las puertas a la negociación, pero sí lo suficiente como para demostrar que sigue haciendo lo que le da la gana.
 
Cabe preguntarse qué pinta el PP en esta nueva etapa. Porque el paripé de las divergencias en cuestiones económicas es patético. Más divergencias tienen Sebastián y Solbes. ¿De qué nos sirve ese partido, cuando el pacto de no agresión va a imponer su censura hasta en las tertulias de café? Prohibido hablar de los estatutos, de la financiación de las autonomías, del apartheid contra el español, de la crisis económica, de política internacional, de Europa, etcétera, salvo para afirmar que todo va bien.
 
Sólo veo dos soluciones: que se haga como cuando Fraga situó al joven Aznar al frente del PP, operación que hoy sólo podría realizar el propio Aznar como presidente de honor del partido, aunque no veo quién podría ser el nuevo líder, o largarse, como ha hecho María San Gil.
 
Yo no puedo irme. No estoy.
 
 
Pinche aquí para ver el CONTEMPORÁNEOS dedicado a CARLOS SEMPRÚN MAURA.
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