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ECONOMÍA

Economistas curiosos y demagogos contra la crisis

El economista Roger Garrison trata de modelizar en su libro Tiempo y dinero la teoría austriaca del ciclo económico, traduciéndola a un lenguaje gráfico que los economistas neoclásicos sean capaces de entender.

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Su punto de partida es una aparente paradoja: los keynesianos sostienen que a corto plazo el mercado es inestable porque viene caracterizado por una desocupación parcial de los recursos debido a las oscilaciones de la demanda; los neoclásicos, por el contrario, consideran que el mercado es eficiente a largo plazo, pues todos los recursos se destinan a sus usos más valiosos, contribuyendo así a un crecimiento y a una prosperidad material que no dependen de la demanda, sino de la dotación de la oferta.

La paradoja reside, según Garrison, en que tanto los keynesianos como los neoclásicos tienen aparentemente razón en sus respectivas descripciones del mercado. En general, podemos observar cómo la recurrencia de períodos de desempleo de los factores productivos convive con una tendencia de crecimiento a largo plazo que la teoría económica convencional suele explicar por la abundancia de factores y por el progreso técnico. ¿Cómo es posible, se pregunta, que ambos escenarios sean posibles si el largo plazo es sólo la suma de los cortos? ¿Cómo puede el corto plazo depender de las condiciones de la demanda, y el largo de las condiciones de la oferta?

Su respuesta es que la teoría económica convencional se olvida de la existencia de un medio plazo, que sería el explicado por la teoría austriaca del ciclo económico; un medio plazo en el que los períodos de crisis enlazan con los de recuperación, los de recuperación con los de boom y los de boom con los de una nueva crisis. Crecemos a largo plazo gracias a la acumulación de capital y al progreso técnico, pero ese proceso dista de ser lineal y acumulativo debido a un falseamiento de las condiciones del crédito (de la demanda) en el corto plazo, que no obstante termina corrigiéndose.

La tesis de Garrison parece haber recibido un espaldarazo implícito por parte del premio Nobel de Economía Edmund Phelps. En un artículo publicado la semana pasada en el Financial Times, Phelps denunciaba la existencia de "dos malas teorías" que estarían "expulsando" del debate a las buenas. ¿Adivinan cuáles? Sí: las de keynesianos y neoclásicos. "El problema de los keynesianos es que creen que todas las fluctuaciones (...) se deben a problemas de demanda (...). La falacia de los neoclásicos es que el empleo total de los factores (...) es independiente de cualquier movimiento en la demanda".

John Maynard Keynes.Phelps llega al extremo de acusar a los keynesianos de no haber leído a Keynes y a los neoclásicos de no haber leído o comprendido a Hayek. Yo más bien pienso que ninguno de los dos grupos ha leído y mucho menos comprendido al economista austriaco.

Krugman, por ejemplo, reaccionó airado al sensato artículo de Phelps. El primero se limitó a extractar apenas unas frases de la columna del segundo para intentar desacreditarlo. "Nadie, y digo nadie, sostiene la tergiversación que ha hecho Phelps de los keynesianos". ¿Qué tergiversación? Eso de que "cualquier tipo de estímulos son efectivos contra toda clase de crisis".

¿Se aleja esa descripción tanto de lo que pensaba Keynes y, sobre todo, del keynesianismo realmente existente? Personalmente, pese a los matices que quepa hacer, creo que no demasiado. Keynes llegó a afirmar en la Teoría general: "La construcción de pirámides, los terremotos e incluso las guerras pueden servir para incrementar nuestra riqueza", y el propio Krugman ha pedido a Obama que, "en la medida de lo posible", invierta en cosas que tengan "un valor duradero".

Es cierto que, como dice el Nobel de 2008, los keynesianos sólo defienden los megaprogramas de gasto con cargo al déficit público cuando los estímulos en la política monetaria no sirven. Si bajando los tipos de interés todavía les resulta posible generar un boom económico artificial, prefieren tomar esta vía. En 2001, el propio Krugman sugirió a Greenspan que bajara los tipos de interés para favorecer una burbuja inmobiliaria que salvara a la economía del pinchazo de la burbuja de las puntocom. Pero, en general, Keynes desconfiaba bastante de la capacidad de los estímulos monetarios para reanimar la demanda.

