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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El agua

Allá en sus primeros días de poder, hace veinticinco años, Felipe González dijo que los principales problemas de España eran el paro, el terrorismo y el agua. Y añadió que no estaba seguro de ese orden, y que tal vez el primero fuera el agua. Cito de memoria, por eso no entrecomillo, pero ése era el mensaje.

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El del terrorismo, como sabemos demasiado bien, no se resolvió. En parte, debido a las políticas erráticas de los Gobiernos socialistas, que fueron del GAL a las negociaciones de Zapatero. En parte, debido a esa especie de imposibilidad de nuestras fuerzas de seguridad para determinados asuntos: se alcanza una solución en los casos corrientes de robo, asesinato o estafa, pero no en los más complejos, como Alcàsser, los marqueses de Urquijo (cerrado probablemente en falso con la muerte de Rafi Escobedo) o los miembros siempre evanescentes de la banda terrorista ETA en un medio tan limitado materialmente, por extensión y población, como el País Vasco. Y en parte debido al adefesio constitucional de 1978 (que reclama urgente reparación, como señala con su habitual lucidez Alejo Vidal-Quadras), que ha obligado a sucesivos Gobiernos sin mayoría absoluta a pactar la gobernabilidad y ha inclinado a alguno con mayoría absoluta a persistir en el error atendiendo a futuras necesidades electorales.
 
El del paro va y viene sin control. Los ministros de Economía intervencionistas suelen complicarlo un poco más en cuanto se les permite, sin aprender nada de la experiencia. De tanto en tanto, los funcionarios echan unos porcentajes a la prensa que tienen las mismas garantías que los recuentos de inmigrantes. O sea, muy pocas.
 
La del agua era la cuestión más sencilla, a la vista de los antecedentes. Hay que decir que se fueron haciendo cosas desde principios del siglo XX. El primer proyecto de resolución de este problema fue el Plan Nacional de Obras Hidráulicas, o Plan Gasset, de 1902, que superaba las Leyes del Agua de 1866 y 1879. En los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera se crearon las Confederaciones Sindicales Hidrográficas, por Real Decreto de 5 de marzo de 1926. Las primeras en funcionar, de las diez que llegarían a ser, fueron la del Ebro (1926) y la del Guadalquivir (1927). El tiempo y las circunstancias hicieron caer de la fórmula la palabra "Sindicales", que revelaba el acuerdo inicial al respecto del dictador con los sindicatos, muy especialmente la UGT de Largo Caballero (Pablo Iglesias murió en 1925, pero llevaba largo tiempo enfermo).
 
El gran promotor de la Confederación del Ebro fue Lorenzo Pardo, que presentó su propio plan (que lleva su nombre) al Gobierno de la República en 1933. Remito a los lectores al artículo sobre la Confederación Hidrográfica del Ebro de la Enciclopedia Aragonesa, donde se explica perfectamente la enorme obra de la CHE desde su fundación y la lamentable gestión de esa herencia por la República Española, que acabó transfiriendo a la Generalitat de Cataluña "los servicios referentes a aguas, obras hidráulicas y complementarios sitos en su territorio" con fecha 13 de junio de 1936, un mes y cinco días antes del Alzamiento, partiendo así en dos la administración de la cuenca del Ebro.
 
Franco, en una portada de TIME de 1966 en la que se lee: ESPAÑA MIRA AL FUTURO.Los pantanos de Franco pertenecen ya al territorio de la leyenda. De todos los legados que se quieran atribuir a los años del Generalísimo, aquéllos se cuentan sin duda entre los más importantes, los que más cambios introdujeron en la vida cotidiana de los españoles y los que mejor prepararon las bases materiales para la revolución democrática de Adolfo Suárez, a partir del "despegue" de los años 60. Su mérito corresponde al Plan General de Obras Hidráulicas de 1939 (Plan Peña Boeuf).
 
En tiempos de la dictadura de Franco se estuvo a punto de emprender las obras del trasvase del Ebro. La oposición, carente de toda generosidad, como correspondía a la época, hizo su papel: se opuso como pudo. Recuerdo un número de Cuadernos para el Diálogo de 1974 o 1975 dedicado al tema. Tomaban el asunto como una banalidad más de los tecnócratas del franquismo, que de banales no tenían nada.
 
A este respecto, conviene recordar un ejemplo histórico de cerrazón de la izquierda: el caso de Amadeo Bordiga, en la Italia del ascenso de Mussolini. Bordiga fue el primer secretario del Partido Comunista Italiano, y tuvo la mala idea de decir que había que apoyar a Mussolini en su ofensiva contra la mafia siciliana porque, ocupara quien ocupara el Estado, éste no podía permitir la existencia de un Estado paralelo. Por supuesto, lo expulsaron. Y, por supuesto, el régimen lo encarceló. Murió en 1970, muy próximo a las posiciones del trotskismo, pero no volvió a tener ningún papel en la vida política. Así y todo, tenía razón. Y eso fue lo que no le perdonaron. Mucho menos, después del pacto de Roosevelt (y, por tanto, de Stalin) con la Mafia contra Mussolini. Muchas cosas fueron (y son) de esa manera: al enemigo, ni agua ni reconocimiento de ningún acierto.
 
