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LOS RIESGOS DE OCCIDENTE

El enemigo en casa

Los enemigos de Occidente, que lo son de las sociedades abiertas y de la humanidad en general, acaban de sufrir una derrota parcial con la retirada de las tropas sirias del Líbano, una de las primeras consecuencias favorables de la intervención en Irak y de la política exterior americana para Oriente Medio. Pero están en camino de alcanzar un triunfo mayúsculo, con la incorporación de Turquía a la Unión Europea por decisión del eje francoalemán.

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Ya no es hora de llorar por la oportunidad perdida por España de decir algo al respecto, tras la derogación por vía de hecho de los acuerdos a los que había llegado el Gobierno Aznar, sino de averiguar exactamente a qué nos enfrentamos y definir una estrategia para la oposición.
 
Hace cerca de un año, el 26 de julio de 2004, cuando Erdogan visitó París en un viaje de promoción de la candidatura turca a la UE, Alexandre del Valle –autor de La Turquie dans l’Europe, un cheval de Troie islamiste? (Éditions des Syrtes, 2004)– publicó en Le Figaro una refutación de los argumentos del huésped bajo el título 'Les raisons de refuser la candidature turque', que se encuentra en la muy recomendable página web del autor (alexandredelvalle.com) y que intentaré resumir aquí:
 
La principal tesis turca es insostenible por definición: Turquía no es europea en términos históricos. La segunda se refiere a la pertenencia de Turquía a la OTAN y al Consejo de Europa, pero condena al olvido la respuesta al pedido oficial de adhesión de 1987, cuando el Parlamento Europeo votó una resolución exigiendo como pasos previos a cualquier negociación el reconocimiento del genocidio armenio, una mejora sustancial de la situación de las minorías (kurdos, cristianos) y la retirada de Chipre.
 
Bandera de la Liga Árabe.El tercer punto bordea el absurdo: hay que integrar a Turquía para demostrar que Europa no es un "club cristiano", lo cual podría llevarnos, señala Del Valle, a pedir a la Liga Árabe que integre a Israel para demostrar que no es un "club musulmán". Y claro que Turquía es musulmana, después del exterminio de un millón y medio de cristianos armenios y asirio-caldeos en 1916, y de la expulsión de dos millones de griegos en 1920.
 
En cuarto lugar, sostener que Turquía sigue siendo una "excepción laica" y un aliado natural contra el Islam, merced al legado de Ataturk, es mentir. La Turquía actual es claramente antikemalista: promoción del velo, partidos islámicos, hermandades, la enseñanza obligatoria de la religión. El quinto asunto se relaciona con éste: la idea, a todas luces falsa, de que los partidos islámicos turcos son "moderados".
 
Por último, los partidarios del ingreso de Turquía dicen que ello contribuiría a la democratización del país. Señalemos, ya al margen de Del Valle, que hay radicales italianos públicamente opuestos a la entrada de los turcos que, en cambio, promueven la de Rusia, nación muy necesitada de una ayuda en ese terreno y con muchos más antecedentes favorables.
 
Según el informe de una comisión europea creada para comprobar si se habían cumplido las exigencias de 1987, y que actuó entre noviembre de 2003 y abril de 2004, Turquía no ha reconocido el genocidio armenio; bien al contrario, ha instalado en la frontera armenia un monumento de 45 metros de altura conmemorando "el genocidio de 150.000 turcos musulmanes por los armenios", e informa Carlos Semprún Maura en Libertad Digital de que se castiga con penas de prisión a quienes mencionen ese aspecto del pasado. Los kurdos siguen privados de derechos, y hay 15 diputados kurdos en prisión; ni un solo turco ha dado un paso atrás en Chipre; los crímenes de honor están a la orden del día, y son penalizados con mucho menos rigor que los delitos de opinión.
 