Lo interesante del comentario de Krugman no es que se dedique a tergiversar la opinión de Phelps, acusándole de haber tergiversado la posición de los keynesianos, para no entrar a responder a un artículo harto razonable. Lo interesante es que, después de ese discutible ejercicio de honradez intelectual, Krugman acusa a sus rivales de ignorancia y falta de curiosidad económica: "Uno podría pensar que la peor crisis económica desde los años 30, una crisis que no debería estar ocurriendo según los modelos no keynesianos, generaría un mínimo de curiosidad intelectual. Pero no".

Paul Krugman.Por supuesto, Krugman no es lo suficientemente curioso como para plantearse y responder a los interesantes interrogantes que se desprendían del artículo de Phelps, a los cuales dedica Garrison su libro; esto es, no es lo suficientemente curioso como para plantearse si las perturbaciones de la demanda a corto plazo dependen de un proceso aleatorio de formación de expectativas o si, más bien, son el resultado de una manipulación deliberada del crédito por parte de las autoridades monetarias, ni para plantearse por qué si los neoclásicos se equivocan al creer que el mercado se puede ajustar de manera instantánea, los keynesianos aciertan cuando ese ajuste automático lo acomete el Estado. Si fuera lo suficientemente curioso, también debería ser lo suficientemente honesto como para no mentir al negar que sí hay al menos una teoría económica no keynesiana que predecía tanto esta crisis como la de los años 30: la teoría austriaca del ciclo económico.

Precisamente, y también la semana pasada, Mark Spitznagel publicaba en The Wall Street Journal un muy interesante artículo, titulado "El hombre que predijo la depresión", en el que se quejaba del olvido en el que había caído una de las figuras económicas más importantes del s. XX, que predijo la Gran Depresión de los años 30 y es el mentor intelectual de quienes han predicho la actual: Ludwig von Mises.

Spitznagel recuerda que, mientras Keynes afirmaba ufano en 1927 que no íbamos a volver a padecer una depresión (dos años después se arruinará con el pinchazo de sus inversiones en bolsa), Mises se marchaba del Kreditanstalt –el banco cuya quiebra iba a acelerar la de los bancos estadounidenses– con las siguientes palabras: "Estamos al borde de una gran crisis y no quiero que mi nombre tenga ninguna conexión con ella".

La teoría austriaca del ciclo económico es capaz de describir con una enorme precisión los acontecimientos que ahora estamos padeciendo y que hemos padecido en el pasado; y sin embargo apenas recibe atención por parte de unos keynesianos que copan prácticamente todas las universidades. Y Krugman se lamenta de que nadie, ningún gobierno, ninguna universidad, ningún grupo de pensamiento, les haga caso...

Por increíble que pueda parecer, el mundo de la última década es lo más alejado a lo que hubiese prescrito Mises y lo más parecido a lo que hubiese demandado Keynes: dinero fiduciario de curso forzoso en todo el planeta, políticas monetarias expansivas recurrentes para salir de las crisis, inflación persistente, enorme peso del Gobierno y de los Estados de Bienestar para estabilizar las expectativas...; sin embargo, según la mayoría de economistas, resulta ser el segundo el referente en que debemos fijarnos para salir de la crisis y no volver a incurrir en una.

"Cuán extraño resulta que el hombre que describiera nuestra historia interminable de expansiones crediticias inducidas por el Estado, inflación y colapso del crédito haya sido tan univesalmente olvidado. ¿Debemos tomar asiento mientras contemplamos cómo se gesta una nueva tragedia?", se preguntaba Spitznagel en su artículo. Pues parece que sí, porque la curiosidad mata al gato –en este caso, el gato del chollo de tantos políticos y economistas politizados que viven de la inflación monetaria y de las malas ideas–, y Krugman y los keynesianos lo saben. Por eso relegan al olvido a Mises y resucitan a Keynes. No vaya a ser que se les desmonte una farsa teórica que ya dura más de 70 años.
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