Felipe González, como decía al principio de esta nota, tuvo el talento necesario para reconocer el problema, y también la cobardía imprescindible para no abordarlo. Fue ya en la crisis del Gobierno y del PSOE, en 1993, cuando surgió el Anteproyecto de Plan Hidrológico Nacional, el llamado Plan Borrell.
 
En el año 2000, durante el Gobierno de José María Aznar, y siendo ministro de Medio Ambiente Jaume Matas, se presentó el Plan Hidrológico Nacional, llamado Plan Matas, que compartía méritos, intencionalidad y defectos con sus predecesores textuales. El defecto fundamental de todos ellos, hay que decirlo, es que siempre se trató de planes de obras hidráulicas, de redistribución de aguas superficiales, y jamás se han hecho consideraciones suficientes sobre las aguas subterráneas, que abundan en la Península. Pero tenían también la enorme virtud de existir. Y, en el caso de los últimos, se contemplaba seriamente la posibilidad de resolver los graves problemas de riego de Valencia y Murcia.
 
Cristina Narbona.Así estábamos, dispuestos a construir, cuando llegó el presidente de la sonrisa y, con él, la ministra de Sequías, Inundaciones e Incendios, que es como debería llamarse su ministerio hasta tanto no se resuelvan esas "incidencias", en términos propios del lenguaje burocrático. Se derogó, pues, el PHN, que no era más que un replanteamiento del Anteproyecto de Borrell. Lo hizo la que era, o había sido, o es, su compañera sentimental, como dicen en la prensa rosa y en los sucesos. La misma señora Narbona que empezó a hablar de las desalinizadoras, una barbaridad, un atentado al sentido común que, según repitieron hasta cansarse unos cuantos ecólogos (no confundir con "ecologistas"), crea más dramas de los que resuelve: la sal eliminada del agua vuelve al mar, sobresalándolo y matando peces en plan nuclear; y el agua que se obtiene, no totalmente desalada, es perjudicial para el riego.
 
Empezó a hablar y, por lo que fuera, dejó de hablar y pasó al "perfil bajo": es una de las ministras de cuota que tanto daño han hecho en estos años, como la Calvo o Magdalena Álvarez. Pero no nos quejemos de la señora, olvidando que el propio Borrell, a cambio de una poltrona europea, se desdijo de su proyecto y se convirtió en afanoso partidario de las nuevas tesis: nadie más zapaterista que él.
 
Hace poco estuve en Las Médulas, en la provincia de León, la explotación minera más grande del mundo antiguo, si atendemos a los folletos. Hace dos mil años, los romanos obtenían de allí la mayor parte del oro que se acuñaba. Plinio el Viejo, que fue administrador de las minas, dice que la producción anual era de 20.000 libras de oro, que en ello trabajaban 60.000 obreros y que en 250 años se sacaron 5.000.000 de libras, aproximadamente 1.635.000 kilos de metal precioso. Se estima que se removieron 500 millones de metros cúbicos, lo que con un rendimiento medio de 3 gramos por tonelada de tierra da 1.500.000 kilos de oro. La remoción de las tierras, incluido el desvío de un río para el lavado del mineral, es aún visible.
 
Llegué a dos conclusiones: la primera, que la señora Narbona viaja poco por España; la segunda, que si eso se hizo hace dos mil años, no se entiende que llevemos más de un siglo a vueltas con las obras hidráulicas, que sólo se han hecho bajo Gobiernos autoritarios.
 
Lo que sucede es que lo que hay que hacer en España en ese terreno lleva más de cuatro años, que es lo que dura una legislatura, y de ocho, y hasta de doce (Dios nos libre de semejante espanto), de modo que no cabe en un plan de gobierno, más allá de las promesas retóricas de siempre. No es tema electoral ni de corto plazo. Requiere, pues, un pacto de Estado que hoy mismo parece inalcanzable, como tantos otros. Los socialistas niegan el Ebro, y el PP se defiende como puede en Valencia y Murcia. Entre tanto, llegado el final de setiembre o los inicios de octubre, Valencia se inunda año tras año, sólo para tener carencias de riego el resto del año. Y la huerta murciana está empezando a ser un recuerdo lírico. Y se prepara la Expo de Zaragoza de 2008, centrada en el tema del agua. Ya este año, con motivo de la Fiesta del Agua, el bando del alcalde Juan Alberto Belloch se iniciaba así:
Los aragoneses hemos sido convocados de nuevo a mostrar nuestro firme y mayoritario rechazo al trasvase del Ebro. Hace ya tres años, con ocasión de la primera de las protestas masivas contra el Plan Hidrológico Nacional, las calles de nuestra ciudad fueron escenario de la mayor movilización ciudadana nunca antes vista en esta tierra. Desde entonces se han sucedido las manifestaciones multitudinarias, dentro y fuera de Aragón, como expresión inequívoca de la solidez de nuestras convicciones.
Él lo dice.
 
 
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