En esta situación, Maragall viaja a Ankara en su condición de jefe de Estado de opereta y dice sin que le tiemble la voz que la integración de Turquía en la UE "generará algunos inconvenientes también a Cataluña –él habla como si rigiese en una nación soberana–, particularmente en el ámbito de la agricultura", pero finalmente "el balance de costes y beneficios arroja un balance positivo" (La Vanguardia, 16-4-2005).
 
Es un blogger de ideesxavui.tk, que hace inteligentes advertencias bajo el seudónimo de Neopatria (¡!), quien recuerda al presidente de la Generalidad catalana que en 2020 Turquía será la primera potencia militar y demográfica de la UE: 100 millones de habitantes, 850.000 soldados, 100 eurodiputados mayoritariamente islamistas (Alemania tiene 98, y Francia 72). Además, con Turquía la UE recibirá sus fronteras –con el tráfico de armas, de drogas y de personas que les es propio–, más sus conflictos y sus relaciones con Irán, Siria, Irak y Georgia.
 
La información es contundente: Turquía en la UE es el enemigo en casa. Pero lo que no se dice es que ese enemigo tiene muy activos aliados en el interior hoy mismo. Turquía es una punta de lanza –una más– de la penetración islámica en Europa. Una punta de lanza estrictamente política, que vendrá a sumarse a las representadas por la guerra de vientres –treinta años han pasado desde que Houari Boumedienne la declarara en la ONU, sin que nadie se diera por aludido–, el terrorismo, la búsqueda de la hegemonía religiosa, el antisemitismo liso y llano o disimulado con la capa antisionista.
 
José Luis Rodríguez Zapatero.¿Quién avala todo esto en el corazón de Europa? Por ejemplo, el hombre que, sin haber leído a Huntington –ni, que se sepa, a nadie–, ha tomado la noción de choque de civilizaciones por una consigna y ha lanzado la contraconsigna de la alianza. O los herederos alemanes de la emoción nazi, que no olvidan la generosidad con que los turcos en particular y el islam en general se sumaron a su movimiento, aportando soldados de élite, jóvenes hitlerianos y hasta una división de las SS, la Ostürkishe Waffenverband der SS, Unidad Armada de las SS de Turcos Orientales. O los negacionistas de todo pelaje, que odian por igual a los armenios y a los judíos: desde luego, entre esos negacionistas se cuentan los mencionados en las dos categorías anteriores. O los soberanistas regionales a los que la propaganda ha convertido en "nacionalistas", como el mencionado presidente catalán. Es de suponer que el purismo étnico de los vascos sabinianos sea en este punto tan flexible como el de los arios hitlerianos, encantados de contar con el apoyo otomano.
 
La prensa europea, con tan honrosas como contadas excepciones, hace gala de negacionismo amparándose en la causa palestina, que hace bueno a cualquier enemigo de Israel. Y lleva a cabo su cometido con éxito, como se puede comprobar en la sociedad española, donde florecen en un abril permanente las oenegés proárabes, sea que las dirija Cristina del Valle, sea que las dirija el señor Huarte. La primera escribe sin rubor en un periódico gratuito de Madrid que el ejército israelí ha arrasado los olivos de Palestina –Israel: un millón de árboles plantados en el desierto cuentan la historia del Estado– y que por eso (¿?) su grupo va a plantar un olivo palestino en Rivas y no al revés: no les interesan los olivos, sino la propaganda. El segundo ha desaparecido de las portadas sin dejar huellas: ¿dónde estará? ¿Alguien le habrá preguntado algo?
 
Naturalmente, todos ellos van a hacer campaña por el sí a Turquía cuando toque, si no se decide todo en un despacho berlinés o, lo que sería aún peor, muniqués. Cien diputados turcos y 98 alemanes serían una auténtica locomotora, más poderosa que la francoalemana, una locomotora dispuesta a llegar a París y pasarle de largo por encima: hasta la mezquina clase política francesa tendría que empezar a preocuparse, aunque no lo haga Zapatero, que siempre piensa después.
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